Las aguas no podrán apagar el amor, ni anegarlo los ríos. (Ct 8,7)
No sé si es posible escuchar la Pasión sin experimentar un profundo dolor, una profunda gratitud, y un profundo amor, y fe, y esperanza. Todas esas cosas juntas. Un profundo dolor porque no es posible no padecer con Cristo que padece, que padece porque yo he pecado. Una profunda gratitud, porque ¿cómo no experimentar agradecimiento a quien nos ama hasta estos extremos? Un profundo amor humano, porque «el amor saca amor». Pero el amor de Cristo tiene algo propio, que no tiene ningún otro: muere sin morir, llega hasta la entrega de la muerte, pero no muere; y así, como un amor vivo, llega a nosotros y pone en nosotros una corriente de amor que tiende a él. Este amor que Cristo hace brotar en nosotros es nuestro, pero es más suyo que nuestro; es humano, pero no es meramente humano, porque su fuente y su fin es su amor eterno. Este es el principio de las virtudes teologales, que, inseparables, vienen siempre de la mano: la fe, la esperanza y la caridad. Las tres nacen en nosotros cuando reciben este amor que muere sin morir, que hiere nuestra alma y nos hace desearlo a él, buscarlo a él y esperar en él. La cruz es un seísmo cuando llega al alma: la llena de dolor y, a la vez, de gratitud; la rompe, y la pone en movimiento hacia él.
Ante la Pasión, que acabamos de oír, ante la cruz que en un momento se levantará ante nuestros ojos, es como si todo a nuestro alrededor se oscureciese, y como si en medio de esta oscuridad se abriese una brecha por la que entra una luz nueva. Quiero explicar esto a partir de una experiencia que muchos habréis vivido. Imagino que la mayoría, al menos los más mayores, habrá sufrido la muerte de alguien cercano y querido. Personalmente he tenido que vivir la muerte, hace poco, de un viejo amigo; años atrás, la de quien fue mi confesor y director espiritual; pero, sobre todo, recuerdo la muerte de mi padre. Y junto al dolor, recuerdo la extraña sensación de que todo se oscurecía: como si todo perdiese su color, su luz, su valor. A tu alrededor la gente sigue agobiada y triste, o alegre e ilusionada con sus cosas. Unos disfrutan de la vida y del sol, y otros sienten el peso del trabajo. Pero para ti, que has perdido un padre, todo eso que gira en torno parece irreal: «¡Vanidad de vanidades! ¡Todo vanidad!» (Qo 1,2). Todo vacío, como un sueño que se disipa al despertar, como un velo que cae… y todo es oscuridad. Y junto a este sentimiento, otro: el venir a la mente y permanecer allí el recuerdo de Jesús, y el venir su nombre a los labios; como si él, y solo él, fuese real, como si solo él tuviese luz y consistencia. En medio de la oscuridad, él, luz. En medio del vacío, él, real, vivo, presente.
Traigamos esta experiencia común a la Pasión que acabamos de escuchar. ¿Es posible escuchar cómo es traicionado, cómo es juzgado, cómo es traído y llevado, cómo es crucificado, cómo muere, cómo es puesto en la tumba fría, sin que todo en torno a nosotros se oscurezca? ¿Sin que todo pierda su luz, su calor, su consistencia, su brillo, su atractivo? Para quien alguna vez ha experimentado que la palabra de Cristo iluminaba las profundidades de su alma, para quien alguna vez se ha sabido perdonado y amado por él, para quien se ha percatado de ese poder único suyo que es tocar y habitar el centro del alma, que nadie más puede tocar ni habitar… Para ese, con la muerte de Cristo, todo se oscurece. Para el que le ama, aunque sea con un amor pobre, o en parte interesado; para el que le ama, aunque sea muchas veces con una mezcla de egoísmo y cobardía; para ese, ver cómo Cristo se eleva en la cruz es como si el sol se oscureciese en pleno día, y todo se hiciese nada y vacío. Y con ese dolor, la verdad: que el Hijo de Dios ha muerto por mis pecados, que ha muerto en mi lugar, que ha muerto para darme vida. ¡Dolor y verdad! ¡Dolor y la belleza inigualable de su amor! ¡Dolor y la grandeza infinita de su sacrificio! ¡Dolor y vida: la victoria de su amor!: «¡Las aguas no podrán apagar el amor, ni anegarlo los ríos»! (Ct 8,7) La muerte no podrá matar este amor, que permanecerá vivo para siempre.
Así que la oscuridad y el dolor dan pan paso a la fascinación de su amor, a la luz de su amor, que se convierte en juicio y medida de todas las cosas. «Todo lo que consideraba ganancia —dice san Pablo cuando la cruz de Cristo se le mete en el alma— todo lo que era para mí ganancia, ahora es pérdida a causa de Cristo. Más aún, considero que todo es basura en comparación con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor» (Flp 3,7-8). Igual que nosotros, san Pablo no vio a Cristo crucificado, pero cuando la cruz se le clavó en el alma, Cristo crucificado se convirtió en el alma de su alma, en el corazón de su corazón, y ya solo se gloriaba de conocerlo a él, «a Jesucristo, y este crucificado» (1 Cor 2,2). Y solo quería predicarlo a él: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles, pero para nosotros, los llamados, ya seamos judíos o griegos, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Cor 1,23-24). Una vez que el crucificado grabó su imagen en el alma de Pablo, el mundo entero murió para el Apóstol, solo vivía Cristo.
Más aún, consideraba que él mismo había muerto con Cristo en la cruz. Murió con Cristo y renació un hombre nuevo. Así entiende el bautismo, como una participación en la muerte y en la vida nueva de Cristo: «¿No sabéis —escribe a los romanos— que cuantos fuimos bautizados en Cristo, fuimos bautizados en su muerte? Por el bautismo —sigue diciendo— fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6,3-4). «Consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rm 6,11).
Jesús, tú eres lo único valioso, «tú eres mi bien. Los dioses y señores de la tierra no me satisfacen. Tú eres mi bien, el lote de mi heredad y mi copa» (Sal 15,2-3.5). En el dolor de la cruz, ¡tu amor! En la oscuridad de la cruz, ¡tu luz! Ninguna luz brilla tanto como la de esta madera oscura. ¡Dejad que esta luz entre en vuestra inteligencia, en vuestra voluntad, en vuestra memoria! ¡Dejad que esta luz penetre en vuestro corazón! En tu corazón esta luz alumbra una verdad escondida allí desde siempre, desde que viniste a este mundo, aunque quizá nunca hasta ahora fue iluminada: que tu corazón fue creado para este amor crucificado; que fue creado para él y lo anhelaba, sin saber muy bien que era este el objeto de su deseo. Tu corazón anhelaba este amor, aunque no lo conocía y quizá ha andado por la vida perdido y confundido. Pero ahora, delante de la cruz, delante de Jesús crucificado, reconoce para quién fuiste creado. Reconoce a quien te ama y entrégate a él.
Dile con san Juan de Ávila: «En la cruz me buscaste, me encontraste, me curaste, me libraste y me amaste, dando tu vida y sangre por mí... Pues en la cruz te quiero buscar y en ella quiero encontrarte. Y libre del amor a mí mismo, quiero responder al excesivo amor que en la cruz me tuviste; quiero responder, amándote yo y padeciendo por ti, como tú moriste de amor por mí»[1].
«Mira a tu Rey, que viene a ti, humilde» (Mt 21,5)
[Después del relato de la entrada de Jesús en Jerusalén]
Queridos hermanos:
Desde Betfagé, en la cumbre del Monte de los Olivos, muy cerca y al Oriente de Jerusalén, se divisaba la ciudad santa y el gran Templo. Desde allí Jesús protagoniza una peculiar entrada en la ciudad, rodeada de misterio para todos, menos para él.
Venía de lejos, peregrinando por etapas, con sus discípulos más cercanos, a los que se habían ido uniendo otros muchos. Al salir de Jericó, tras curar a un ciego, lo han aclamado como «hijo de David», heredero del trono de Judá, y creen que, al llegar a Jerusalén, Jesús será proclamado rey. Alfombran su camino con ramas y con sus propios mantos y cantan: ¡Hosanna al Hijo de David!, palabras de un salmo usado por los judíos para avivar su deseo de la venida del Mesías Rey, el hijo de David. Ahora lo reconocen presente en Jesús. Es él, no hay que esperar más: ¡Hosanna al Hijo de David! Lo aclamaban como rey, aunque desconocían el misterio que este rey escondía.
Los habitantes de Jerusalén se ven sorprendidos y desconcertados ante la comitiva y sus cantos: «Toda la ciudad se sobresaltó». La ciudad se inquieta: «¿Quién es este?», dicen. Conocían a Jesús. «¿Quién es este?» era como decir: «¿Quién se cree este?». Tampoco ellos conocían el misterio que escondía el rey que despreciaban con frialdad e indiferencia.
Luego está Jesús, que se muestra con pleno conocimiento de todo lo que va a ocurrir y con total dominio de la situación. Se reconoce y se muestra como rey avanzando hacia Jerusalén, aclamado por unos y despreciado por otros. Solamente él conoce cómo va a acabar todo, solo él es dueño de su destino, y avanza hacia él libremente. Esta es su realeza, un poder que le hace libre ante cualquier fuerza. Nadie puede forzarlo. Pero hay algo extraño: en su majestad aparece humilde. No viene en un soberbio caballo, sino en un asno aún joven, que necesita ser acompañado por su madre. «Hija de Sión: mira a tu Rey, que viene a ti, humilde, montado en un pollino». Es como si en torno a Jesús resonase la segunda bienaventuranza: «Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra». Un rey humilde que se entrega, se da, manso y humilde. No quiere imponerse por la fuerza, ni destruir a los injustos, ni aniquilar a los malvados que atentan contra su vida. Esta humildad es para nosotros más incomprensible que su omnipotencia. Con su libertad plena avanza para entregarse en un acto de amor total y definitivo, sin forzar a nadie, esperando con mansedumbre nuestra respuesta. ¡Este es el gran misterio que solo él conoce! Unos lo despreciarán, otros, con sus propias debilidades y miserias, lo acogerán, aunque les desconcierte la cruz. Y ante el misterio de este amor humilde y libre, el misterio de nuestras propias personas: ¿qué haré yo con este Jesús que se me entrega?
Ahora nos unimos a las voces de quienes lo aclamaban como rey. Ojalá también nuestro corazón quede desconcertado primero, lleno de agradecimiento después. Ojalá, con nuestros pequeños o grandes pecados, estemos entre los que, al fin, acogen a Cristo, que se entrega. «Mira a tu Rey, que viene a ti, humilde».
[Después de la lectura de la Pasión]
Queridos todos: La lectura solemne de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, nos introduce en el misterio del amor de Dios para con nosotros. ¡Amor salvífico! ¡Amor que nos salva! Tres cosas breves quisiera deciros.
La primera, tiene que ver con la entrega libre y humilde de Cristo, de la que ya os hablaba al principio. Aquí la palabra clave es «entrega». En uno de los momentos iniciales de la narración hemos escuchado que Jesús estaba a la mesa con sus discípulos y les dijo: «Uno de vosotros me va a entregar». Los discípulos se entristecen y le preguntan quién de ellos es. La respuesta de Jesús: me va a entregar «el que ha metido la mano conmigo en la fuente», es decir, uno de los que come conmigo, uno de los que comparte mi vida como amigo, uno de vosotros. Jesús ha evocado un viejo salmo que hablaba de la traición: «El que viene a verme habla con fingimiento, disimula su mala intención, y, cuando sale afuera, la dice. Mis adversarios se reúnen a murmurar contra mí, hacen cálculos siniestros […] Incluso mi amigo, en quien yo ponía mi confianza, que compartía mi pan, es el primero en traicionarme» (Sal 40, 7-10). Uno de vosotros me va a entregar. En estas palabras está toda la carga emotiva de Jesús. Entonces, Judas pregunta: «¿Soy yo, Rabbí?». Y Jesús responde: «Tú lo has dicho».
Hasta aquí parece que hubiese un plan del que Jesús no se pudiera salir. Parece que es Judas quien lo entrega y que Jesús no puede más que sufrir lo que otros ejecutan. Pero justo entonces, Jesús va a hacer algo que cambia el sentido de todo, algo con lo que afirma que él es quien se entrega, libre, a la dolorosa traición del amigo y a los planes homicidas de sus enemigos, a una muerte injusta y terrible. «Tomó el pan, lo partió, lo dio a sus discípulos y les dijo: “Tomad, comed: esto es mi cuerpo”» Está anticipando su muerte, está entregándose, está dándose en un acto de amor. Y sigue de la misma forma: «Tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo: “Bebed todos; porque esta es mi sangre de la alianza que será derramada por muchos para el perdón de los pecados”». Todo el poder de Cristo se manifiesta en estas palabras: es él quien se entrega en la cruz; anticipa esta entrega en el pan y el vino que convierte en su cuerpo y en su sangre; y lo da como alimento de salvación: «tomad, comed… bebed todos». Un acto de libertad soberana y también de entrega humilde: en un cuerpo que será roto en la cruz, en una sangre que se derramará como la sangre de un cordero llevado al matadero. A partir de la última cena, a partir de la Eucaristía, todo lo que Jesús sufre y padece, lo hace como quien se entrega libre y humilde. Y lo hace para nuestra salvación. Con sus propias palabras: «Para el perdón de los pecados». Que esta entrega suya es la de un verdadero rey, no la de un lunático, y que realmente es eficaz para la salvación eterna del hombre, se manifestará en el cumplimiento de la profecía de la resurrección que acompaña su entrega: «Os digo —y se dirige a los discípulos tras darles a beber del cáliz— que a partir de ahora ya no beberé del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre».
La segunda cosa que os quería decir es que esta entrega de Cristo no es una memoria del pasado, es presente y actual. ¿Dónde? En el altar. ¡Actual en el altar! ¿Sabéis por qué llamamos altar a la mesa, sobre el que pronunciamos las palabras de Cristo: «Esto es mi cuerpo […] Esta es mi sangre»? Porque el lugar donde se sacrificaban los animales para el culto sagrado, se llamaba así: altar. Su nombre en griego, thysiasterion (θυσιαστήριον), significa eso: lugar del sacrificio. El altar de una iglesia católica es el lugar del sacrificio de Cristo, es la cruz. En él Cristo se hace presente. El pan consagrado es el mismo cuerpo clavado salvajemente en la cruz, que sufre la sed, los desgarros y la asfixia. El vino consagrado es la misma sangre que brota de sus heridas, que se derrama y corre por su cuerpo y se mezcla con el polvo del suelo. El pan y el vino consagrados son el mismo Jesús, vivo, que se sacrifica, el que se entrega voluntariamente por amor, el que sufre por nosotros la soledad, la lejanía de Dios, solo comparable con la soledad del infierno: «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?». En el altar está él, no un recuerdo. Está él y actualiza su sacrificio por nosotros. En la liturgia estamos a los pies de Cristo en cada uno de los momentos de su Pasión y de su Resurrección. Esto solamente ocurre en la liturgia de la Iglesia, especialmente en al Eucaristía. Por eso quería invitaros a que, durante la Semana Santa, acudáis a la liturgia: a la Cena del Señor, el jueves por la tarde; a la celebración de la Pasión del Señor, en las primeras horas de la tarde del viernes; a la Vigilia Pascual, en la noche del sábado al Domingo; y a la Misa de Resurrección, en la misma mañana del Domingo. Esta es la liturgia donde Dios actualiza su obra amorosa por nosotros.
Todas las demás cosas son buenas si nos ayudan a vivir mejor estos momentos. Las esculturas o las pinturas, las procesiones, con sus grandes imágenes, el Viacrucis o la Hora Santa, pueden ayudarnos a no olvidar lo que pasó Cristo por nosotros. Pueden grabar en nuestra imaginación, en nuestra memoria y en nuestros afectos las llagas, los latigazos, las espinas, los clavos… Pero la liturgia va más allá: en ella obra Dios y nos pone delante de Cristo presente, nos pone ante él, en cada momento de su Pasión, de su muerte y de su resurrección, y, si nuestra alma está dispuesta, si nuestro corazón está dispuesto, la liturgia nos hace beber el amor salvífico que allí se derrama.
La tercera cosa que quería deciros es, justamente, a propósito de la disposición del alma que se necesita para que la liturgia dé fruto en cada uno de nosotros. La primera preparación necesaria es la confesión de los pecados. Si no os habéis confesado recientemente, hacedlo estos días antes del Jueves Santo. Pero hay más: si queréis adentraros en el misterio del amor de Dios y beber este amor que sana y sacia, buscad el silencio y la soledad para poneros frente a Dios y su Pasión por nosotros. Es tan grande este hecho, que toda la vida no basta para hacer nuestro el amor que aquí se nos ofrece. Buscad el tiempo y el lugar preciso para hacer oración, en soledad y silencio, meditando los relatos que los evangelistas nos hacen de la Pasión, de la muerte y de la resurrección. «Haz memoria de Jesucristo», le dice san Pablo a Timoteo, su hijo espiritual y su colaborador en el anuncio del Evangelio. Eso os digo yo: haced memoria de Cristo, de su muerte, de su sepultura, de su resurrección. En la soledad y en silencio de la oración, grabad en vuestros corazones cada uno de los momentos que se resumen en las palabras del Credo: «Padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso».
Jesús se dirige a la muerte. Esta es la tremenda verdad que se muestra en el texto de la resurrección de Lázaro. Jesús va a la muerte. Cuando, después de haber recibido la noticia de la enfermedad de Lázaro, dice a los suyos: «Vamos a Judea», es como si dijese: «Vamos a mi muerte». Porque en Judea, la provincia donde estaba la capital, Jerusalén, las autoridades ya buscaban cómo acabar con él. Todo el mundo lo sabía y los discípulos tenían miedo: «Señor, hace poco querían apedrearte». Intentaban disuadirlo: «Señor, si duerme, se salvará»; como diciendo: «No parece tan grave; no será necesario que vayas». ¡Qué fácilmente esperamos que otros hagan pequeños o grandes sacrificios por nosotros, pensando que nuestro caso lo merece! ¡Y qué fácilmente excusamos nuestro sacrificio, en lo poco o en lo mucho!: «¡Seguro que no es tan necesario!». En Jesús vemos lo que no vemos en nosotros: su disposición y su decisión de ir al sacrificio por aquel a quien ama.
Entonces, cuando Jesús dice con claridad que Lázaro ha muerto y muestra su decisión de ir, Tomás, con un tono de ironía y de queja, dice: «Vayamos también nosotros y muramos con él». A pesar de esta ironía quejumbrosa, hay que decir que Tomás va. Con miedo, con queja… como sea, pero va. ¿Qué haremos nosotros? Es mucho mejor ir con miedo y a regañadientes que mirar a Tomás con un poco de desprecio desde nuestra cómoda posición y no dar un paso adelante con Cristo. O ¿es que creemos que esto es solo una historia del pasado a la que podemos asomarnos sin que nos afecte? No, tiene que ver con nosotros. Jesús va a la muerte, y los suyos, de todos los tiempos, con más o menos miedo, con más o menos generosidad, van con él, ¡como Tomás!
Pero miremos a Jesús. Sabe lo que va a hacer, sabe que va a realizar el más grande de sus milagros, y sabe que justamente por ese milagro, las autoridades judías, que ya querían matarlo, se reunirán y decidirán solemnemente acabar con él. Si siguiésemos leyendo el Evangelio es lo que encontraríamos después de la narración de la resurrección de Lázaro. Por tanto, esta es la gran verdad: Jesús se encamina a la muerte.
El segundo dato es que Jesús se dirige a la muerte para sacar de la muerte a su amigo. Lázaro era un amigo personal de Jesús. En el cenáculo, antes de salir hacia el Huerto de los Olivos, Jesús llamaría amigos a los Apóstoles. Y sabemos que, entre todos ellos, Juan era el discípulo amado. Fuera del grupo de los Doce los evangelistas solo nos hablan de un amigo de Jesús, Lázaro, hermano de Marta y María. Al menos en tres ocasiones el Evangelio sitúa a Jesús en la casa de Lázaro. Era su amigo. Cuando enferma, sus hermanas mandan este recado: «Señor, el que tú amas está enfermo». Poco después vuelve a decir el evangelista: «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro». Y enseguida leemos de nuevo que Jesús dice: «Lázaro, nuestro amigo». Al llegar a Betania, el diálogo que tiene Jesús con las hermanas supone un trato familiar, el trato de los amigos. Y algunos de los presentes, al ver llorar a Jesús, dijeron: «¡Cómo lo quería!». El amor de Cristo por cada uno nadie puede sondearlo, pero todos sabían que Jesús era amigo de aquel hombre. Este es el dato: Cristo amaba a Lázaro como a un amigo del alma y se dirige a la muerte para sacar de ella a su amigo.
Fijémonos en otro dato que nos da san Juan. Dice que cuando vio a María llorando a sus pies, y que los que la acompañaban también lloraban, él «se conmovió en su espíritu, se estremeció». Juan pone de manifiesto lo íntimo de Cristo, lo que habitualmente nadie puede ver. En lo íntimo, se conmueve y se estremece. Y pocas líneas más adelante vuelve a repetir la misma idea: «Jesús, conmovido de nuevo en su interior». Cristo es sensible al dolor y a la oscuridad de los que le rodean. Hace suyo su dolor y su turbación, hasta sufrirlo él mismo. Pero hay que entender esto bien: Cristo es verdadero hombre y verdadero Dios, y eso nos podría llevar a pensar que sufre en su sensibilidad humana. Es así, sufre en su sensibilidad humana, en su corazón humano, pero ¿quién sufre? Sufre él, no una parte de él, sino él, sufre su persona: el Hijo eterno de Dios que se ha hecho hombre, el Verbo. Dios hecho hombre es quien sufre con el hombre. Dice San John H. Newman: «Igual que las miserias de los hombres le arrastraron a bajar [del cielo] a este mundo [para redimirlo], así las lágrimas de los hombres le tocaron de forma inmediata. Tenía el oído abierto, y el sonido del llanto alcanzó enseguida su corazón». Así pues, Cristo hace suyo el dolor de los que allí se duelen, hace suya la zozobra, los porqués, la oscuridad, la falta de esperanza y la falta de fe… ¡todo! Cristo nunca pecó, pero ha venido a hacer suyo todo lo nuestro y también nuestro pecado. Cristo hace suyo lo nuestro: «se conmovió en su espíritu, se estremeció». Dos veces dice san Juan que Cristo se conmueve en lo más profundo de su ser. Y entre esas dos veces, también llora. Cuando lo llevaron ante la tumba de su amigo, «se echó a llorar».
¿Por qué llora? ¿No sabía lo que iba a hacer enseguida? Sí, lo sabía. «Sabía que, aunque todo parecía triste y sin salida, a pesar de las lágrimas y los lamentos de sus amigos, a pesar del cadáver de ya cuatro días, a pesar de la tumba y de la losa que la cerraba, él tenía un poder que vencía a la muerte y estaba a punto de emplearlo». «¡Lázaro, sal fuera!»¡Y salió el muerto de cuatro días! Sabía lo que iba a hacer, y sabe que, por ese milagro, los jefes de los judíos se van a determinar a acabar con él; y en su inteligencia y en su sensibilidad, anticipa su angustia en los Olivos, su angustia en la cruz, su propia muerte, su sepultura. Todo eso se anticipa en sus lágrimas. «Él bajaba a la tumba que Lázaro abandonaba». Nosotros lloramos por los amigos que mueren, pero no podemos morir en su lugar. Cristo llora y saca del sepulcro entrando en él. El próximo domingo escucharemos cómo padece y muere en la cruz y es puesto en el sepulcro. Y el signo de la resurrección de Lázaro y las lágrimas de Cristo nos hacen entender, que él va a la cruz por aquel a quien ama, por Lázaro, y uno a uno, por cada hombre, por cada uno en particular, por cada uno como por el amigo amado que lo acogía en su casa.
En Ezequiel hemos escuchado: «Yo mismo abriré vuestros sepulcros». Habla de nosotros, viene a sacarnos de nuestros sepulcros, de nuestras miserias, de nuestros pecados, de las tristes consecuencias de nuestros pecados que lastran nuestra vida en la tierra, de la terrible condena que merecen nuestros pecados, de la muerte eterna. Él baja a la tumba que nosotros abandonamos.
¿Crees esto? A Marta, la hermana, cuando sale fuera a buscarlo, le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Toda nuestra vida depende de la fe en Cristo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» Marta dice que cree, pero su alma se resiste, su hermano lleva cuatro días en la fosa, ya está en descomposición y cuando Jesús ordena quitar la losa, ella objeta: «Señor, ya huele mal. Lleva cuatro días». Así nos vemos a nosotros mismos, así vemos a los demás: muertos y en proceso de descomposición. Pero Jesús insiste en pedir nuestra fe: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
El que es la vida viene a nuestro sepulcro para sacarnos de él. Nos busca el que nos ama, porque «en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero».
¡Búscanos, Señor! ¡No dejes de buscarnos, una y otra vez! ¡Búscanos y sácanos del sepulcro! ¡No dejes de amarnos para que también nosotros te amemos y te busquemos! ¡Para que también nosotros queramos estar contigo! Aunque sea como Tomás, entre quejas y miedos, que también nosotros te amemos y te busquemos y compartamos tu cruz.
«La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5)
En la primera lectura encontramos a Israel en el desierto con una necesidad apremiante de agua, tan acuciante que le lleva a la desesperación: ¿Dónde está Dios? Ya no recuerda las mil maravillas que Dios ha obrado desde la salida de Egipto y se desespera: «¿Está o no está Dios entre nosotros?» Esta pérdida de esperanza es una ofensa a Dios. ¡Es tan frecuente que a lo largo de la vida nos encontremos en situaciones de sufrimiento, de soledad, de necesidad o de oscuridad, y nos creamos abandonados por Dios! Se nos olvida que «a los que aman a Dios todo les sirve para el bien»(Rm 8,28) y que «ya vivamos, ya muramos, somos del Señor» (Rm 14,8) y, según el mismo Cristo ha prometido, nada ni nadie, ni siquiera la muerte, nos arrebatará de su mano (Cf: Jn 10, 28). Por eso, la pérdida de esperanza en un cristiano es una ofensa grave, aunque no agota la misericordia de Dios, no agota su amor. En aquella ocasión, en el desierto, Dios les dio a los judíos agua de la roca. Moisés golpeó con su cayado la roca y de la roca brotó agua que sació la sed del pueblo.
San Pablo, muchos siglos después interpretó que este hecho tenía un significado oculto, porque esa roca de la que brotó agua anunciaba a Cristo, herido con la lanza del soldado y del que brota un amor que cura el pecado de todo el que se acerca a él y sacia la sed de su alma, sed que ninguna criatura puede saciar, solo este amor humano y divino que brota de su costado traspasado. Dios no nos ha dado a Cristo para eliminar los sufrimientos y los momentos oscuros de la vida, sino para esto otro: para perdonar nuestros pecados y saciar la sed del alma eterna. En la cruz, de su costado herido, Cristo dejó brotar su amor. En el altar, donde se actualiza la cruz, en cada Eucaristía, Cristo sigue dejando brotar esta fuente de amor.
Quien se acerca a Cristo con esta esperanza es perdonado y saciado. Dice hoy el Apóstol: «La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado». El amor de Dios es el Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo. Amor que brota del Crucificado como un caudal incontenible. Y llega a nosotros y penetra en nosotros, cuando nos acercamos a Cristo con esa esperanza, buscando lo que él nos quiere dar.
Es sobre todo el Evangelio según san Juan el que identifica el agua de Cristo con el don de su Espíritu, el don del amor divino, que limpia y sacia, que perdona y trae la gloria al alma. Así aparece el agua en el diálogo de Jesús y la samaritana.
La samaritana no va buscando a Jesús. Se encuentra con él, porque él ha ordenado las cosas para este encuentro. Ella no está buscando ni un remedio a su pecado, ni la saciedad del alma. La mayoría de las veces vivimos ignorando que estamos hechos para Dios y que nuestro destino, de gloria o de perdición, es eterno. A ella, como tantas veces a nosotros, le bastaba saciar la sed de su cuerpo. Las necesidades que tenemos de las cosas buenas de este mundo manifiestan y esconden, a la vez, la necesidad radical de nuestra alma: Dios, el único necesario. Y nuestro pecado, no hecho con el propósito primero de ofender a Dios, sino, la mayoría de las veces, buscando un poco de descanso o un placer fugaz, esconde la insatisfacción interior del alma. Jesús inicia un diálogo que lleva a la samaritana al interior de su propio corazón, a reconocer su pecado y a confesar a Jesús como el Mesías. La mujer se da cuenta de que este hombre lee su alma, toca el misterio escondido de su alma, que ni siquiera ella es capaz de entender. No sabe quién es Jesús, no sabe que es el Hijo de Dios hecho hombre, no sabe nada de él, pero sabe que ha alcanzado el centro del alma, que nadie puede alcanzar. Así intuye que no puede ser uno más, y corre al pueblo para decir a todos: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?»
El diálogo de la mujer con Jesús queda abierto, no hay una conclusión, no la escuchamos pedir perdón ni suplicar el agua que sacie la sed de su alma… el diálogo no termina aquí, porque es el diálogo que Cristo quiere establecer con cada hombre y su última palabra está en la cruz. Allí volveremos a escuchar de sus labios: «Tengo sed» (Jn 19,28). San Agustín interpreta que Cristo tiene sed de la fe: el reconocimiento de que es él quien conoce nuestro corazón y el que puede curarlo y saciarlo; sed de la fe que es capaz de abrazar el amor que él nos ofrece y que hace brotar ese mismo amor en nuestra alma.
El mismo san Agustín, el gran doctor del corazón, invita a volver al interior, al corazón, «redite ad cor»[1], «volved al corazón». Y eso mismo os digo a vosotros: Cristo ha iniciado un diálogo con nosotros, un diálogo que concluirá con su última palabra: su cruz y su resurrección. Cristo tiene sed de ti y quiere despertar en ti la sed de él. «Si conocieras el don de Dios [si conocieras lo que te quiero dar] y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva». Para continuar el diálogo con él es necesario que volvamos al corazón y le pidamos a Dios la luz necesaria para reconocer nuestro pecado, para reconocer la sed de nuestra alma, y para reconocer que solo él es capaz de entrar allí, en nuestro santuario interior. Esto no se hace sino en el silencio y en la intimidad de la oración. No hablo de una oración ideal, sino de la oración que a cada uno le es posible conforme a su situación personal y a su vocación. La soledad de la escena del evangelio de hoy: Jesús a solas con la samaritana, los demás no están, nos dice, como en otros episodios del Evangelio según san Juan, que hay diálogos que Cristo solo puede tener en la soledad y en la intimidad del alma. «Volved al corazón», en el silencio y en la soledad con Cristo. Pedidle la luz necesaria para reconocer vuestro pecado, para reconocer la sed del alma, para reconocer que él sí toca vuestra alma y mantened este diálogo con él hasta que lo veáis elevado en la cruz, clamando «Tengo sed» (Jn 19,28).