Venerable José Rivera - Vida y doctrina IV
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- Escrito por Rubén Núñez
- Categoría: Ejercicios de los Sábados

Venerable José Rivera - Vida y doctrina IV
Mons. Demetrio Fernández González, Obispo emérito de Córdoba
| Ejercicio de los Sábados | |
Cuarta charla de Mons. Demetrio Fernández sobre la vida y doctrina del venerable don José Rivera.
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Primer día: Venerable José Rivera - Vida y doctrina I
Segundo día: Venerable José Rivera - Vida y doctrina II
Tercer día: Venerable José Rivera - Vida y doctrina III
RESURRECCIÓN, COMUNIÓN Y MISERICORDIA
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- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Domingo II
Domingo in albis
12-IV-2026
«Paz a vosotros» (Jn 20,19)
Queridos todos:
En la mañana de Pascua, el Evangelio nos mostraba la tumba vacía. El alma de Cristo «descendió a los infiernos», pero el infierno no pudo retener un alma humana habitada por Dios. Su cuerpo había sido dejado en la tumba fría, pero tampoco la corrupción pudo hacer suyo el cuerpo que ya Dios había hecho suyo para siempre. La tumba vacía fue el primer signo que llamaba a la fe y al amor de Pedro y Juan. Y el amor de Juan, guiado por la fe de Pedro, creyó: «vio y creyó». Así concluía el relato de la tumba vacía que escuchábamos el domingo pasado. Hoy no se nos pone ante la tumba vacía, sino ante el mismo Cristo, que resucitado, se muestra a los apóstoles. En dos momentos: en la tarde del primer día de la resurrección; y ocho días después, tal día como hoy, cuando Tomás tocó las llagas de Cristo.
Quiero empezar recordando algunas cosas básicas de nuestra fe.
No hablamos de la resurrección como un símbolo, sino como una realidad que atañe a la persona de Jesús. Ante los ojos atónitos de los apóstoles, Jesús «les enseñó las manos y el costado», como diciendo —entre otras cosas—: «soy el mismo que visteis en la cruz». Nuestro Señor, el que nos amó, el que murió en la cruz, el que tuvo sus pies clavados, el que murió desangrado en la cruz, es el que resucitó. «Resucitó de veras mi amor y mi esperanza». No creemos en la victoria de un ideal, de una ilusión, de una moral, de una causa… Creemos en la victoria de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios. Solo eso nos llena de alegría, como los apóstoles, también ellos se llenaron de alegría al darse cuenta de que era realmente él.
Cristo es una sola persona, el Hijo de Dios, con dos naturalezas plenas y verdaderas, que no se confunden ni se separan: la divina y la humana. La resurrección de Cristo significa que la muerte no ha podido separar esta unidad de Dios y hombre en Cristo. Cristo resucitado sigue siendo Dios verdadero y hombre verdadero, sigue teniendo un alma humana y un cuerpo humano, que ahora han llegado a su perfección, han sido divinizados. El Resucitado es el hombre pleno. Lo veremos mejor cuando celebremos la Ascensión del Señor, aunque una sola frase del Credo lo resume: «subió a los cielos».
Así llegamos a otro dato que nos ofrece el relato evangélico de hoy: que la humanidad de Cristo resucitado ya no está sometida a las limitaciones de la primera creación. Puede penetrar en el cenáculo sin abrir las puertas, puede estar aquí, realmente presente en la Eucaristía, mientras está realmente presente en el seno de Dios. Y puede penetrar en el santuario interior del alma de cada uno de nosotros. Cristo en nosotros y nosotros en él. La victoria de Cristo es también esta victoria sobre los límites del amor humano. Con su humanidad y su divinidad, Cristo rompe todos los límites… Él puede estar presente realmente en su Palabra, puede estar real y sustancialmente presente en el altar, puede penetrar y habitar realmente nuestra alma.
Ahora quiero llamar la atención de otro detalle sobre el que vuelvo cada año: el hecho de que en el cuerpo del resucitado permanezcan las llagas de su pasión. ¿Por qué este cuerpo glorioso mantiene esta memoria viva, quizá doliente, de la Pasión? La respuesta tiene que ver con la fiesta que el Papa Juan Pablo II quiso unir a este II Domingo de Pascua: la fiesta de la Divina Misericordia. Uno de los autores de la antigüedad cristiana, Orígenes, dijo que la resurrección había hecho que el sacrificio de Cristo por los hombres, permaneciese eternamente. ¡Qué verdad más grande supo ver este autor! La resurrección de Cristo significa que nada de su humanidad queda sepultado por la muerte ni por el tiempo. Todo lo que él es, todo lo que dijo y todo lo que él hizo, es realmente eterno y vivo. ¿Qué es la Eucaristía sino la actualización entre nosotros del sacrificio que una vez ofreció Cristo en la cruz? No es su recuerdo, como si ahora no fuese real; ni tampoco es su repetición, como si el único sacrifico de la cruz no tuviese el valor suficiente para redimir a todos los hombres de todos los tiempos. Es su actualización: se hace actual entre nosotros lo que una vez ocurrió y ahora es presente y vivo en la eternidad de Dios. Por la resurrección, permanece el día de la reconciliación, permanece su sacrificio por nosotros, permanece ese acto de amor que ni los hombres ni los ángeles habrían podido nunca imaginar, y del que dice san Juan: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Este amor se manifiesta como amor misericordioso: se entrega a los miserables, entra en ellos, y por la fuerza misma del amor, los redime, los recrea por dentro, los hace criaturas nuevas. La misericordia de Dios llega a nosotros por la resurrección.
El evangelio de hoy está lleno de detalles en los que se nos muestra esta voluntad de Cristo de hacer que su misericordia llegue y salve a todos. El primero de esos detalles es el saludo: «La paz con vosotros». Viene de la muerte sufrida por el pecado, pero anuncia la paz de Dios: la deuda del pecado ha sido pagada, Dios ha puesto paz entre él y el hombre: «Paz a vosotros». Por dos veces Jesús reitera ese saludo —desde ese momento es el saludo de los obispos en la liturgia—. Y con el segundo saludo, como efusión de esa paz que ha de llegar a todos, añade: «Como el Padre me ha enviado, así os envío yo». Y he aquí que los apóstoles, con toda su pobreza, reciben la capacitación y el mandato de reconciliar a los hombres con Dios, es decir, de perdonar los pecados. El sacerdocio es instituido para llevar el perdón a cada hombre. El sacerdocio no es un título humano, sino una participación, primero de la intimidad, y por eso también del poder que solo Cristo tiene de salvar al hombre del pecado. Mirad lo que ha dicho el Señor a los apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». El don del Espíritu Santo está vinculado a la resurrección de Cristo, lo veremos con el paso de los domingos hasta Pentecostés. Pero ya aquí Cristo da de su Espíritu a los apóstoles. Y el Espíritu es su vida más íntima, su vida de unión con el Padre; y dándoles parte en esta intimidad les hace capaces de dar su perdón; o de no darlo, si el hombre no tiene las disposiciones necesarias.
Hablar del resucitado, de la misericordia y del sacerdocio de los apóstoles nos lleva a otro detalle. Las dos apariciones que nos narra san Juan son apariciones a los apóstoles que permanecen juntos. Sí, como siempre con sus miserias, aquí con miedo, pero se mantienen juntos. ¡No os equivoquéis! No existe vida cristiana fuera de la comunión apostólica. Y esta comunión no es una cosa de ideas, sino de vida real común, con miserias incluidas. Tomás, que no está con todos en el primer momento, debe reunirse con ellos para poder ser también beneficiario de los dones de la resurrección. Y esto ocurre el primer día de la semana, que para los cristianos se convirtió en el «día del Señor», «dies Domini», el Domingo, el día de la Eucaristía y día de la Iglesia.
Con la resurrección de Cristo, con los Apóstoles constituidos como ministros y sacerdotes de la misericordia divina, con la vida común, el domingo y la Eucaristía, se establece la Iglesia, como una comunión que es comunión con Dios, que permite que la vida de Dios corra por nosotros, como una nueva sangre por nuestras venas. Mirad la noticia que nos daba el libro de los Hechos de los Apóstoles: «Los hermanos —¡los llama ya hermanos!— perseveraban en la enseñanza de los apóstoles —la fe apostólica—, en la comunión —la vida común—, en la fracción del pan —la Eucaristía— y en las oraciones». Así empezó a extenderse el don del perdón, añadiendo uno a uno nuevos miembros a la vida común: «Día tras día, el Señor iba agregando a los que se iban salvando».
Así es como la misericordia de Dios llega a nosotros. Busquémosla pidiendo perdón por nuestros pecados en el sacramento de la penitencia. Perseveremos en la fe recibida de los apóstoles, en la vida y la oración común, en la Eucaristía: Cristo en nosotros y nosotros en él.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O.
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Homilía del II Domingo de Pascua, 12 de abril de 2026
Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares. Madrid
Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares. Madrid
Álvaro. Un regalo de Dios
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- Escrito por Rubén Núñez
- Categoría: Ejercicios de los Sábados

Álvaro. Un regalo de Dios.
Los esposos Ángel Travesí y Ana Ansón nos dan su testimonio de vida con su hijo Álvaro.
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¡RESUCITÓ! AMOR, FE, IGLESIA
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- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano
- Categoría: Domingo I
I Domingo de Pascua A
5-IV-2026
Surrexit Christus spes mea
Queridos hermanos:
El Viernes Santo terminábamos la lectura de la Pasión con el cuerpo de Cristo en el sepulcro. Hasta allí había llegado Cristo en su afán por salvarnos, movido por un amor que nosotros no podemos apenas entender. Conviene tener esto vivo en la inteligencia: ha muerto por mis pecados, que ha muerto en mi lugar, que ha muerto para darme vida.
Después de morir, su cuerpo fue dejado en el sepulcro. Allí quedó un cuerpo de hombre muerto, sin alma, pero ¿solo? Aquí se encierra un gran misterio. Cuando un hombre muere, su cuerpo, ya sin alma, vacío de vida, es un despojo y solo la muerte es su dueño. ¿Quedó así el cuerpo de Cristo? Aparentemente sí. Cristo sufrió una muerte real, así que su alma no estaba allí. Pero, ¿quedó abandonado ese cuerpo? Para responder a esa pregunta os hago otra: ¿De quién era ese cuerpo?, ¿de un hombre?, ¿o de un hombre que, además de ser verdadero hombre era también verdadero Dios? Esto segundo. Era el cuerpo de Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios, era el cuerpo humano de Dios. Y Dios, una vez que formó y tomó el cuerpo del seno de María, nunca más lo abandonó. Por tanto: en la tumba estaba el cuerpo de Jesús, abandonado del alma humana, pero no abandonado de Dios. El Verbo eterno, el Hijo eterno permaneció en el cuerpo muerto, en el sepulcro frío, sin que nadie pudiera percatarse de ello. Así que podríamos decir que Dios «gustó la muerte»(Hb 2,9), porque no se alejó de ese cuerpo muerto, sino que permaneció con él.
¿Y el alma? Dice el Credo que «descendió a los infiernos». Descender a los infiernos significa descender al lugar donde no está Dios. Ahora os hago la misma pregunta que os he hecho antes sobre el cuerpo: ¿descendió hasta el infierno el alma de Cristo abandonada a sí misma, es decir, en soledad? La respuesta es no. Su alma era un alma humana, pero lo era de Dios, del Hijo de Dios. Y una vez que el Hijo eterno tomó alma humana nunca más la abandonó. El alma humana descendió hasta donde no está Dios, pero descendió con Dios. Y allí alcanzó a las almas de todos los hombres que habían sufrido la muerte y habían esperado y llorado del cielo un Salvador. Y el Salvador llegó hasta ellas para librarlas de la muerte y elevarlas con él hacia el seno de su Padre. El Catecismo (CCE 663) enseña que Cristo no destruyó el infierno, ni libró a los condenados, sino que libró «las almas santas que esperaban a su Libertador» (Catecismo Romano 1,6,3). Y «almas santas» no significa «almas sin pecado», porque sin pecado solo María. Aquí «almas santas» son las almas de los pecadores que esperaban un Salvador, que esperaban de Dios el perdón.
De tal forma que Dios, el Verbo eterno, no se separó del cuerpo muerto en el sepulcro, ni del alma en su descenso a los infiernos. El Hijo de Dios «gustó la muerte», en su cuerpo humano y en su alma humana, y, al alcanzar el tercer día, dio una vida nueva al alma y al cuerpo, dio vida divina al hombre entero, alma y cuerpo. Sacó su alma humana de los infiernos, eso es lo que significa la expresión que repite el Nuevo Testamento: «resucitó de entre los muertos» (Cf.: Hch 3,15; Rm 8,11; 1Co 15,20), y sacó su cuerpo del sepulcro, lo dejó vacío.
Así volvemos al sepulcro con el evangelio de hoy. Allí va la Magdalena y lo encuentra vacío. ¡Qué gran signo: vacío! El primer gran signo de que la muerte de Cristo en cruz ha ganado una vida nueva, para él y para nosotros, es que el sepulcro está vacío. Así lo encuentra María Magdalena, que va allí al amanecer, cuando todavía está oscuro. Por el Evangelio sabemos que amaba a Cristo muchísimo, y aunque el amor es indispensable para entender, porque quien no ama no conoce, no entiende, le faltaba una clave necesaria para comprender lo que veían sus ojos. Es la clave de Pedro, de Juan, de los Apóstoles, la clave de la fe apostólica. Que es una clave que necesitan todos los cristianos para entender la obra de Dios. La Magdalena, sin esta clave, ve el sepulcro vacío y piensa que quizá alguien se lo ha llevado de allí. Y corre donde los Apóstoles: «Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba», es decir, Juan, el que escribe. Con la resurrección todo el mundo corre. Pedro y Juan corren al sepulcro, los dos juntos. Hay que entender bien que los Apóstoles son un cuerpo, un cuerpo vivo en el que no todos son iguales, son personas concretas, cada uno con su sensibilidad, con sus capacidades, con sus propias debilidades y fortalezas. El Señor los eligió conociendo las diferencias naturales entre ellos, para unirlos en un cuerpo sobrenatural, del que él es la cabeza, el cuerpo apostólico. En ese cuerpo, Juan es el amor inocente y puro, el corazón de ese cuerpo apostólico. Simón es la fe y por eso la piedra, el cimiento del cuerpo apostólico y de toda la Iglesia. Juan, más joven, se adelanta en la carrera: «se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró». Vio lo mismo que había visto la Magdalena, miró solo desde fuera y esperó que llegase Pedro. Juan sabe que no es nada sin Pedro, que su amor no es nada sin la guía de la fe verdadera, y espera humilde a que llegue Pedro. Pedro llega más tarde quizá, sencillamente, a causa de sus años, con un amor menos inocente y refinado que el de Juan, pero con el encargo y, por tanto, con la capacidad que Cristo le había dado. Poco antes de la Última Cena, Jesús le dijo a Simón Pedro: «Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos» (Lc 22,31-32). Ver a Cristo crucificado va a ser una prueba durísima para la fe de los Apóstoles: Más allá de la cobardía, del abandono o de las negaciones, estaba la gran prueba de la fe: ¿Cómo es posible que el Mesías muera así, como un maldito de Dios? Jesús había anunciado esta prueba a Pedro, le había dicho que había rezado por él, y le había encargado: «Tú, cuando te hayas convertido, —una vez que hayas pasado por la prueba—, confirma a tus hermanos», dales la solidez de la fe. Teniendo esto en cuenta se entiende mejor lo que pasa en la tumba vacía. Pedro llega a la tumba y entra. Entonces, entra también Juan, y con Pedro allí a su lado, con la fe de Pedro guiando su amor, entiende lo que ven sus ojos: «vio y creyó. Pues hasta ese momento no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos».
El evangelio nos enseña el valor de la comunión de la Iglesia. Dentro de esta comunión, el amor está guiado por la fe auténtica, y la fe auténtica tiene maestros, el primero Pedro y sus sucesores. Ni nuestra piedad personal, ni ninguno de nuestros dones naturales o sobrenaturales, ni siquiera el amor puro e inocente de Juan, son nada fuera de esta comunión, cuyo principio es Pedro y sus sucesores. Por torpe que pueda llegar a ser Pedro o algunos de sus sucesores, los dones de los hijos más santos de la Iglesia, serían inútiles separados de Pedro.
Lo más importante de todo esto es que Cristo ha resucitado. Que el que murió por mí vive. Que su amor ha vencido la muerte. No es que viva su idea, o su causa, o su recuerdo en nosotros, no, no es eso, sino que él vive: el mismo que nació de María, el mismo que predicó e hizo milagros, el que pasó haciendo el bien, el que me amó y murió en la cruz. Él vive y la tumba está vacía. El próximo domingo lo contemplaremos resucitado. Esto es lo fundamental.
Alegrémonos con Santa María Virgen, con María Magdalena, con Pedro, con Juan y con todos los miembros de la Iglesia triunfante; alegrémonos con la Iglesia que se purifica en el purgatorio; alegrémonos con toda la Iglesia que peregrina en la tierra: Cristo ha resucitado. Nuestro Señor, el que murió por nosotros, en nuestro lugar, y para nosotros, ha vencido la muerte.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía del I Domingo de Pascua, 5 de abril de 2026
Oratorio de San Felipe Neri
Alcalá de Henares
Madrid
Oratorio de San Felipe Neri
Alcalá de Henares
Madrid
EL CRUCIFICADO
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Ciclo A: Triduo Pascual
VIERNES SANTO
3 de abril de 2026
Las aguas no podrán apagar el amor,
ni anegarlo los ríos. (Ct 8,7)
No sé si es posible escuchar la Pasión sin experimentar un profundo dolor, una profunda gratitud, y un profundo amor, y fe, y esperanza. Todas esas cosas juntas. Un profundo dolor porque no es posible no padecer con Cristo que padece, que padece porque yo he pecado. Una profunda gratitud, porque ¿cómo no experimentar agradecimiento a quien nos ama hasta estos extremos? Un profundo amor humano, porque «el amor saca amor». Pero el amor de Cristo tiene algo propio, que no tiene ningún otro: muere sin morir, llega hasta la entrega de la muerte, pero no muere; y así, como un amor vivo, llega a nosotros y pone en nosotros una corriente de amor que tiende a él. Este amor que Cristo hace brotar en nosotros es nuestro, pero es más suyo que nuestro; es humano, pero no es meramente humano, porque su fuente y su fin es su amor eterno. Este es el principio de las virtudes teologales, que, inseparables, vienen siempre de la mano: la fe, la esperanza y la caridad. Las tres nacen en nosotros cuando reciben este amor que muere sin morir, que hiere nuestra alma y nos hace desearlo a él, buscarlo a él y esperar en él. La cruz es un seísmo cuando llega al alma: la llena de dolor y, a la vez, de gratitud; la rompe, y la pone en movimiento hacia él.
Ante la Pasión, que acabamos de oír, ante la cruz que en un momento se levantará ante nuestros ojos, es como si todo a nuestro alrededor se oscureciese, y como si en medio de esta oscuridad se abriese una brecha por la que entra una luz nueva. Quiero explicar esto a partir de una experiencia que muchos habréis vivido. Imagino que la mayoría, al menos los más mayores, habrá sufrido la muerte de alguien cercano y querido. Personalmente he tenido que vivir la muerte, hace poco, de un viejo amigo; años atrás, la de quien fue mi confesor y director espiritual; pero, sobre todo, recuerdo la muerte de mi padre. Y junto al dolor, recuerdo la extraña sensación de que todo se oscurecía: como si todo perdiese su color, su luz, su valor. A tu alrededor la gente sigue agobiada y triste, o alegre e ilusionada con sus cosas. Unos disfrutan de la vida y del sol, y otros sienten el peso del trabajo. Pero para ti, que has perdido un padre, todo eso que gira en torno parece irreal: «¡Vanidad de vanidades! ¡Todo vanidad!» (Qo 1,2). Todo vacío, como un sueño que se disipa al despertar, como un velo que cae… y todo es oscuridad. Y junto a este sentimiento, otro: el venir a la mente y permanecer allí el recuerdo de Jesús, y el venir su nombre a los labios; como si él, y solo él, fuese real, como si solo él tuviese luz y consistencia. En medio de la oscuridad, él, luz. En medio del vacío, él, real, vivo, presente.
Traigamos esta experiencia común a la Pasión que acabamos de escuchar. ¿Es posible escuchar cómo es traicionado, cómo es juzgado, cómo es traído y llevado, cómo es crucificado, cómo muere, cómo es puesto en la tumba fría, sin que todo en torno a nosotros se oscurezca? ¿Sin que todo pierda su luz, su calor, su consistencia, su brillo, su atractivo? Para quien alguna vez ha experimentado que la palabra de Cristo iluminaba las profundidades de su alma, para quien alguna vez se ha sabido perdonado y amado por él, para quien se ha percatado de ese poder único suyo que es tocar y habitar el centro del alma, que nadie más puede tocar ni habitar… Para ese, con la muerte de Cristo, todo se oscurece. Para el que le ama, aunque sea con un amor pobre, o en parte interesado; para el que le ama, aunque sea muchas veces con una mezcla de egoísmo y cobardía; para ese, ver cómo Cristo se eleva en la cruz es como si el sol se oscureciese en pleno día, y todo se hiciese nada y vacío. Y con ese dolor, la verdad: que el Hijo de Dios ha muerto por mis pecados, que ha muerto en mi lugar, que ha muerto para darme vida. ¡Dolor y verdad! ¡Dolor y la belleza inigualable de su amor! ¡Dolor y la grandeza infinita de su sacrificio! ¡Dolor y vida: la victoria de su amor!: «¡Las aguas no podrán apagar el amor, ni anegarlo los ríos»! (Ct 8,7) La muerte no podrá matar este amor, que permanecerá vivo para siempre.
Así que la oscuridad y el dolor dan pan paso a la fascinación de su amor, a la luz de su amor, que se convierte en juicio y medida de todas las cosas. «Todo lo que consideraba ganancia —dice san Pablo cuando la cruz de Cristo se le mete en el alma— todo lo que era para mí ganancia, ahora es pérdida a causa de Cristo. Más aún, considero que todo es basura en comparación con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor» (Flp 3,7-8). Igual que nosotros, san Pablo no vio a Cristo crucificado, pero cuando la cruz se le clavó en el alma, Cristo crucificado se convirtió en el alma de su alma, en el corazón de su corazón, y ya solo se gloriaba de conocerlo a él, «a Jesucristo, y este crucificado» (1 Cor 2,2). Y solo quería predicarlo a él: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles, pero para nosotros, los llamados, ya seamos judíos o griegos, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Cor 1,23-24). Una vez que el crucificado grabó su imagen en el alma de Pablo, el mundo entero murió para el Apóstol, solo vivía Cristo.
Más aún, consideraba que él mismo había muerto con Cristo en la cruz. Murió con Cristo y renació un hombre nuevo. Así entiende el bautismo, como una participación en la muerte y en la vida nueva de Cristo: «¿No sabéis —escribe a los romanos— que cuantos fuimos bautizados en Cristo, fuimos bautizados en su muerte? Por el bautismo —sigue diciendo— fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6,3-4). «Consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rm 6,11).
Jesús, tú eres lo único valioso, «tú eres mi bien. Los dioses y señores de la tierra no me satisfacen. Tú eres mi bien, el lote de mi heredad y mi copa» (Sal 15,2-3.5). En el dolor de la cruz, ¡tu amor! En la oscuridad de la cruz, ¡tu luz! Ninguna luz brilla tanto como la de esta madera oscura. ¡Dejad que esta luz entre en vuestra inteligencia, en vuestra voluntad, en vuestra memoria! ¡Dejad que esta luz penetre en vuestro corazón! En tu corazón esta luz alumbra una verdad escondida allí desde siempre, desde que viniste a este mundo, aunque quizá nunca hasta ahora fue iluminada: que tu corazón fue creado para este amor crucificado; que fue creado para él y lo anhelaba, sin saber muy bien que era este el objeto de su deseo. Tu corazón anhelaba este amor, aunque no lo conocía y quizá ha andado por la vida perdido y confundido. Pero ahora, delante de la cruz, delante de Jesús crucificado, reconoce para quién fuiste creado. Reconoce a quien te ama y entrégate a él.
Dile con san Juan de Ávila: «En la cruz me buscaste, me encontraste, me curaste, me libraste y me amaste, dando tu vida y sangre por mí... Pues en la cruz te quiero buscar y en ella quiero encontrarte. Y libre del amor a mí mismo, quiero responder al excesivo amor que en la cruz me tuviste; quiero responder, amándote yo y padeciendo por ti, como tú moriste de amor por mí»[1].
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O.
[1] Cf.: SAN JUAN DE ÁVILA, Cartas, 57
Homilía del Viernes Santo
3 de abril de 2026
Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares. Madrid