Venerable José Rivera - Vida y doctrina III
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- Escrito por Rubén Núñez
- Categoría: Ejercicios de los Sábados

Venerable José Rivera - Vida y doctrina III
Mons. Demetrio Fernández González, Obispo emérito de Córdoba
| Ejercicio de los Sábados | |
Tercera charla de Mons. Demetrio Fernández sobre la vida y doctrina del venerable don José Rivera.
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Primer día: Venerable José Rivera - Vida y doctrina I
Segundo día: Venerable José Rivera - Vida y doctrina II
EL SIGNO DEL ESPÍRITU SANTO
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: El bautismo del Señor
Bautismo del Señor
11 de enero de 2026
«Se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios
bajaba como una paloma y se posaba sobre él» (Mt 3,16)
Jesús es bautizado por el Bautista en el Jordán y en ese momento sucede algo extraordinario. Pero partamos del bautismo que practicaba el Bautista a quien escuchaba su llamada a la conversión, miremos la materialidad del «rito» del Bautista: Juan, metido en el río, sumergía en él a los que se acercaban. Sumergirse, ser abrazado y rodeado por las aguas, nos habla de algo que implica toda la vida y todo el ser de quien se sumerge, desde las cosas más importantes a las más insignificantes. Todo el hombre se sumerge, todo el hombre se entrega. Es verdad que ese sumergirse expresa otras realidades importantes, pero hoy quiero limitarme a esto: el que se sumerge se entrega a esas aguas. Pero, ¿a qué se entrega? Este es el segundo paso: se trata de una entrega por entero, pero ¿a qué? ¿qué simbolizan estas aguas? La palabra que lo resume es “penitencia”. El bautismo «con agua» significa penitencia: reconocimiento del pecado, súplica de perdón, petición de una fuerza divina que nosotros no tenemos para cambiar de vida, más aún, para cambiar el corazón. ¡Eso era el bautismo de Juan! Pero estos aspectos de la penitencia, sobre todo los dos últimos, la súplica del perdón y petición de una fuerza divina que nos salve, que cambie el corazón, es claro que reclama algo más, que no está ni en las aguas, ni en el Bautista, ni en el que se sumerge, algo que está más allá de la penitencia: un don del cielo, un don de lo alto, un don de Dios. Así se muestra que el bautismo de Juan, el bautismo de agua, es preparación, necesaria, pero preparación, de algo más grande. A eso más grande se refería ya el propio Bautista en las palabras que escuchamos el domingo pasado: «El que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”». De estas palabras deducimos dos cosas: que el bautismo de agua preparaba el bautismo de Espíritu Santo. Y que aquel que recibe el Espíritu Santo en plenitud como propio (bajar sobre él y posarse, quedarse) es quien puede bautizar con Espíritu Santo.
Ahora, si el agua ya hemos dicho que significa básicamente penitencia. ¿Qué es el Espíritu Santo? El Espíritu Santo es el amor divino. Un amor que es de Dios, que viene de él y que es, por tanto, perfecto. No hablamos aquí de una imagen humana del amor divino, una participación humana del amor divino, sino del amor divino en cuanto tal, la tercera persona de la Santísima Trinidad. El Espíritu Santo, tercera persona de la Trinidad, es el vínculo de amor eterno entre el Padre y el Hijo. Ser bautizados, sumergidos por entero, en él, significa ser abrazados e introducidos en el amor de Dios, en el vínculo de amor eterno entre el Padre y el Hijo. ¿Quién puede «tomar» a un hombre y bautizarlo con el Espíritu Santo? Aquel que lo posee como algo propio, y ese es Jesús. «Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse [“permanecer”] sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo». Jesús no solo recibe el Espíritu Santo, sino que lo posee, permanece sobre él. El Hijo eterno es el poseedor de este Espíritu desde toda la eternidad, pero con la unción de ese mismo Espíritu en el Jordán se expresa la participación de la humanidad de Cristo en la unción eterna del Hijo. Al final, la humanidad de la única persona del Hijo, se convierte en la fuente del Espíritu Santo para los otros hombres. De su humanidad, recibimos los hombres el Espíritu divino.
Consideremos ahora, cómo ha querido la providencia divina hacer que la carne de Cristo, su humanidad, se convierta en la fuente de la efusión del Espíritu para todos los hombres: sometiéndose al bautismo de agua, esto es, a la penitencia. Es lo que vemos en el relato del Evangelio: que Jesús, el Hijo de Dios, se somete al bautismo de Juan. La resistencia del bautista nos muestra lo desproporcionado de este hecho, que el Hijo eterno haya querido hacer penitencia. Pero es que así hace suyo el pecado del hombre, y muestra que el amor divino, eterno entre las personas divinas, se convierte, en la historia, en amor al hombre. Jesús se hace uno con el hombre histórico, con el hombre que existe, el hombre pecador. Jesús se confiesa pecador porque me ha hecho suyo, ha hecho suyo mi pecado, suplica perdón por mí en su propia persona, y espera por mí y para mí el don de lo alto, de su Padre, porque todo lo suyo viene del Padre. Y Dios le da a Jesús, que lleva en él al Adán caído, a todos los hombres, el don de lo alto: el Espíritu Santo. «Apenas bautizado, Jesús salió del agua, se abrieron los cielos y vio que el Espíritu Santo bajaba sobre él en forma de paloma y se posaba sobre Él». Así Jesús une el Espíritu Santo al agua. Une el amor a la penitencia. El amor divino, la vida divina, a la penitencia humilde del hombre pecador.
Por el bautismo de Cristo, por su súplica en nuestra carne, por su virtud, nosotros hemos recibido el perdón y el don sobreabundante de su Espíritu, de la vida divina. Por él, la súplica de perdón por nuestros pecados se convierte en don del amor de Dios, un amor que no muere, un amor que nos lleva al cielo, un amor que nos introduce en la vida de la Santísima Trinidad.
Ahora quiero volver de nuevo a las palabras del Bautista: «Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo». El signo para identificar al Mesías es el Espíritu Santo: «Aquel sobre quien veas bajar…». El amor divino, no cualquier amor bueno, sino el divino, el perfecto, ese amor es el signo que identifica a Cristo. Lo identifica en el Jordán bajo la forma de la paloma, pero lo identifica en el camino de caridad —«pasó haciendo el bien»— que es toda la vida de Cristo, hasta llegar a la Eucaristía y a la cruz. En ese amor nuestro corazón reconoce lo que es más grande que el universo. En el amor perfecto de la Eucaristía, de la cruz, se reconoce a Dios. Casi instintivamente, cuando nuestro corazón se centra ante él, reconoce a Dios. Así no nos extraña que cuando el centurión romano ve morir a Jesús en la cruz dijese en un acto de fe: «Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios». Todo amor verdadero tiene algo de divino, pero este amor del Hijo entregado hasta el final por nosotros es la manifestación plena de Dios. Después de recibir este Espíritu, el Padre deja oír su voz desde el cielo: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». Y después de morir, la resurrección de Cristo es también la declaración por parte del Padre de que aquel hombre que había muerto en la cruz destrozado y habían enterrado en la fosa era realmente quien decía ser, su Hijo, y había hecho lo que decía que iba a hacer, ser el salvador del mundo entregando su vida, «el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo», el que daba su vida «en rescate por muchos».
Este misterio de amor es para nosotros. Llega a nosotros y nos envuelve. Tanto en cuanto nos entregamos a una verdadera penitencia, —verdadera por sincera y humilde, no porque sea tremenda en sus exigencias—, nos unimos a Jesús en su bautismo de agua y recibimos de él también el bautismo de Espíritu Santo. Al recibirlo, también nuestra vida queda dirigida con Cristo a la Eucaristía y a la Cruz: para alimentarnos de este amor y para entregarnos con él. Para las dos cosas, que son una. El bautismo y la confirmación preparan para la Eucaristía y el martirio, el testimonio de Dios. Al Hijo se le reconoce por su amor divino, perfecto, hasta la cruz. A los cristianos se les reconoce por la participación de este amor. Alimentar nuestra alma del amor que vence la muerte es una sola cosa con entregar nuestra vida con Cristo, con ser testigos de Dios.
Nuestros hijos, nuestros amigos, los hombres de este mundo que buscan a tientas a Dios a veces sin saberlo, esperan el signo de la presencia de Dios: un amor que llega a la muerte, un amor más fuerte que la muerte. Los que no esperan ni buscan solo podrán ser despertados por la manifestación de ese mismo amor: el amor de Cristo en la cruz, el amor de los mártires, de los santos. Que Dios nos conceda gozar de este amor y vivir y morir amando con Cristo.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
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Homilía del Domingo 11 de enero de 2026
Fiesta del Bautismo del Señor
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares
Fiesta del Bautismo del Señor
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares
San John Henry Newman sobre San Pablo
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- Escrito por Rubén Núñez
- Categoría: Ejercicios de los Sábados

San John Henry Newman sobre San Pablo
Padre Enrique Santayana
| Ejercicio de los Sábados | |
Aquí os dejamos las dos homilías completas de san John Henry Newman de las que se habló en los Ejercicios del Oratorio. Están tomadas de la revista NEWMANIANA (nº 60. Julio 2013)”
EPIFANÍA Y ADORACIÓN
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- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Epifanía del Señor
Epifanía 2026
Se llenaron de inmensa alegría (Mt 2,10)
En este tiempo de Navidad centramos nuestra atención en el nacimiento mismo de Cristo y reflexionamos en torno a su significado, pero habitualmente pasamos por alto la importancia espiritual de esta fiesta de la Epifanía, de la manifestación divina: en Jesucristo Dios se manifiesta, se da a conocer. Isaías nos hace entender esta manifestación como una luz que aparece en medio de la oscuridad. Y el relato del Evangelio según san Mateo, nos muestra a Jesús, desde su nacimiento como esta luz que alcanza también a hombres lejanos. En realidad, este hecho es solo el anuncio de lo que ocurrirá después de Pentecostés, cuando la Iglesia empiece a extender la luz de Cristo a todos los hombres. Pero ya en este momento de su infancia, atrayendo hacia sí a los Magos, muestra que él es la luz que trae el conocimiento de Dios, que nos revela el misterio de Dios y así también el misterio de nuestro propio corazón: que está hecho para Dios.
Quiero llamar vuestra atención sobre un detalle. Es tan importante para san Mateo esta epifanía, que en su relato pasa casi de puntillas sobre el nacimiento y va directamente a contarnos la historia de los sabios de Oriente. Buscad en vuestra casa, si queréis, el fin del capítulo primero y el inicio del capítulo segundo de Mateo. Todo lo que dice del nacimiento de Jesús es esto: «María dio a luz un hijo al que puso por nombre Jesús». Enseguida introduce la narración de los Magos así: «Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes, he aquí («idou») que unos magos…», etc. En las traducciones no solemos percibir esta forma que tiene Mateo de poner el foco en los Magos y de subrayar la importancia de lo que se dispone a contar: «nacido Jesús, […] he aquí que…».
San Mateo, un narrador cuidadoso, está también muy interesado en mostrar a Jesús como el verdadero heredero de David, es decir, como el Mesías Rey. Jesús se manifiesta como el verdadero rey justamente «en tiempos del rey Herodes» y los Magos se presentan en Jerusalén preguntando a Herodes: «¿dónde está el rey de los judíos que ha nacido?». La contraposición no puede ser más clara. Además, Herodes era un usurpador del trono de David, ni siquiera era judío, era un idumeo que había medrado hasta conseguir del Senado romano el título de rey y, luego, la ratificación de Augusto. Un paso más: el verdadero rey se manifiesta en la pura indefensión de su infancia, y culminará su revelación como Rey, de nuevo, en la pura indefensión de la cruz. San Mateo subraya la relación entre estas dos manifestaciones de la realeza de Jesús, usando en estos dos momentos la expresión «el rey de los judíos». La dicen aquí los magos y solo volverá a aparecer en la pasión, cuando los soldados golpean a Jesús y con burla le dicen: «Salve, rey de los judíos. ¡Adivina quién te ha pegado!»; y cuando Pilatos hace poner sobre la cruz la inscripción: «Este es el Rey de los judíos». El evangelista nos dice así que el verdadero rey es el que se ha hecho niño indefenso, el que llevará sobre sí el pecado de todos y entregará su vida por la salvación de todos; Así Jesús es la manifestación de Dios, el que nos dice quién es Dios: un misterio de amor.
La realeza del Niño está en relación con la estrella. Ya hemos escuchado que Isaías hablaba de una estrella, una luz, que surgía, que se levantaba sobre Jerusalén. El mundo oriental identificaba a los reyes con las estrellas y con un origen divino. Y justamente un oriental, Balaam, en un tiempo anterior a Isaías, había tenido una visión profética: una estrella que se levantaba de Israel, un trono, un rey que destrozaría a sus enemigos (Cf.: Num 24,17). Balaam no era un profeta judío, sino un sabio oriental, como después los Magos del Evangelio. La profecía de Balaam quedó recogida en la Biblia, pero también en otros escritos no judíos. Y en los tiempos inmediatamente anteriores a Cristo, había escritos judíos (literatura intertestamentaria) y otros escritos orientales que hablaban de esa profecía. Por eso es fácil suponer que los sabios de Oriente, quizá de Mesopotamia, conociesen la profecía de Balaam. El caso es que, cuando llegan a Jerusalén y preguntan por el «rey de los judíos que ha nacido», como señal de que no están locos, dicen: «hemos visto salir su estrella». Literalmente el texto dice: «hemos visto el levantarse de su estrella». La estrella nos señala al Mesías Rey esperado; nos lo identifica con la luz, como el bien; y nos dice que es para todos, también para el que viene de lejos, para el que cree que Dios está lejos de él, por el motivo que sea. Balaam, un pagano, había profetizado esta estrella, y otros paganos la reconocen. No solo la reconocen —¡y aquí viene la grandeza espiritual y moral de los Magos!—, también se percatan de que tiene que ver con ellos, con su búsqueda de la verdad, con el misterio que habita el corazón de todo hombre, judío o no, lejano o cercano. Y se sienten en la obligación de emprender el viaje, indagar, buscar y, finalmente adorar.
No sé si os habéis dado cuenta de este otro detalle del relato: el camino de búsqueda de los Magos, por esforzado que sea ponerse en camino a un lugar desconocido, está marcado por la alegría. Después de salir de Jerusalén, vieron de nuevo la estrella, que comenzó a guiarlos hasta donde estaba el niño. Y san Mateo anota: «se llenaron de inmensa alegría». El bien, la luz, Dios que se hace hombre, su bondad, su humildad, se corresponde con el misterio de nuestra alma: con su deseo de conocer a Dios, de encontrarlo. De ahí nace la alegría del corazón. Por el contrario, san Mateo hace notar que cuando los Magos hablaron de la estrella y del nacimiento del Rey, Herodes, se estremeció —se sobresaltó— y toda Jerusalén con él. Lo mismo ocurrirá cuando Jesús entre en Jerusalén para padecer, «toda la ciudad se estremeció», dirá el mismo evangelista. Los que no buscan la verdad, se llenan de temor ante ella, se estremecen. Herodes se estremece y termina buscando al niño para matarlo; los habitantes de Jerusalén, se estremecen cuando entra Jesús aclamado como rey por sus discípulos, y terminarán gritando su condena: «Crucifícalo, crucifícalo».
Mateo contrapone los dos reyes: el falso y el verdadero, Herodes y Jesús; pero también pone frente a frente dos tipos de hombres: unos vienen de lejos, tienen que hacer un largo camino, no solo geográfico, sino espiritual y moral, pero buscan, identifican y adoran. Aman lo que aún no conocen bien y cuando lo encuentran lo adoran. Otros, que conocen las Escrituras, que son de casa, de la misma familia espiritual, podríamos decir, miran con frialdad, con desprecio, con temor, con crueldad. Se cumple trágicamente lo de san Juan: «Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron, pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios». Enseguida la voz de la conciencia llama a nuestra puerta, para interrogarnos, y preguntarnos: ¿dónde quieres estar tú? ¿Entre los que salen, buscan y adoran, o entre los otros?
Los Magos vienen de lejos, movidos por el deseo de la luz, del conocimiento de Dios. Por esta luz que se levanta en el cielo, reconocen a Dios en un niño frágil, que reclama el amor y el cuidado de María. Así reconocen que el Creador, el Dios del cielo y de la tierra, es humilde y solo reclama amor. Y su corazón se inclina hacia él, lo adoran. El hombre está hecho para adorar a Dios, que se ha inclinado hasta nosotros, hasta hacerse uno de nosotros. He aquí la alegría del corazón: el conocimiento del verdadero rostro de Dios y la cercanía de Dios: Jesús. Él es la alegría del corazón. ¡Adorémoslo! ¡Inclinemos nuestro corazón hacia él!
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía de la Epifanía, 6 de enero de 2026 en el Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares
EPIFANÍA Y ADORACIÓN
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- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Epifanía del Señor
Epifanía 2026
Se llenaron de inmensa alegría (Mt 2,10)
En este tiempo de Navidad centramos nuestra atención en el nacimiento mismo de Cristo y reflexionamos en torno a su significado, pero habitualmente pasamos por alto la importancia espiritual de esta fiesta de la Epifanía, de la manifestación divina: en Jesucristo Dios se manifiesta, se da a conocer. Isaías nos hace entender esta manifestación como una luz que aparece en medio de la oscuridad. Y el relato del Evangelio según san Mateo, nos muestra a Jesús, desde su nacimiento como esta luz que alcanza también a hombres lejanos. En realidad, este hecho es solo el anuncio de lo que ocurrirá después de Pentecostés, cuando la Iglesia empiece a extender la luz de Cristo a todos los hombres. Pero ya en este momento de su infancia, atrayendo hacia sí a los Magos, muestra que él es la luz que trae el conocimiento de Dios, que nos revela el misterio de Dios y así también el misterio de nuestro propio corazón: que está hecho para Dios.
Quiero llamar vuestra atención sobre un detalle. Es tan importante para san Mateo esta epifanía, que en su relato pasa casi de puntillas sobre el nacimiento y va directamente a contarnos la historia de los sabios de Oriente. Buscad en vuestra casa, si queréis, el fin del capítulo primero y el inicio del capítulo segundo de Mateo. Todo lo que dice del nacimiento de Jesús es esto: «María dio a luz un hijo al que puso por nombre Jesús». Enseguida introduce la narración de los Magos así: «Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes, he aquí («idou») que unos magos…», etc. En las traducciones no solemos percibir esta forma que tiene Mateo de poner el foco en los Magos y de subrayar la importancia de lo que se dispone a contar: «nacido Jesús, […] he aquí que…».
San Mateo, un narrador cuidadoso, está también muy interesado en mostrar a Jesús como el verdadero heredero de David, es decir, como el Mesías Rey. Jesús se manifiesta como el verdadero rey justamente «en tiempos del rey Herodes» y los Magos se presentan en Jerusalén preguntando a Herodes: «¿dónde está el rey de los judíos que ha nacido?». La contraposición no puede ser más clara. Además, Herodes era un usurpador del trono de David, ni siquiera era judío, era un idumeo que había medrado hasta conseguir del Senado romano el título de rey y, luego, la ratificación de Augusto. Un paso más: el verdadero rey se manifiesta en la pura indefensión de su infancia, y culminará su revelación como Rey, de nuevo, en la pura indefensión de la cruz. San Mateo subraya la relación entre estas dos manifestaciones de la realeza de Jesús, usando en estos dos momentos la expresión «el rey de los judíos». La dicen aquí los magos y solo volverá a aparecer en la pasión, cuando los soldados golpean a Jesús y con burla le dicen: «Salve, rey de los judíos. ¡Adivina quién te ha pegado!»; y cuando Pilatos hace poner sobre la cruz la inscripción: «Este es el Rey de los judíos». El evangelista nos dice así que el verdadero rey es el que se ha hecho niño indefenso, el que llevará sobre sí el pecado de todos y entregará su vida por la salvación de todos; Así Jesús es la manifestación de Dios, el que nos dice quién es Dios: un misterio de amor.
La realeza del Niño está en relación con la estrella. Ya hemos escuchado que Isaías hablaba de una estrella, una luz, que surgía, que se levantaba sobre Jerusalén. El mundo oriental identificaba a los reyes con las estrellas y con un origen divino. Y justamente un oriental, Balaam, en un tiempo anterior a Isaías, había tenido una visión profética: una estrella que se levantaba de Israel, un trono, un rey que destrozaría a sus enemigos (Cf.: Num 24,17). Balaam no era un profeta judío, sino un sabio oriental, como después los Magos del Evangelio. La profecía de Balaam quedó recogida en la Biblia, pero también en otros escritos no judíos. Y en los tiempos inmediatamente anteriores a Cristo, había escritos judíos (literatura intertestamentaria) y otros escritos orientales que hablaban de esa profecía. Por eso es fácil suponer que los sabios de Oriente, quizá de Mesopotamia, conociesen la profecía de Balaam. El caso es que, cuando llegan a Jerusalén y preguntan por el «rey de los judíos que ha nacido», como señal de que no están locos, dicen: «hemos visto salir su estrella». Literalmente el texto dice: «hemos visto el levantarse de su estrella». La estrella nos señala al Mesías Rey esperado; nos lo identifica con la luz, como el bien; y nos dice que es para todos, también para el que viene de lejos, para el que cree que Dios está lejos de él, por el motivo que sea. Balaam, un pagano, había profetizado esta estrella, y otros paganos la reconocen. No solo la reconocen —¡y aquí viene la grandeza espiritual y moral de los Magos!—, también se percatan de que tiene que ver con ellos, con su búsqueda de la verdad, con el misterio que habita el corazón de todo hombre, judío o no, lejano o cercano. Y se sienten en la obligación de emprender el viaje, indagar, buscar y, finalmente adorar.
No sé si os habéis dado cuenta de este otro detalle del relato: el camino de búsqueda de los Magos, por esforzado que sea ponerse en camino a un lugar desconocido, está marcado por la alegría. Después de salir de Jerusalén, vieron de nuevo la estrella, que comenzó a guiarlos hasta donde estaba el niño. Y san Mateo anota: «se llenaron de inmensa alegría». El bien, la luz, Dios que se hace hombre, su bondad, su humildad, se corresponde con el misterio de nuestra alma: con su deseo de conocer a Dios, de encontrarlo. De ahí nace la alegría del corazón. Por el contrario, san Mateo hace notar que cuando los Magos hablaron de la estrella y del nacimiento del Rey, Herodes, se estremeció —se sobresaltó— y toda Jerusalén con él. Lo mismo ocurrirá cuando Jesús entre en Jerusalén para padecer, «toda la ciudad se estremeció», dirá el mismo evangelista. Los que no buscan la verdad, se llenan de temor ante ella, se estremecen. Herodes se estremece y termina buscando al niño para matarlo; los habitantes de Jerusalén, se estremecen cuando entra Jesús aclamado como rey por sus discípulos, y terminarán gritando su condena: «Crucifícalo, crucifícalo».
Mateo contrapone los dos reyes: el falso y el verdadero, Herodes y Jesús; pero también pone frente a frente dos tipos de hombres: unos vienen de lejos, tienen que hacer un largo camino, no solo geográfico, sino espiritual y moral, pero buscan, identifican y adoran. Aman lo que aún no conocen bien y cuando lo encuentran lo adoran. Otros, que conocen las Escrituras, que son de casa, de la misma familia espiritual, podríamos decir, miran con frialdad, con desprecio, con temor, con crueldad. Se cumple trágicamente lo de san Juan: «Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron, pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios». Enseguida la voz de la conciencia llama a nuestra puerta, para interrogarnos, y preguntarnos: ¿dónde quieres estar tú? ¿Entre los que salen, buscan y adoran, o entre los otros?
Los Magos vienen de lejos, movidos por el deseo de la luz, del conocimiento de Dios. Por esta luz que se levanta en el cielo, reconocen a Dios en un niño frágil, que reclama el amor y el cuidado de María. Así reconocen que el Creador, el Dios del cielo y de la tierra, es humilde y solo reclama amor. Y su corazón se inclina hacia él, lo adoran. El hombre está hecho para adorar a Dios, que se ha inclinado hasta nosotros, hasta hacerse uno de nosotros. He aquí la alegría del corazón: el conocimiento del verdadero rostro de Dios y la cercanía de Dios: Jesús. Él es la alegría del corazón. ¡Adorémoslo! ¡Inclinemos nuestro corazón hacia él!
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía de la Epifanía, 6 de enero de 2026 en el Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares