«Os habéis convertido al pastor y guardián de vuestras almas» (1 Pe 2,25)
Queridos todos:
La imagen del pastor, del buen pastor, es la imagen más antigua con que los cristianos representaron a Jesús. Antes de que se hiciese común representarlo en la cruz, los primeros cristianos lo pintaron y lo esculpieron como un pastor que amorosamente lleva sobre sus hombros una oveja.
El que había muerto por ellos en la cruz, el que había resucitado y vivía, era el buen pastor que les conducía hacia Dios, en medio de las dificultades de la vida, en medio de las persecuciones y de la misma muerte, que muchos tenían que afrontar por Cristo. Para nosotros es igual: Cristo es el buen pastor que ha corrido tras nosotros hasta alcanzarnos, porque no soporta ni nuestra ausencia ni nuestra perdición. Haciendo suyas nuestra naturaleza y nuestras culpas, se ha adelantado y se ha ofrecido en la cruz, mostrándonos la belleza de un amor inimaginable. Y venciendo la muerte, corre por delante de nosotros hasta Dios para hacer del seno de Dios nuestra morada. Y ahora que desde el cielo con los lazos de su amor tira de nuestro corazón para tienda hacia él, no deja ni un solo día de buscarnos con su palabra, que nos corrige y nos anima; no deja de amarnos en la eucaristía, actualizando su amor en la cruz, alimentándonos de él y uniéndonos a él; no deja de auxiliarnos con el sacerdocio, con el que gobierna, enseña y santifica a su grey. Palabra, Eucaristía y sacerdocio son los grandes instrumentos con los que el buen pastor, Jesús, nos conduce.
Dos motivos tenían los primeros cristianos para representar a Cristo con la imagen del buen pastor. El primero era que el mismo Jesús había dicho que él es buen pastor; hemos escuchado hoy un fragmento de esas palabras suyas. El segundo motivo vino después, cuando reconocieron en Jesús, muerto en la cruz y resucitado, la correspondencia perfecta a esas palabras que habían escuchado antes de la pasión. Al ver resucitado al que había muerto de amor en la cruz, los apóstoles entendieron las palabras de Jesús. Él es realmente el buen pastor.
Había dicho: «El que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido». Los falsos y malos pastores se acercan con engaño y violencia. Quieren saltar la valla o forzar la puerta. Cristo, sin embargo, se acerca a nosotros con la franqueza de su amor abiertamente declarado en la cruz. Amor desnudo, nada más que amor, con ese amor llama a la puerta de nuestra libertad y espera nuestra respuesta libre. Cristo viene y se da, viene y ama, ama y espera. Y hace ovejas suyas a las que abren la puerta a su amor. Eso es entrar por la puerta. «El que entra por la puerta es pastor de las ovejas». Solo él se ha acercado a nosotros con un amor así, por eso solo él es el buen pastor. No hay otro. Él asociará a algunos hombres a ese oficio. A Pedro le dirá por tres veces: «Apacienta mis ovejas». Pedro, y los demás apóstoles, y sus sucesores, los obispos, y los colaboradores de los obispos, los sacerdotes, hemos sido llamados a pastorear sus ovejas, ovejas de Cristo, que no nuestras. Pero no se multiplican los pastores, porque él sigue siendo el único pastor. Los demás debemos pasar por la puerta que él ha abierto, la de la cruz: primero, para ir tras él y alcanzar con el resto de los cristianos la salvación; segundo, para asociarnos a él y hacer que él llegue a todos a través de la entrega de nuestras personas. San Agustín decía a los cristianos de Hipona, donde era obispo: «con vosotros soy cristiano; para vosotros, obispo». El sacerdote hace presente en su persona a Cristo. Y así Cristo sigue siendo el verdadero y único pastor.
Y los que le abren el alma, esos son sus ovejas; ellas «atienden su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas». El texto griego subraya, más que la traducción, ese «sus ovejas»: «sus propias ovejas», a las que escuchan la llamada de su amor. Porque él no violenta ni engaña. Porque no hay amor sin libertad. Sus ovejas lo siguen «porque conocen su voz». El amor extremo y desnudo con el que Cristo crucificado nos llama, es una voz que reconocemos. Nuestra alma estaba grabada desde el seno materno con la llamada y el deseo de un amor así, y ahora, asombrada, lo reconoce, se alegra y lo sigue. Casi instintivamente, como un bebé reconoce el pecho de su madre y busca allí su alimento, así nuestra alma reconoce en el amor de Cristo, aquel para quien ha sido creada, y va detrás de él. Como dice el Cantar de los Cantares: «He encontrado el amor de mi alma, lo he abrazado y no lo dejaré jamás».
A esas ovejas las llama «por su nombre». El amor con el que Cristo nos ama no es un amor universal que luego se hace particular, no un amor dado a un conjunto, que luego se personaliza, sino un amor dado desde el principio uno a uno: a Lázaro, a Juan, a Pedro, a Andrés… a san Agustín, a san Felipe, hasta alcanzar a todos los suyos, hasta alcanzarte a ti. Insisto: no es un amor a todos, que luego se hacer particular; sino un amor particular que va abrazando uno a uno, hasta alcanzar a todos. El amor de Cristo por mí es absolutamente mío, original: me ha amado con un amor único y exclusivo. Tú eres único para Cristo, no una repetición de otro. Así amó a su Madre, a la Magdalena, a Marta, a santa Teresa, a santa Mónica, y a ti.
Llama a sus ovejas por su nombre «y las saca fuera». En otro lugar les dice Jesús a los apóstoles: «Yo os he escogido, sacándoos del mundo». ¿Qué es sacarlas fuera?, ¿qué es sacarlas de este mundo? En este mundo todo amor es pequeño y muere. Aunque sea verdadero, no lo es tanto como para saciar nuestra alma, y, además, muere. Se marchitan las ilusiones, y lo que parecen grandes logros, con el tiempo, se derrumba. «¡Vanidad de vanidades! Todo es vanidad y caza de viento». Todo, el universo entero, es pobre, pequeño e insuficiente para el alma humana, no porque el universo sea feo o malo, sino porque el alma es aún más grande. Peor aún: este mundo está herido por el pecado y experimentamos constantemente su crueldad y su opresión. La injusticia, la mentira, la deslealtad, la infidelidad, la ingratitud, la guerra… el pecado nos cerca y nos oprime. También dentro de nosotros mismos: se mueve la avaricia, que nos hace cansados los días; la triste envidia, la pegajosa lujuria. Todo eso es lo que encontramos en este mundo, y oprime el alma. De él nos saca Cristo. Ha roto con su resurrección los límites del mundo para introducirnos en el océano infinito del amor de Dios. La cruz es una herida en la miseria de este mundo. Con ella Cristo ha plantado en medio del mundo un amor verdadero, eterno, inmortal y perfecto; con ella, resucitando, ha abierto el cielo, ha roto todas las barreras y ha dejado atrás todas la estrecheces físicas, morales, espirituales, para entrar con los suyos en el océano infinito y luminoso del amor divino.
Jesús es el Buen Pastor que nos conduce más allá de todo lo que el hombre puede imaginar, pensar o desear. Nos conduce hacia el mismo Dios. Entender que Jesús es el Buen Pastor es también entender que nuestra vida depende de él. Que nuestro camino y nuestro destino están determinados por el buen pastor, no por nosotros. Eso es lo que entiende el apóstol Pedro, y les dice a los cristianos: «andabais errantes», cada uno por donde podía o por donde quería, «pero ahora os habéis convertido al pastor y guardián de vuestras almas», os habéis puesto tras él, bajo su guía y su protección. Los males de muchos cristianos, su estancamiento en el camino de la fe, en la vida espiritual, en el ejercicio de la caridad, nacen de este no dejar de gobernarse a sí mismos, de no dejar que Cristo los gobierne. En una ocasión san John H. Newman escribió: «Quise elegir y controlar mi propio camino, pero ahora, ¡guíame Tú!». Entregarse en manos de Cristo, rendirse a su amor, abrir el alma a un horizonte que antes no habíamos atisbado, el de la eternidad y la santidad de Dios, eso es el principio de nuestra vida como cristianos. Termino con un fragmento un poco más amplio de las palabras de Newman:
«Guíame, Luz Amable, en medio de la envolvente tiniebla, ¡guíame Tú! La noche es oscura y estoy lejos de casa, ¡guíame Tú! Guarda Tú mis pasos; no pido ver el lejano horizonte, un paso más me basta. Antes yo no era así, jamás pensé que Tú debieras guiarme. Amé elegir y controlarmi propio camino, pero ahora, ¡guíame Tú!»
¡El día del Señor, Dies Domini, Domingo! Este es el nombre que recibió el día en el que Jesús resucitó. Los apóstoles, hebreos, tenían como día sagrado el sábado, el sabat. En su mentalidad judía no cabía cambiar ese día sagrado. Solo un hecho incontestable, con el que se dieron de bruces, una acción de Dios más grande que la misma creación del cielo y de la tierra, más grande que la liberación de Egipto, hizo que dejasen a un lado el sabat, para afirmar este día como día sagrado. Ese hecho incontestable fue la resurrección de Jesús. El domingo grita al mundo que Cristo ha resucitado, y el mundo quiere acallarlo, haciendo que lo vivamos como cualquier otro día. También Pedro lo grita ante los judíos: «Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras. A Jesús el Nazareno, […] entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó».
Cuando los cristianos celebramos el Domingo anunciamos que Cristo ha resucitado. Cuando dejamos de trabajar para dedicar este día a Dios, les decimos a los hombres que hay un amor eterno que nos hace eternos, el amor de Cristo, porque ha resucitado. Este es el hecho que nos convoca: más grande que la creación del cielo y de la tierra, la más grande de las maravillas obradas por Dios.
El evangelio, hoy de san Lucas, nos lleva de nuevo al primer domingo, a la mañana de la resurrección, y dirige nuestra mirada a dos discípulos de los que apenas sabemos nada.
Llama la atención que no reconociesen a Jesús cuando se acercó a ellos. No fue cosa de un instante: se acercó, caminó con ellos, habló durante un largo trecho, les enseñó que lo ocurrido con Jesús era lo que mucho antes habían anunciado la Escritura. ¡Y aún así no lo reconocieron! Hay otros casos similares: María Magdalena, por ejemplo, que confunde al resucitado con el hortelano. Pero Cristo resucitó con su cuerpo, con su entera humanidad, alma y cuerpo. Entonces, ¿por qué no lo reconocen? Lo que ocurre es que Jesús, a voluntad, se deja reconocer o lo impide. Su cuerpo ha vencido la muerte, y ha vencido también los límites que impone al cuerpo esta primera creación en la que vivimos: entra en una sala sin necesidad de abrir las puertas, aunque su cuerpo es verdadero; y de la misma forma se adentra en el alma de sus fieles, para habitar en ellos. Nosotros escuchamos su palabra y en su palabra se nos da, pero no podemos adueñarnos de él. Siempre es posible que escuchemos sus palabras, pero no a Él; que memoricemos y estudiemos sus palabras, pero que él se nos escape. Por el contario, es también posible que otros, que guardan sus palabras con humildad, sean agraciados por su presencia íntima y por el conocimiento que solo la cercanía íntima da. Igual cuando nos acercamos a le Eucaristía: comulgamos su cuerpo, pero no nos convertimos en sus dueños; y él, interiormente, se comunica a quien quiere. Desde la resurrección, su cuerpo glorioso y su alma no están limitados por las leyes que condicionan nuestra humanidad.
Esto nos lleva a considerar cómo es la presencia de Cristo resucitado entre nosotros. Caminaba Cristo con los de Emaús, como caminan, dialogan y comparten sus pensamientos los amigos, aunque ellos no se percataban. Cristo resucitado camina con nosotros, muchas veces sin que nos demos cuenta. De las palabras de los dos de Emaús se deduce que habían perdido la esperanza. ¡Y la falta de esperanza es un pecado! Un pecado que no fue capaz de mantener lejos a Cristo de los suyos. Aunque habían perdido la esperanza, lo cierto es que volvían hablando de Jesús: mantenían el amor por él. Era un amor pobre, insuficiente para conocer de verdad a su maestro. Pero iban hablando de él, aún lo amaban. Eso le bastó al Resucitado para entablar conversación y acompañarlos recorriendo la Escritura: «comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras». ¡Qué importante mantener la memoria de Cristo en el alma! ¡Y qué importante recorrer la Escritura para conocer el rostro de Cristo! Por eso la Iglesia incluye la escucha de la Palabra de Dios y su explicación en la celebración de los sacramentos. No para que los sacerdotes, sin preparar la homilía, salgan del paso como puedan; ni para que los fieles no hagan lo posible para escuchar y que los otros también puedan escuchar: con su silencio, con su postura, con el cuidado de los niños, con su atención. El caso es que basta mantener la memoria de Cristo, un mínimo amor a él, para que él se acerque, camine y dialogue con nosotros. En ese diálogo, él nos abre el corazón. Abrió el de los dos discípulos de Emaús y le invitaron a entrar en su casa para pasar la noche. Y él, sin que ellos supieran aún que se trataba de su maestro, «entró para quedarse con ellos». Hay aquí una verdad muchas veces confirmada en el Evangelio: ¡que él quiere quedarse con nosotros! Como cuando les dice a los suyos antes de ascender al cielo: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Estas palabras las recoge san Mateo y suenan como más institucionales, pero las que hemos escuchado en el evangelio de hoy suenan como palabras que hablan de los amigos: «entró para quedarse con ellos».
Aquí viene el momento culminante. Puestos a la mesa, quiso que lo reconocieran. Es el momento en el que él consagró y partió el pan: «Se les abrieron los ojos y lo reconocieron». Cuando, más adelante, los dos de Emaús cuenten lo que les ha ocurrido, hablarán justo de este momento: «Se pusieron a contar lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan». La narración subraya la importancia de este momento. Pero, cuando lo reconocieron, él desapareció de su vista. Vuelvo a leer: «Se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su vista». Atención, porque no dice: «se fue»; sino: «desapareció de su vista». Desapareció de la vista, ¡permaneció en la Eucaristía! Permaneció, porque había entrado para quedarse con ellos. Esta es la presencia y la compañía de Cristo resucitado: la Eucaristía. No es sensible, pero sí real, presencia sustancial. Os lo dije el domingo pasado: la Pascua es la fiesta del Resucitado, y así de la Eucaristía, y así también de la Iglesia. Porque donde está la Iglesia, está la Eucaristía, está Cristo vivo, presente, en cuerpo y alma, aunque no sea visible. Quiere quedarse con nosotros: no solo caminando al lado, quiere más, habitar nuestra alma: «entró para quedarse con ellos». Los dos de Emaús, que se alejaban de la comunión práctica y real de los Apóstoles y de sus hermanos, vuelven a ellos enseguida, aunque es de noche. —En la pascua todo el mundo corre—. Vuelven donde sus hermanos, donde los apóstoles, donde Pedro, y reciben la confirmación de los hechos: «Es verdad, ha resucitado y se ha aparecido a Simón —Simón Pedro—».
Domingo, Resurrección, Escritura, Eucaristía, comunión con la Iglesia, con los Apóstoles, con Pedro. He aquí los elementos de la vida de los cristianos, que esperan el Domingo sin ocaso. Mientras tanto, el Crucificado que vive, el que nos ama, cumple su promesa: se queda con nosotros.
En la mañana de Pascua, el Evangelio nos mostraba la tumba vacía. El alma de Cristo «descendió a los infiernos», pero el infierno no pudo retener un alma humana habitada por Dios. Su cuerpo había sido dejado en la tumba fría, pero tampoco la corrupción pudo hacer suyo el cuerpo que ya Dios había hecho suyo para siempre. La tumba vacía fue el primer signo que llamaba a la fe y al amor de Pedro y Juan. Y el amor de Juan, guiado por la fe de Pedro, creyó: «vio y creyó». Así concluía el relato de la tumba vacía que escuchábamos el domingo pasado. Hoy no se nos pone ante la tumba vacía, sino ante el mismo Cristo, que resucitado, se muestra a los apóstoles. En dos momentos: en la tarde del primer día de la resurrección; y ocho días después, tal día como hoy, cuando Tomás tocó las llagas de Cristo.
Quiero empezar recordando algunas cosas básicas de nuestra fe.
No hablamos de la resurrección como un símbolo, sino como una realidad que atañe a la persona de Jesús. Ante los ojos atónitos de los apóstoles, Jesús «les enseñó las manos y el costado», como diciendo —entre otras cosas—: «soy el mismo que visteis en la cruz». Nuestro Señor, el que nos amó, el que murió en la cruz, el que tuvo sus pies clavados, el que murió desangrado en la cruz, es el que resucitó. «Resucitó de veras mi amor y mi esperanza». No creemos en la victoria de un ideal, de una ilusión, de una moral, de una causa… Creemos en la victoria de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios. Solo eso nos llena de alegría, como los apóstoles, también ellos se llenaron de alegría al darse cuenta de que era realmente él.
Cristo es una sola persona, el Hijo de Dios, con dos naturalezas plenas y verdaderas, que no se confunden ni se separan: la divina y la humana. La resurrección de Cristo significa que la muerte no ha podido separar esta unidad de Dios y hombre en Cristo. Cristo resucitado sigue siendo Dios verdadero y hombre verdadero, sigue teniendo un alma humana y un cuerpo humano, que ahora han llegado a su perfección, han sido divinizados. El Resucitado es el hombre pleno. Lo veremos mejor cuando celebremos la Ascensión del Señor, aunque una sola frase del Credo lo resume: «subió a los cielos».
Así llegamos a otro dato que nos ofrece el relato evangélico de hoy: que la humanidad de Cristo resucitado ya no está sometida a las limitaciones de la primera creación. Puede penetrar en el cenáculo sin abrir las puertas, puede estar aquí, realmente presente en la Eucaristía, mientras está realmente presente en el seno de Dios. Y puede penetrar en el santuario interior del alma de cada uno de nosotros. Cristo en nosotros y nosotros en él. La victoria de Cristo es también esta victoria sobre los límites del amor humano. Con su humanidad y su divinidad, Cristo rompe todos los límites… Él puede estar presente realmente en su Palabra, puede estar real y sustancialmente presente en el altar, puede penetrar y habitar realmente nuestra alma.
Ahora quiero llamar la atención de otro detalle sobre el que vuelvo cada año: el hecho de que en el cuerpo del resucitado permanezcan las llagas de su pasión. ¿Por qué este cuerpo glorioso mantiene esta memoria viva, quizá doliente, de la Pasión? La respuesta tiene que ver con la fiesta que el Papa Juan Pablo II quiso unir a este II Domingo de Pascua: la fiesta de la Divina Misericordia. Uno de los autores de la antigüedad cristiana, Orígenes, dijo que la resurrección había hecho que el sacrificio de Cristo por los hombres, permaneciese eternamente. ¡Qué verdad más grande supo ver este autor! La resurrección de Cristo significa que nada de su humanidad queda sepultado por la muerte ni por el tiempo. Todo lo que él es, todo lo que dijo y todo lo que él hizo, es realmente eterno y vivo. ¿Qué es la Eucaristía sino la actualización entre nosotros del sacrificio que una vez ofreció Cristo en la cruz? No es su recuerdo, como si ahora no fuese real; ni tampoco es su repetición, como si el único sacrifico de la cruz no tuviese el valor suficiente para redimir a todos los hombres de todos los tiempos. Es su actualización: se hace actual entre nosotros lo que una vez ocurrió y ahora es presente y vivo en la eternidad de Dios. Por la resurrección, permanece el día de la reconciliación, permanece su sacrificio por nosotros, permanece ese acto de amor que ni los hombres ni los ángeles habrían podido nunca imaginar, y del que dice san Juan: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Este amor se manifiesta como amor misericordioso: se entrega a los miserables, entra en ellos, y por la fuerza misma del amor, los redime, los recrea por dentro, los hace criaturas nuevas. La misericordia de Dios llega a nosotros por la resurrección.
El evangelio de hoy está lleno de detalles en los que se nos muestra esta voluntad de Cristo de hacer que su misericordia llegue y salve a todos. El primero de esos detalles es el saludo: «La paz con vosotros». Viene de la muerte sufrida por el pecado, pero anuncia la paz de Dios: la deuda del pecado ha sido pagada, Dios ha puesto paz entre él y el hombre: «Paz a vosotros». Por dos veces Jesús reitera ese saludo —desde ese momento es el saludo de los obispos en la liturgia—. Y con el segundo saludo, como efusión de esa paz que ha de llegar a todos, añade: «Como el Padre me ha enviado, así os envío yo». Y he aquí que los apóstoles, con toda su pobreza, reciben la capacitación y el mandato de reconciliar a los hombres con Dios, es decir, de perdonar los pecados. El sacerdocio es instituido para llevar el perdón a cada hombre. El sacerdocio no es un título humano, sino una participación, primero de la intimidad, y por eso también del poder que solo Cristo tiene de salvar al hombre del pecado. Mirad lo que ha dicho el Señor a los apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». El don del Espíritu Santo está vinculado a la resurrección de Cristo, lo veremos con el paso de los domingos hasta Pentecostés. Pero ya aquí Cristo da de su Espíritu a los apóstoles. Y el Espíritu es su vida más íntima, su vida de unión con el Padre; y dándoles parte en esta intimidad les hace capaces de dar su perdón; o de no darlo, si el hombre no tiene las disposiciones necesarias.
Hablar del resucitado, de la misericordia y del sacerdocio de los apóstoles nos lleva a otro detalle. Las dos apariciones que nos narra san Juan son apariciones a los apóstoles que permanecen juntos. Sí, como siempre con sus miserias, aquí con miedo, pero se mantienen juntos. ¡No os equivoquéis! No existe vida cristiana fuera de la comunión apostólica. Y esta comunión no es una cosa de ideas, sino de vida real común, con miserias incluidas. Tomás, que no está con todos en el primer momento, debe reunirse con ellos para poder ser también beneficiario de los dones de la resurrección. Y esto ocurre el primer día de la semana, que para los cristianos se convirtió en el «día del Señor», «dies Domini», el Domingo, el día de la Eucaristía y día de la Iglesia.
Con la resurrección de Cristo, con los Apóstoles constituidos como ministros y sacerdotes de la misericordia divina, con la vida común, el domingo y la Eucaristía, se establece la Iglesia, como una comunión que es comunión con Dios, que permite que la vida de Dios corra por nosotros, como una nueva sangre por nuestras venas. Mirad la noticia que nos daba el libro de los Hechos de los Apóstoles: «Los hermanos —¡los llama ya hermanos!— perseveraban en la enseñanza de los apóstoles —la fe apostólica—, en la comunión —la vida común—, en la fracción del pan —la Eucaristía— y en las oraciones». Así empezó a extenderse el don del perdón, añadiendo uno a uno nuevos miembros a la vida común: «Día tras día, el Señor iba agregandoa los que se iban salvando».
Así es como la misericordia de Dios llega a nosotros. Busquémosla pidiendo perdón por nuestros pecados en el sacramento de la penitencia. Perseveremos en la fe recibida de los apóstoles, en la vida y la oración común, en la Eucaristía: Cristo en nosotros y nosotros en él.