«La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5)
En la primera lectura encontramos a Israel en el desierto con una necesidad apremiante de agua, tan acuciante que le lleva a la desesperación: ¿Dónde está Dios? Ya no recuerda las mil maravillas que Dios ha obrado desde la salida de Egipto y se desespera: «¿Está o no está Dios entre nosotros?» Esta pérdida de esperanza es una ofensa a Dios. ¡Es tan frecuente que a lo largo de la vida nos encontremos en situaciones de sufrimiento, de soledad, de necesidad o de oscuridad, y nos creamos abandonados por Dios! Se nos olvida que «a los que aman a Dios todo les sirve para el bien»(Rm 8,28) y que «ya vivamos, ya muramos, somos del Señor» (Rm 14,8) y, según el mismo Cristo ha prometido, nada ni nadie, ni siquiera la muerte, nos arrebatará de su mano (Cf: Jn 10, 28). Por eso, la pérdida de esperanza en un cristiano es una ofensa grave, aunque no agota la misericordia de Dios, no agota su amor. En aquella ocasión, en el desierto, Dios les dio a los judíos agua de la roca. Moisés golpeó con su cayado la roca y de la roca brotó agua que sació la sed del pueblo.
San Pablo, muchos siglos después interpretó que este hecho tenía un significado oculto, porque esa roca de la que brotó agua anunciaba a Cristo, herido con la lanza del soldado y del que brota un amor que cura el pecado de todo el que se acerca a él y sacia la sed de su alma, sed que ninguna criatura puede saciar, solo este amor humano y divino que brota de su costado traspasado. Dios no nos ha dado a Cristo para eliminar los sufrimientos y los momentos oscuros de la vida, sino para esto otro: para perdonar nuestros pecados y saciar la sed del alma eterna. En la cruz, de su costado herido, Cristo dejó brotar su amor. En el altar, donde se actualiza la cruz, en cada Eucaristía, Cristo sigue dejando brotar esta fuente de amor.
Quien se acerca a Cristo con esta esperanza es perdonado y saciado. Dice hoy el Apóstol: «La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado». El amor de Dios es el Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo. Amor que brota del Crucificado como un caudal incontenible. Y llega a nosotros y penetra en nosotros, cuando nos acercamos a Cristo con esa esperanza, buscando lo que él nos quiere dar.
Es sobre todo el Evangelio según san Juan el que identifica el agua de Cristo con el don de su Espíritu, el don del amor divino, que limpia y sacia, que perdona y trae la gloria al alma. Así aparece el agua en el diálogo de Jesús y la samaritana.
La samaritana no va buscando a Jesús. Se encuentra con él, porque él ha ordenado las cosas para este encuentro. Ella no está buscando ni un remedio a su pecado, ni la saciedad del alma. La mayoría de las veces vivimos ignorando que estamos hechos para Dios y que nuestro destino, de gloria o de perdición, es eterno. A ella, como tantas veces a nosotros, le bastaba saciar la sed de su cuerpo. Las necesidades que tenemos de las cosas buenas de este mundo manifiestan y esconden, a la vez, la necesidad radical de nuestra alma: Dios, el único necesario. Y nuestro pecado, no hecho con el propósito primero de ofender a Dios, sino, la mayoría de las veces, buscando un poco de descanso o un placer fugaz, esconde la insatisfacción interior del alma. Jesús inicia un diálogo que lleva a la samaritana al interior de su propio corazón, a reconocer su pecado y a confesar a Jesús como el Mesías. La mujer se da cuenta de que este hombre lee su alma, toca el misterio escondido de su alma, que ni siquiera ella es capaz de entender. No sabe quién es Jesús, no sabe que es el Hijo de Dios hecho hombre, no sabe nada de él, pero sabe que ha alcanzado el centro del alma, que nadie puede alcanzar. Así intuye que no puede ser uno más, y corre al pueblo para decir a todos: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?»
El diálogo de la mujer con Jesús queda abierto, no hay una conclusión, no la escuchamos pedir perdón ni suplicar el agua que sacie la sed de su alma… el diálogo no termina aquí, porque es el diálogo que Cristo quiere establecer con cada hombre y su última palabra está en la cruz. Allí volveremos a escuchar de sus labios: «Tengo sed» (Jn 19,28). San Agustín interpreta que Cristo tiene sed de la fe: el reconocimiento de que es él quien conoce nuestro corazón y el que puede curarlo y saciarlo; sed de la fe que es capaz de abrazar el amor que él nos ofrece y que hace brotar ese mismo amor en nuestra alma.
El mismo san Agustín, el gran doctor del corazón, invita a volver al interior, al corazón, «redite ad cor»[1], «volved al corazón». Y eso mismo os digo a vosotros: Cristo ha iniciado un diálogo con nosotros, un diálogo que concluirá con su última palabra: su cruz y su resurrección. Cristo tiene sed de ti y quiere despertar en ti la sed de él. «Si conocieras el don de Dios [si conocieras lo que te quiero dar] y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva». Para continuar el diálogo con él es necesario que volvamos al corazón y le pidamos a Dios la luz necesaria para reconocer nuestro pecado, para reconocer la sed de nuestra alma, y para reconocer que solo él es capaz de entrar allí, en nuestro santuario interior. Esto no se hace sino en el silencio y en la intimidad de la oración. No hablo de una oración ideal, sino de la oración que a cada uno le es posible conforme a su situación personal y a su vocación. La soledad de la escena del evangelio de hoy: Jesús a solas con la samaritana, los demás no están, nos dice, como en otros episodios del Evangelio según san Juan, que hay diálogos que Cristo solo puede tener en la soledad y en la intimidad del alma. «Volved al corazón», en el silencio y en la soledad con Cristo. Pedidle la luz necesaria para reconocer vuestro pecado, para reconocer la sed del alma, para reconocer que él sí toca vuestra alma y mantened este diálogo con él hasta que lo veáis elevado en la cruz, clamando «Tengo sed» (Jn 19,28).
«Ni el ojo vio, ni el oído oyó… lo que Dios había preparado para los que lo aman» (1 Cor 2,9)
Queridos hermanos:
No perdáis de vista que la Cuaresma es un camino de penitencia, el que Cristo camina. Va hacia la cruz por nuestras culpas, hace penitencia por nosotros hasta morir. Pero su muerte es algo más que penitencia: un derramarse su amor sobre nosotros, un amor que debe herirnos en el alma, para llevarnos también a nosotros a hacer penitencia con él. Cristo hace penitencia por nosotros, ¿no haremos nosotros penitencia con él?
El camino penitencial se abrió el domingo pasado con las tentaciones de Cristo. En este domingo se nos propone el acontecimiento extraordinario de la Transfiguración. Considerados juntos, los dos momentos anticipan la muerte y la resurrección. La lucha de Jesús con el tentador anticipa el gran duelo de la pasión, mientras que su cuerpo transfigurado anticipa la gloria de la Resurrección. En las tentaciones vemos a Cristo que, en su humanidad, tan verdadera como la nuestra, es tentado, vence la tentación, se dirige a la cruz, y allí su humanidad es rota por el pecado. En la Transfiguración vemos esa humanidad que anticipa ya la gloria de la resurrección. Es su humanidad la que lleva el pecado y es también su humanidad la que recibe la gloria de la divinidad.
Os voy a decir lo que no es ni su humanidad ni la transfiguración. Su humanidad no es un vestido que el Hijo eterno se ha puesto al venir a este mundo para luego quitarse, y que esconde debajo su verdadero ser divino, su luz. Muy distinto: el Verbo de Dios se ha hecho hombre. Ha tomado la humanidad como su propia sustancia, y desde ese momento, y para toda la eternidad, su humanidad es tan propiamente suya como lo es su divinidad. Por eso, la Transfiguración no es como si se abriese un poco los vestidos de la humanidad para dejar ver algo de la divinidad oculta debajo, sino que su humanidad muestra la gloria que recibe del Verbo eterno. Una gloria tan de su humanidad como lo es de su divinidad. Cuando llegue la resurrección, su humanidad tendrá en plenitud esa gloria. Nada en la vida de Cristo es mera apariencia. Sus tentaciones son verdaderas tentaciones, no apariencia de tentaciones. Y la gloria de su humanidad es verdadera gloria de su humanidad.
Esa humanidad de Jesús, que realmente sufre y va a morir, que realmente va a resucitar plena de gloria, somos también nosotros, si nos unimos a él por la fe y el amor. Una frase de san Pablo resume lo que quiero decir: «Si morimos con él, viviremos con él» (2 Tim 2,11) Así se resumen los dos primeros domingos de Cuaresma: si nos unimos a él en el camino penitencial que lleva a la cruz, triunfaremos con él, viviremos con él. La Transfiguración nos muestra la gloria del hombre unido íntimamente a Dios, gloria que brilla primero en Jesús y después en su Iglesia. En Jesús plenamente en la resurrección, anticipadamente en la transfiguración. En la Iglesia plenamente cuando pase este mundo, anticipadamente en la vida de los santos: de Santa María Virgen, de los mártires, y de todos los santos que jalonan su historia hasta que llegue el fin. La Transfiguración nos muestra la gloria del hombre tal como Dios la pensó antes de dar inicio la creación, la gloria a la que Cristo nos lleva.
Quiero decirlo más claramente: ¿en qué consiste esta gloria? En la unión de hombre con Dios; unión íntima, de inteligencia, de voluntad, de corazón; unión a la que se accede por la fe y que se sella con un amor eterno, que nos une a Dios sin destruirnos, sin que dejemos de ser quienes somos. Por ese motivo tiene lugar en el monte. En el Antiguo Testamento el monte era el lugar privilegiado para la oración, y Jesús subía al monte muchas noches para la oración, para el diálogo con Dios, para la unión con él. La unión del hombre y Dios es la gloria anunciada en la Transfiguración.
Esta gloria constituía, desde antes de que Dios diese comienzo la creación, el centro de su designio, de su plan, de su querer. ¿Para qué dio comienzo a la creación? Para llevar al hombre a la gloria, para llevar al hombre a la unión amorosa con él. Este plan había permanecido oculto hasta que Cristo lo manifestó. Nadie había podido imaginar una gloria tan grande para un ser aparentemente tan pequeño como el hombre, sobre todo después del pecado original y después de una historia tan terrible de pecados como la que no dejamos de acumular. Era algo impensable. Dice san Pablo: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre pudo nunca imaginar, lo que Dios había preparado para los que lo aman» (1 Cor 2,9). La revelación de este plan de Dios para nosotros es una luz que explica toda la Historia de la Salvación, desde la creación en adelante. Por eso alrededor de esta humanidad del Verbo que se encamina a la resurrección, aparecen Moisés y Elías. Moisés representa la Ley y Elías representa a los profetas, es decir, la Escritura, toda la Historia de la Salvación. Ellos reciben de Cristo la luz, se entienden a partir de él, porque él es su meta. A partir de Cristo, que une en sí la humanidad con Dios, se esclarece toda la historia de la Salvación, se esclarece nuestra historia. Dios te ha creado para esta gloria. Este es el fin que Dios ha querido siempre para ti.
¿Habéis escuchado lo que dice Pedro entonces? «Señor, qué bien se está aquí. Hagamos tres tiendas…». Expresa así una verdad: estamos hechos para esta gloria. Al verla, nuestro corazón la reconoce y dice: ¡Esto es lo que buscaba! ¡A tientas! ¡Lo que he buscado tantas veces equivocándome! ¡Lo que ya pensaba que no encontraría nunca! ¡Lo que pensaba que solo podía ser una ilusión vana de mi mente!: la visión de Dios, la unión con Dios. De esta forma, la Transfiguración desvela el misterio de nuestro propio corazón: nos muestra el objeto antes desconocido y ahora revelado de nuestro corazón. «Señor, qué bien se está aquí».
Un detalle más. Dice san Mateo, que todavía estaba Pedro diciendo estas cosas cuando escucharon la voz de Dios, que les llenó de miedo y que les hizo tirarse al suelo. El corazón de Pedro, como el nuestro, aún experimenta miedo ante la voz de Dios sin velos… Su corazón, como el nuestro, aún necesita purificarse para el amor verdadero, aún necesita perfeccionarse para el amor verdadero. Aún no ha acabado su noviciado, su periodo de formación… tiene que recorrer todo el camino de la mano de Cristo. «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. ¡Escuchadlo!».
Nosotros necesitamos seguir a Cristo hasta la cruz. Como dirá san Pablo en otro lugar: «Olvidándome de lo que queda atrás, me lanzo hacia lo que está por delante. Corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús» (Flp 3,13-14). Es necesario afrontar hasta el final el camino de Cristo, que va a la cruz. Solo él, en este camino, nos purifica, nos enseña a amar y nos lleva al amor eterno.
«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. ¡Escuchadlo!» Es necesario seguir a Cristo, en la vida concreta y real. Pero el imperativo «escuchadlo» hace referencia directa a la oración. No andaremos este camino sin dedicar tiempo a escuchar a quien es la Palabra de Dios, sin mirarlo, sin escucharlo. Es una exigencia muy concreta para nosotros en la Cuaresma: debemos esforzarnos por escuchar a Cristo en la oración, dejar que su palabra resuene en el alma, dejar que ella nos enseñe.
Queridos todos, la imagen principal de hoy es la de Jesús en lucha contra el mal. Él se pone al frente de una lucha en la que está en juego nuestra vida. Nosotros, lo queramos o no, estamos metidos en esta guerra a muerte, que empezó con el pecado original y que incumbe a todo hombre. Y la idea práctica que debe calar en nosotros es que debemos unirnos a él, ponernos junto a él en esta lucha e imitarlo. Pero vamos por partes.
«Dios plantó un jardín en Edén […] y colocó en él al hombre que había modelado». De esta forma el relato del pecado original subraya que Dios creó al hombre cercano a él. Edén, el «paraíso», designa el estado de dicha natural en el que Dios crea al hombre, rodeándolo de su cercanía y amistad. Este es el primer dato que nos ayuda a mirar el evangelio. Allí Cristo no irá a un jardín, a un paraíso, sino al desierto.
Se nos dice también que el Señor hizo brotar en medio del paraíso dos árboles singulares: «el árbol de la vida» y «el árbol del conocimiento del bien y del mal». El árbol de la vida esconde un misterio que solo se aclara en la cruz: es el árbol del amor obediente, del amor filial, es el árbol de la obediencia. Por el contrario, el árbol del conocimiento del bien y del mal es el árbol que significa la autonomía: no obedeceré, obraré por mi cuenta, me hago autónomo para decir lo bueno o lo malo. El árbol del conocimiento del bien y del mal es el árbol de la desobediencia.
Ahora, ¿qué significa la existencia de estos dos árboles en el centro de Edén? La libertad del hombre, que puede obedecer como criatura o desobedecer declarándose independiente, su propio Dios. La consecuencia de la elección del primer árbol la veremos en Cristo resucitado: nuestra humanidad venciendo la muerte, superando la distancia que nos separa de Dios y participando de su vida trinitaria. La consecuencia de elegir la independencia de Dios es la muerte. El propio Adán lo dice: «Nos ha dicho Dios: “No comáis de él ni lo toquéis, de lo contrario moriréis”. Pronto lo experimentaría por sí mismo: el libro del Génesis da cuenta de todo el camino de muerte que se abre con ese pecado, incluyendo el homicidio, Caín que asesina a Abel… ¡Ha empezado la guerra! Es la guerra del diablo por arrancarnos de Dios y destruirnos, guerra tan real para cada hombre como lo es el hecho de que cada hombre es creado por Dios como un “tú” amado y singularísimo para él. Este primer pecado introduce en el espíritu humano, creado inmortal, un fermento de muerte que avanza en dirección a la muerte eterna. Nunca podrá hacer que el alma deje de existir, pero sí que el alma viva una muerte sin fin.
Esto nos habla de lo serio y grave que es el don de la libertad. Es un don enorme, porque solo la libertad posibilita el amor: de los esposos, de los hijos, de los amigos, aunque está hecha, finalmente, para posibilitar el diálogo amoroso entre Dios y el alma, sin nada en medio, un completo cara a cara. La libertad que Dios nos ha dado es hermosa y terrible a la vez: por ella nos podemos entregar a Dios hasta que él nos lleve con Cristo hasta la vida trinitaria; o por ella podemos, por el contrario, arrojarnos en el abismo de la muerte eterna, de la soledad radical, del infierno. Es el camino que inició Adán. Y, aunque Dios sabe que el hombre sucumbirá a la tentación de querer ser su propio Dios, sabe también, ha previsto en su plan de salvación, que su Hijo Amado, que él enviará como hombre verdadero, resistirá en medio de esta tentación y tomará el camino de la obediencia filial.
Es lo que vemos en el Evangelio: a Jesús luchando contra la tentación. Desde ese momento, la tentación estará siempre ahí y se hará cada vez más intensa, hasta el momento de la cruz, cuando en el límite de sus fuerzas Jesús escuche: «Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz» (Mt 27,40). Durante toda su vida, Cristo —por decirlo con un símbolo— tuvo delante los dos árboles del paraíso; y cada día, casi en cada instante, con cada gesto y con cada palabra eligió amar, obedecer, servir. Dijo sí a su Padre y dijo sí a mi salvación a costa de sí mismo. Y, al final, abraza el árbol de la obediencia filial y amorosa, la cruz. Él va al desierto para iniciar este camino. El Padre lo ha enviado al mundo para esto y el Espíritu de Dios, dice el evangelista, lo llevó al desierto para dar inicio a esta lucha.
A nosotros se nos propone al inicio de la Cuaresma para que lo acompañemos en su pelea contra el pecado. Hemos de seguirlo y luchar con él y como lo hace él. La primera lección es la de ir al desierto: mortificarnos para fortalecer nuestro espíritu. En el desierto, el cuerpo de Cristo se debilita, pero su espíritu se fortalece. No hay otro camino, no podemos vencer en el camino del amor sin mortificarnos, sin aprender a morir privándonos de cosas lícitas. Además del ayuno del viernes santo y de la abstinencia de los viernes, ¿qué camino de mortificación del cuerpo y de la voluntad me propongo para esta Cuaresma? —Aquí es bueno, consultar con el confesor, no sea que uno se proponga algo que no sea apropiado para él—. Pero no podemos vivir la Cuaresma como meros espectadores del camino de Cristo. Hemos de caminarlo con él.
Imaginad el momento de la primera tentación. Cristo ha pasado ayunando en el desierto cuarenta días. Habría perdido mucho peso, estaría agotado físicamente y el demonio le propone usar su poder para remediar ese estado de hambre y agotamiento: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan». Las tentaciones de Cristo fueron totalmente reales, las sufrió como hombre verdadero. Y en su debilidad humana extrema, Cristo se defiende con la Palabra de Dios y con ella indica dónde está la fuente del verdadero alimento del alma: «Dice la Escritura: no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Nuestro espíritu necesita alimento y hemos de buscarlo en Dios. Queridos, debemos rezar más, sobre todo debemos escuchar más la Escritura, no solo cuando venimos a Misa. Debemos proponernos un plan de oración seria, que incluya la lectura silenciosa de la Escritura, el diálogo con Dios a través de su Palabra, la meditación de esa Palabra en la que él se nos dice y se nos da íntimamente. Quien no haga oración, ya puede darse por muerto en esta guerra.
Las otras dos tentaciones también son totalmente auténticas y reales para Cristo. Él podía procurarse el favor de la multitud con milagros espectaculares, uno tras otro, hasta conseguir el sometimiento del mundo a su poder humano. Pero no es este poder mundano el que el Padre quiere que muestre, sino el poder del amor, que pasa por la entrega y el sacrificio de sí, el único poder que agranda nuestro corazón y lo hace digno de Dios. Tentamos a Dios cuando pretendemos que sea él quien se ajuste a nuestro camino. Hemos de acostumbrarnos a mirarle a él y a preguntarle qué quiere de nosotros, cómo quiere que hagamos las cosas, cómo enfrentarnos a los asuntos importantes y a los cotidianos. Entregar el camino de nuestra vida a este ídolo del éxito y del poder, sin preguntarnos qué quiere Dios en cada caso, sin discernir el camino del amor verdadero, y luego pretender el favor de Dios es tentarlo: nuestro corazón no se hallará dispuesto, ha tomado otro camino. De nuevo se hace necesaria la oración y no solo, se hace necesaria también la dirección espiritual. ¡Pobre el cristiano que cree poder conducirse solo en la vida sin ser engañado por el diablo!
La tercera tentación domina nuestro mundo. Hemos de reconocer que estamos rendidos al ídolo de la riqueza. Pero todo el oro del mundo no puede saciar el corazón del hombre, hecho para Dios, para adorar y amar a Dios. Eso no significa que no podamos gozar de los bienes de este mundo, bienes que nos ha dado Dios para disfrutarlos y usarlos para el bien, pero no para dejarnos esclavizar por ellos, ni para olvidarnos del sufrimiento de los otros, ni para olvidarnos de Dios, ni para olvidarnos de nuestro propio corazón, que solo puede encontrar descanso en Dios. No podemos servir a dos señores: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto», solo a él le entregarás el corazón. De ahí la necesidad de practicar la limosna, la limosna de verdad, no una miseria que no suponga ningún sacrificio para nosotros. Limosna hecha por caridad hacia los otros, pero también por caridad con nuestro propio corazón, para que busque su único posible descanso: el corazón de Dios. «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti».
Queridos, estamos al comienzo de la cuaresma, tomemos en serio nuestra vida, nuestra libertad, nuestro destino eterno. Unámonos a Cristo, luchemos con él.