UN ABISMO DE PECADO Y UN ABISMO DE MISERICORDIA
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- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Domingo IV
IV Dom de Cuaresma. C
30-III-2025
«Un abismo grita a otro abismo con voz de cascadas» (Sal 41,8)
Un abismo de pecado y un abismo de misericordia. La parábola nos revela estos dos abismos: uno tenebroso y lleno de dolor, otro lleno de luz. Los dos hijos de la parábola, el pequeño y el mayor, nos desvelan el abismo del pecado, pero ese abismo está en nuestra alma, es nuestro. El padre nos muestra el otro abismo, el de la misericordia, y ese está en Dios. La ocasión se le presenta a Jesús cuando unos fariseos y escribas critican abiertamente que acoja a hombres y mujeres con pecados escandalosos, cuya compañía todos rehuían. Pero no Jesús.
El hijo pequeño es un pecador manifiesto, un rebelde; el mayor cree ser justo, pero solo es un pecador camuflado. El pequeño es un rebelde porque, buscando gozarse la vida, no quiere vivir bajo unas normas que no sean las suyas, se independiza, se libra de la sumisión, prescinde del padre. ¡Es un hombre moderno de hace 2000 años! Y se aleja a una tierra extraña: el mundo sin Dios. Pero la autonomía del hombre con respecto a Dios es un espejismo y en esa tierra extraña empieza a pasar una necesidad degradante, querría comer cualquier basura para sobrevivir, las algarrobas de los cerdos; pero el mundo no le da ni las algarrobas, ni tampoco la amistad de los rebeldes como él, porque en el pecado no sobrevive ni amistad ni familiaridad. Así que «nadie le daba nada». Pero el dolor es como una trompeta que el Creador ha provisto para llamar a sus hijos rebeldes: la miseria y la soledad le hacen recordar al hijo pequeño que en la casa de su Padre incluso los jornaleros viven con dignidad. Y decide volver. El mundo lo ha abandonado, y por mero ahogo decide volver. No parce una decisión heroica, pero es lo único que puede hacer. No es heroica, pero le hace humilde y en esa humildad forzada llega a entender que su error es, ante todo, una ofensa. Eso es el pecado. No solo un error contra nuestra naturaleza, sino una ofensa a quien nos ama, por la que hemos perdido todos los derechos: «Me levantaré, me pondré en camino hasta donde está mi padre, y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Trátame como a uno de los que tienes a sueldo, como a uno de tus empleados”». El abismo del pecado queda al descubierto: la miseria y la soledad; la ofensa al Bueno que nos ha dado el ser y nos sostiene en la existencia; la ofensa a quien nos ha redimido con su sangre y nos ha dado su Espíritu; la ofensa a quien nos ama; el dolor inmenso de Dios, amante, que todo lo ha hecho para ese hijo que ha querido prescindir de él. ¿No habéis experimentado vosotros la traición de un hijo, de un esposo, de una esposa, de un amigo…? Os digo que Dios, por el gran amor que lo mueve, es más vulnerable que nosotros. Las palabras con las que el hijo se expresa cavilando en su interior revelan la ofensa a Dios que es el pecado; y así, la pérdida de nuestros derechos: «Ya no merezco ser tu hijo».
En esta situación, solo el recuerdo de la bondad de su padre, que no lo llenó de insultos ni de amenazas cuando se fue de casa, le da una esperanza. Apoyado en ella «se levantó y vino donde estaba su padre. Y cuando aún estaba lejos, su padre lo vio». El padre escrutaba la lejanía deseando ver volver a su hijo. Dios escruta la tierra lejana donde has huido; aunque estás lejos, él ve tu miseria y soledad; y oye el debate que se entabla en tu corazón, el diálogo que tienes contigo mismo cuando decides volver[1]. «Su padre lo vio, se le conmovieron las entrañas; y echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos». Esto es la misericordia de Dios: un abismo más grande que el del pecado. El mal enorme se hace insignificante en el océano de la misericordia divina. La misericordia ahoga el propio dolor del corazón de Dios e introduce en ella el alma dolorida del hijo rebelde y decepcionado del mundo.
Dice un salmo: «Un abismo llama a otro abismo con voz de cascadas». Cuando creo que me hundo en el abismo de mi pecado, me rescata el recuerdo de tu bondad y, antes de que pueda invocar tu perdón, ya me has tomado y me has envuelto en el abismo de la misericordia. Ahora más que nunca es justo que rinda mi alma rebelde: «Padre, he pecado contra ti; ya no merezco ser hijo tuyo». Y en el alma rendida del hijo se vuelca el corazón de su padre: el mísero es introducido en el hogar de las delicias familiares; el que en tierra extraña se había hecho esclavo, recibe la túnica preciosa, las sandalias y el anillo de los hijos; el que había pasado hambre es introducido en el banquete donde se come el ternero cebado: Cristo se nos da como alimento. El abismo del pecado se pierde en el abismo de la misericordia, que es una fiesta.
Aún queda el hijo mayor. No se ha ido de casa, pero vive como un extraño. Ciego y sordo, no se percata ni se goza del amor de su padre, ni tampoco lo ama. Y así trabaja y obedece con amargura y tristeza. Recuerda a esos cuya condición de cristianos les resulta una carga, que cuando vienen a la iglesia están deseando salir, que difícilmente escuchan aquí a Dios, solo oyen a los que leen o predican. Esos cristianos pesarosos de su religión vienen a Misa y tienen ante los ojos el sacrificio de Cristo, pero no son capaces de comprender la gracia de su amor. Les sobran los cantos, les sobra la predicación, les sobra el silencio… solo quieren acabar rápido para dedicarse a sus cosas. Ni gozan del amor de Dios ni lo aman. Si siguen la ley divina, es porque va bien con su forma de ser o de pensar, porque les parece una forma razonable de afrontar los asuntos de la vida, o por cualquier otro motivo, pero no por amor a Dios. Obedecen la ley de Dios cuando coincide con su voluntad, pero si se encuentran en la disyuntiva de elegir una u otra, elegirán hacer su propia voluntad, mostrando que nunca obraron por amor a Dios, sino por amor a sí mismos. En las cosas del mundo siguen la ley de Dios en la medida que esa ley es conforme a su voluntad e intereses. Y en las cosas de Dios son fríos: se olvidan de la oración, de la caridad con el que nada les puede devolver, cuando llega el domingo no buscan la Misa en la que mejor vivir el sacramento, sino la Misa que menos les estorbe en sus planes. Son cristianos tristes en su religión, alegres en el mundo. Ni disfrutan del amor de Dios, ni aman. Así era el hijo mayor de la parábola, se creía justo, sin darse cuenta de que solo camuflaba su pecado. También esa frialdad es una espada en el corazón amante de su padre.
Pero hay algo que despierta al mayor: la fiesta del amor paterno por la vuelta del rebelde, la fiesta que el padre ha hecho por el hermano indigno, que no ha trabajado, que no ha obedecido, que ha malgastado su herencia. La fiesta de la misericordia de Dios le despierta y le espanta: ¿cómo es que a este hijo tuyo le haces fiesta, le matas el ternero cebado y a mí nunca me has dado un cabrito para comerlo con mis amigos? En su indignación manifiesta que ni conoce ni ama a su padre. Trabaja y obedece, pero solo querría divertirse con sus amigos, no con su padre. La fiesta de la misericordia descubre el abismo del pecado en el que el hijo mayor vive. Y es la ocasión para que el padre de la parábola le ofrezca de nuevo lo que ciego y sordo ha despreciado hasta ahora: «Hijo, tú estás siempre conmigo. Y todo lo mío es tuyo». Estas palabras esconden el lamento del amor paterno que el hijo mayor tiene en nada, pero prevalece en ellas la misericordia que apremia al hijo a abrir los ojos al amor del padre. La misericordia ahoga la propia pena si consigue que el hijo vuelva a él. Entonces la misericordia se vuelve fiesta.
Mirémonos a nosotros, pecadores lejanos o cercanos, miremos nuestro pecado, nuestra ofensa, la pérdida de nuestros derechos. Y miremos la misericordia de Dios que nos llama. Rindamos el alma a su misericordia. Dios nos ha hecho sus hijos y se nos ha dado por entero en Jesucristo. Cada domingo contemplamos la actualización de este milagro del amor divino por el cual estamos con Dios y tenemos acceso a los misterios insondables de su amor. Ojalá despertemos también nosotros para entender estas palabras: «Hijo, tú estás siempre conmigo. Y todo lo mío es tuyo».
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
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Homilía del IV Domingo de Cuaresma, ciclo C,
30 de marzo de 2025
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares.
30 de marzo de 2025
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares.
[1] SAN AMBROSIO DE MILÁN, Exposición del Evangelio según san Lucas (Ciudad Nueva, Madrid 2023), 491.
JESÚS, LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD
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- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano
- Categoría: Domingo III
III Dom. Cuaresma C
23-III-2025
23-III-2025
«Yo cavaré alrededor y le echaré estiércol,
a ver si da fruto en adelante» (Lc 13,8)
a ver si da fruto en adelante» (Lc 13,8)
Queridos hermanos:
Con este domingo llegamos a la mitad del camino cuaresmal y es como si Dios se empeñase en que volvamos a la idea fundamental del primer día, del miércoles de ceniza: la conversión. Necesitamos convertirnos. ¡Que palabra tan extraña a nuestra mentalidad!
Se acercan unos a Jesús para contarle que Pilato, el gobernador, ha dado muerte a unos galileos cuando ofrecían sus sacrificios en el Templo. Los judíos creían con razón que Dios, justo y Creador del hombre, hace justicia del mal o del bien cometido. Pero se equivocaban al pensar que Dios hacía justicia en esta vida: de forma que la buena fortuna era la recompensa de Dios por una vida buena, y la enfermedad, el infortunio y las desgracias, eran su castigo por una vida mala. No tenemos tiempo de explicar las raíces de esta idea que les venía de antiguo y que Jesús corrige. Cuando le cuentan lo de los galileos muertos por mano de Pilatos, Jesús pone al descubierto ese pensamiento con una pregunta: «¿Creéis que esos galileos eran más pecadores que los demás por lo que les ha pasado?» Estarían todos por decir: «¡Claro, maestro!». Pero Jesús, sin dejar que respondan, sigue: «Os digo que no». Nosotros esperaríamos que aquí nos explicase por qué existe el mal, o por qué hay hombres que sufren una muerte así. Pero a Jesús no le interesa eso, al menos en este momento, sino que convierte la muerte sangrienta de aquellos en una advertencia: «Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis igualmente». Y confirma lo que les acaba de decir recordando otro hecho desgraciado que debían de conocer todos: «Aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y murieron, ¿eran más culpables —más pecadores— que los demás habitantes de Jerusalén?» Y sin dejar que contesten, vuelve a sentenciar: «Os digo que no. Y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera».
Si no nos convertimos, sufriremos una muerte cruel, no en el sentido físico, sino en un sentido más profundo. Jesús va de lo visible a lo invisible, del cuerpo al alma, de lo que es pasajero a lo que es eterno. Advierte de la crueldad que supone la muerte del alma, la eterna lejanía de Dios, la eterna oscuridad, el odio eterno en el que se consume el alma que no se convierte. «Si no os convertís». No hay forma de edulcorar esta advertencia de Jesús. Tomemos esta advertencia tal como nos llega a cada uno.
Reconozcamos que somos culpables, nuestra lejanía de Dios, y volvámonos a él. San Pablo, que teme por la salvación de los cristianos que él ha hecho en Corinto, también quiere moverlos a conversión y les recuerda lo que había pasado con los judíos que habían salido de la esclavitud de Egipto. ¿Quién iba a decir que aquellos elegidos quedarían tendidos en el desierto? Nadie lo habría dicho, pero así ocurrió. Después de haber sido liberados con el paso del Mar Rojo, de ser alimentados con el maná y saciada su sed con el agua que brotaba de la roca, «la mayoría de ellos no agradó a Dios y sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto». Y termina el Apóstol: «Por lo tanto, quien se crea seguro, tenga cuidado, no caiga». San Pablo, igual que Jesús, advierte a los que ama. Tomemos nosotros la advertencia de Jesús, que ciertamente nos ama, tal como nos llega a cada uno.
San Pablo dice: «Estas cosas —la muerte de los judíos que murieron en el desierto— sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo codiciaron ellos». «Codiciar el mal». El original griego habla de «no codiciar las cosas malas»[1], lo cual me parece más concreto, porque normalmente no codiciamos el mal en general y en sentido absoluto, sino que codiciamos cosas malas: una comodidad excesiva, el honor de los grandes, los bienes del prójimo, la mujer del prójimo… las riquezas. Y esa codicia, el amor a las cosas malas, pervierte nuestro corazón y nos encamina hacia la perdición. El gran san Bernardo habla de la conversión como una conversión del amor, habla de «convertir el amor», cambiar el objeto y el rumbo de nuestro amor. Es decir: dejar de «codiciar las cosas malas», para apetecer al Bueno, para desear a Dios. ¡Convertir el amor! Es verdad que la conversión tiene otros aspectos no tan hermosos como este de convertir el amor a Aquel que tanto nos ama, cuyo amor nos llama desde la cruz. Pero hoy basta que nos tomemos en serio la advertencia de Jesús: «Os digo que … si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera».
En el Evangelio, Jesús sigue adelante con una parábola: una higuera que lleva ocupando tres años un terreno fértil sin dar fruto. Esta imagen nos lleva al punto crucial del juicio de Dios: la falta de fruto, la falta de obras de misericordia, una vida improductiva en el amor. No basta no dejarse llevar por la codicia de las cosas malas hasta hacer el mal, además es necesario hacer el bien, dar fruto. No hace falta que os recuerde cómo describe Jesús el Juicio Universal, con un examen en el amor práctico de las obras de misericordia. Solemos confesarnos de lo que hacemos mal: hemos hecho mal esto o aquello, hemos mentido, hemos ofendido a alguien, hemos pecado contra la pureza… Pero no vigilamos nuestra falta de fruto: las obras del amor que podríamos hacer y no hacemos. Por la falta de fruto, el dueño quiere cortar la higuera, pero el viñador le pide un poco más de tiempo y dice al dueño: «Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar». No es difícil entender que estas palabras simbolizan la oración de Jesús por nosotros. Él es el viñador que nos alimenta con su cuerpo y su sangre, dándosenos él por entero, y rompe nuestro corazón duro con el arado de su cruz, para que en nosotros pueda penetrar su alimento. Pero el amor llama al amor y nada puede si no es correspondido libremente. Hemos de convertir nuestro amor y Jesús es nuestra última oportunidad: «Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar».
Jesús, tú eres mi última oportunidad. Tu sangre será el último riego que me dará la oportunidad de dar fruto. Dame la gracia de convertir mi amor hacia ti. Que olvide todas las riquezas que tú no me das, que me olvide de todos los placeres desordenados, de todos los honores que no me corresponden, para que seas tú el único deseo absoluto de mi alma. Jesús, tú eres mi última oportunidad, el arado de tu cruz en mi alma, la sangre de tu amor como alimento, tu oración me da el último tiempo que tengo para convertirme. Tú eres mi última oportunidad.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
[1] «Para no codiciar las cosas malas»: εἰς τὸ μὴ εἶναι ἡμᾶς ἐπιθυμητὰς κακῶν
Homilía del III Domingo de Cuaresma, ciclo C
23 de marzo de 2025
Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares. Madrid
23 de marzo de 2025
Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares. Madrid
Hermano Rafael (V)
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- Escrito por Rubén Núñez
- Categoría: Ejercicios de los Sábados

Hermano Rafael (V).
D. Juan Antonio Martínez Camino
| Ejercicio de los Sábados | |
El Obispo Auxiliar de Madrid, D. Juan Antonio Martínez Camino, ofreció la quinta conferencia sobre el Hermano Rafael, San Rafal Arnaiz Barón. Es la quinta de seis conferencias que están previstas para este curso.
Aquí puedes ver las fotografías:
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Conferencias anteriores:
Hermano Rafael (I)
Hermano Rafael (II)
Hermano Rafael (III)
Hermano Rafael (IV)
TRANSFIGURACIÓN
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- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Domingo II
II Dom. Cuaresma C
16-III-2025
«Se encontró Jesús solo» (Lc 9,36)
Queridos todos:
Es difícil imaginar una escena de la vida de Jesús más fascinante que esta de la Transfiguración: de repente, en la noche oscura de un monte, mientras ora, el rostro de Jesús resplandece de gloria, sus vestidos brillan, como si no pudieran ocultar el resplandor del cuerpo de Jesús, que es el cuerpo humano de Dios… Pero no debemos engañarnos, esta escena nos habla de la cruz a la que nos encaminamos, nosotros con Cristo, si es que somos de verdad suyos.
Las autoridades judías nunca habían aceptado que Jesús viniese de Dios. Al principio solo habían mostrado una oposición latente; pero en el tiempo en que acontece la transfiguración el enfrentamiento era ya abierto y creciente. Les parecía insoportable que Jesús enseñase e hiciese discípulos, mostrando la pretensión de venir de Dios. Esa oposición suponía una doble prueba para la fe aún titubeante de los discípulos: ¿no estarían siguiendo a un loco o a un blasfemo? Y, si el Maestro acababa mal, ¿cómo acabarían ellos? Por si eso fuera poco, Jesús les anunció, por primera vez de forma abierta, que él debía sufrir mucho, ser reprobado por el Sanhedrín, ser matado y resucitar al tercer día. Y, a continuación, les había dicho: «Si alguno quiere venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y me siga».
Ocho días después de estas palabras tiene lugar la Transfiguración. Jesús sube al monte y todo acontece en el ámbito de la oración de Jesús: «Mientras Jesús oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor». Es un signo de la vinculación sobrenatural de Jesús con Dios. Y aunque no podemos romper el misterio del diálogo entre Jesús y Dios Padre, lo que sucede nos revela, al menos en parte, el contenido de ese diálogo. Junto a Jesús aparecen Moisés y Elías, también ellos revestidos con una gloria que no es de este mundo, como testigos de Dios, delante de Jesús y delante de los tres discípulos. Moisés es representante y cabeza de la Ley, Elías lo es de los Profetas. «La Ley y los Profetas» era la fórmula con la que los judíos se referían a lo que Dios había revelado a Israel desde Abraham. La Ley y los Profetas, la entera Escritura, todo lo que Dios había hecho, legislado y anunciado, todo apunta a Jesús y forma parte del diálogo de Jesús con su Padre. ¿Y de qué hablan? Dice san Lucas: «hablaban de su éxodo, que él iba a consumar en Jerusalén». La cruz es el centro del plan de Dios Padre y el Hijo recibe amorosa y obedientemente de su Padre este plan y lo lleva hasta el final. Moisés y Elías, dos hombres, están presentes porque este plan tiene que ver con el hombre. El diálogo sobre la cruz es el diálogo amoroso sobre nuestra salvación. Los sentidos perciben un contraste: vemos la gloria divina de la humanidad de Cristo y, al tiempo, escuchamos hablar de su muerte, de su humillación. Ese contraste nos indica que nosotros hemos entrado en el corazón de Dios, con todo nuestro pecado, con nuestra desobediencia, con nuestra ofensa… La gloria viene de Dios, la humillación de nuestro pecado. Y todo recae sobre el Hijo hecho hombre.
En poco tiempo, veremos a Jesús orando en otro monte, el de los Olivos. El tema será el mismo: su muerte. Ya no veremos gloria alguna en el rostro de Jesús, sino sudor de sangre y angustia, porque él mismo abrirá las puertas de su alma humana para sufrir la oscuridad y la lejanía de Dios que le llegan del pecado de todos los hombres. En los dos momentos estarán presentes los discípulos. San Lucas dirá que en los Olivos «se dormían por la tristeza» (Lc 22,45). Y aquí en la transfiguración dice: «se caían de sueño». El papa Benedicto XVI comentaba que el sueño expresa la torpeza de quien ve y no entiende. En los Olivos, dominados por la tristeza, no serán capaces de entender nada del sufrimiento que se acerca. En la transfiguración, consiguen superar la torpeza de la mente y llegan a ver la gloria de Jesús. Entonces Moisés y Elías se alejan de Jesús y Pedro habla: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Pedro siempre habla apresuradamente, pero capta algo cierto. Lo dice perfectamente con toda la sencillez del mundo: ¡Qué bueno es que estemos aquí! Porque «somos ciudadanos del cielo», tal como ha dicho san Pablo, porque estamos hechos para Dios. San Lucas apostilla: «No sabía lo que decía» y con eso quiere decir que Pedro no sabía que aún quedaba un camino estrecho y amargo para llegar a la gloria definitiva, que es nuestra verdadera casa. Es indispensable que entendamos que la compañía de Dios y de los santos es nuestra casa, que solo accedemos a ella por nuestra unión con Cristo y que solo allí podemos decir: ¡Qué bueno es que estemos aquí! Si no entendemos esto, andaremos, como dice san Pablo, «como enemigos de la cruz de Cristo». Si renunciamos a alcanzar nuestra casa, si renunciamos a la gloria, rechazaremos la cruz, nos haremos enemigos de la cruz de Cristo.
Mientras Pedro está aún con la palabra en los labios, «llegó una nube que los cubrió con su sombra». De la luz en medio de la noche pasamos a una densa nube que los introduce en una oscuridad más densa que la oscuridad natural de la noche y los llena de temor. La nube les introduce sensiblemente en una realidad que está más allá de los sentidos: la grandeza siempre misteriosa de Dios: insondable, inescrutable, inabarcable, inefable… Los ojos ya no pueden ver, pero entonces los oídos se hacen más atentos y escuchan una voz que proviene de la nube, la voz de Dios: «Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadlo». Digan lo que digan los entendidos y poderosos de este mundo, «Este es mi Hijo». Pasaréis miedo cuando se acerque la cruz, pero no dudaréis de que es mi Hijo. No sabréis por qué es necesaria la cruz, pero no dudaréis de que es mi Hijo, el que he elegido para llevaros a mi gloria. Lo escucharéis, le obedeceréis, no os apartaréis de él. Nuestra fe puede pasar por mil dificultades, dejará de ver, experimentará temor, pero no albergará una sola duda: seguimos al Hijo eterno de Dios.
Escuchada la voz, todos los signos sobrenaturales desaparecen. Ya no hay luz ni sombra sobrenatural, ya no están los testigos del Antiguo Testamento, ni se oye la voz del cielo… Está Jesús solo. Los discípulos tienen delante a Jesús solo.
Los discípulos, hoy igual que entonces, tenemos a Jesús y con él lo tenemos todo. Él lo es todo para nosotros. Unidos a él, sobre todo en la Eucaristía, no huiremos de la cruz, aunque experimentemos miedo y aunque no entendamos. Cuando llegue la cruz, con la soledad o la enfermedad, con el señalamiento público o con el martirio; cuando llegue la cruz con el sacrificio cotidiano que conlleva la obediencia a la ley de Dios, con el sacrificio cotidiano que exige el amor a Dios y al prójimo; con el sacrificio como padres o esposos, hijos o amigos; con el sacrificio que nos exige el amor a todos…; cuando llegue la cruz de la forma que sea, no huiremos, no nos mostraremos como enemigos de la cruz de Cristo, sino que en ella nos uniremos más a Jesús: «Si alguno quiere venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y me siga». Dice Benedicto XVI: «“Jesús solo” es todo lo que se les da a los discípulos y a la Iglesia de todos los tiempos: es lo que debe bastar en el camino. Él es la única voz que se debe escuchar, el único a quien es preciso seguir, él que subiendo hacia Jerusalén dará la vida y un día “transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo”».
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía del II Domingo de Cuaresma, C
16 de marzo de 2025, Oratorio de San Felipe Neri
Alcalá de Henares, Madrid
16 de marzo de 2025, Oratorio de San Felipe Neri
Alcalá de Henares, Madrid
TÚ ERES MI DIOS. ¿Batalla cultural o guerra espiritual?
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- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Domingo I
I Domingo de Cuaresma, C
9-III-2025
«No de pan solo vive el hombre» (Lc 4,4)
En el bautismo Jesús fue ungido por su Padre, con el Espíritu Santo. Eso marcó el fin de su vida oculta y el inicio de su vida pública. Pero antes de empezar a predicar fue al desierto, no por voluntad propia, sino conducido por el Espíritu Santo, y allí permaneció cuarenta días. San Lucas da a entender que fue tentado durante todo ese tiempo. Las tres tentaciones finales son la recapitulación de todas las que padeció en esos días. Además, san Lucas termina la narración diciendo: «el demonio se marchó hasta otra ocasión». El Señor fue tentado por el diablo hasta el momento mismo de su muerte. San Mateo relata que ya crucificado, los que pasaban por allí, primero, los miembros del Sanhedrín, después, y, en tercer lugar, los salteadores ajusticiados con él, le incitaban a desobedecer el plan de Dios o a apostatar (Cf.: Mt 27, 39-44). Así, toda la vida de Jesús aparece como una guerra contra el diablo. La obra redentora de Cristo, antes que nada, es una lucha espiritual, que consiste en afirmar existencialmente, como hombre verdadero, 1) que Dios es lo único necesario para el hombre, porque «el hombre no puede vivir de pan solo»; 2) que el hombre no puede sustituir a Dios haciéndose dueño absoluto de sí, ni puede sustituirlo por los ídolos del poder, del placer o la riqueza: «Al Señor tu Dios adorarás, y solo a él darás culto»; y 3) que a Dios no podemos ponerlo a nuestro servicio, al contrario: el hombre como criatura le debe obediencia; y el cristiano como hijo adoptivo, le debe una obediencia amorosa y confiada: «No tentarás al Señor, tu Dios».
Estas tres grandes afirmaciones existenciales de Jesús se recapitulan en su obediencia a Dios en la cruz, que es 1’) el sí definitivo a Dios, 2’) el sí obediente a su voluntad, 3’) el sí de su alma que se entrega y se pone en manos de Dios. Toda la predicación de Jesús y todos sus milagros no hubieran valido nada si Jesús no hubiese llevado esta lucha hasta el final. En la cruz, vencidas todas las tentaciones, Jesús se convierte en una fuente de la que mana una vida nueva. Del Crucificado manan los sacramentos y la gracia. Esa gracia es su amor que nos une a él y es el principio de nuestra propia victoria.
Quiero llevar esto a nuestro presente. Muchos, cristianos y no cristianos, se dan cuenta de que algo no va bien en nuestro mundo. Parece que caminamos hacia nuestra destrucción. Algunos ven que ese camino hacia el precipicio está guiado por las ideas que ya desde hace tiempo han venido dando forma a las leyes, a la vida cotidiana y al pensamiento de muchas personas. Entre otras: las ideas introducidas con la ideología de género, las ideas que promueven el aborto y la eutanasia, las ideas que tienen que ver con la bajísima natalidad, las introducidas por el ecologismo radical o el feminismo radical, la idea de que el matrimonio ya no es para toda la vida… Tienen razón los cristianos y no cristianos que afirman que estas ideas nos conducen al abismo. Ante eso, propugnan que hay que dar una batalla cultural, una batalla de ideas. Sin embargo, al menos los cristianos hemos de darnos cuenta de que, en realidad lo nuestro es una guerra espiritual.
Los males de nuestra época tienen su origen en la posición espiritual del hombre contemporáneo: su negación de Dios como Dios, es decir, la apostasía generalizada. Según esa negación, el hombre está solo en el universo y ha de darse sus propias normas e intentar buscar su pequeña salvación en este mundo. En nuestros días, la negación de Dios se ha extendido hasta su obra: se niega que el mundo y el hombre tengan una naturaleza que imponga leyes biológicas y morales. Se quieren romper las leyes naturales de la biología, de forma que una mujer pueda decir que es varón o un varón pueda decir que es madre. Y olvidan las leyes morales, como si mentir, robar, traicionar, adulterar… no tuviera consecuencias. La negación de Dios lleva a la negación de la naturaleza misma de las cosas y de las personas. La muerte de Dios termina con la muerte del hombre. Esta es una guerra espiritual que se libra desde la creación del mundo, en la que se juega la salvación o la condena eterna, una guerra en la que todos participan, lo quieran o no.
Pero aquí viene un punto fundamental: esta guerra se libra, antes que en ningún otro ámbito, en el alma de cada cristiano. Jesús no hizo declaraciones altisonantes, no hizo una revolución, ni fundó un periódico para divulgar sus ideas, ni encabezó un partido político para cambiar las cosas con el poder, sino que en primera persona, desde el primer día hasta el final en cruz, se enfrentó personalmente con la tentación y la venció. Nosotros no podemos hacerlo de otra forma. Las batallas que haya que dar en la política, en la cultura, o donde sea necesario, dependen de esta anterior que se libra en nuestra alma.
Todo se juega en estas tentaciones. La primera: ¿Estoy solo en este universo material o existe también Dios? Si solo existe lo que podemos ver y tocar, lo material, entonces intentaremos volcar en ello nuestra alma como si fuera nuestro único pan («haz que estas piedras se conviertan en pan»). Pero nosotros, unidos a Cristo diremos: No. Hay algo más que este mundo material. Existe Dios, que me creó y tengo hambre de él. Todo el universo material es poco para mi alma. Solo Dios es mi verdadero alimento. Sólo él es la respuesta al hambre de amor que hay en mi, hambre de amor perfecto, infinito y eterno que solo él puede saciar: «No de pan solo vive el hombre»[1].
La segunda: ¿Puedo yo ocupar el lugar de Dios y que todo sirva a mi voluntad y mi poder? ¿Puedo decidir yo lo que está bien y lo que está mal, lo que es verdadero o falso? ¿Puedo abortar a mi voluntad, elegir ser varón o mujer, adulterar, robar, mentir o traicionar según me parezca o me convenga? ¿Puedo hacer del poder, del placer o de riqueza mi Dios? ¿Puedo proclamarme Dios? «Te daré el poder y la gloria […] Si te arrodillas delante de mí, todo será tuyo». Nosotros, unidos a Cristo, diremos: ¡No! Dios ha creado el Universo con un orden inteligente y bueno, que se expresa en las leyes de la naturaleza y en la ley moral inscrita en el alma. Y para que toda la creación se dirija a él en un movimiento de amor y de adoración, Dios ha puesto al hombre como su cabeza. Yo no romperé esa ley llena de bondad, de belleza y de bien. Yo adoraré solo a Dios. No al poder, no al dinero, no al placer, no a mí mismo ni a ningún otro. Me uniré a Jesús y adoraré solo a Dios: «Al Señor tu Dios adorarás y solo a él darás culto».
La tercera. ¿No podré poner a Dios a mi servicio? ¿No podré usar de su misericordia para hacer lo que me dé la gana con impunidad? ¿No podré servirme de la religión para ganar la voluntad de los hombres religiosos y hacerme con el poder o con las riquezas? ¿No podré, incluso, servirme del ministerio sagrado para escalar hasta la cumbre de la vanidad? «Si eres Hijo de Dios, tírate», «Exige de su bondad que se ponga a tu servicio. ¿No dice que te ama? Pues que te sirva». Pero nosotros, unidos a Cristo, diremos: ¡No! No pondré a prueba el amor a Dios, no tentaré a Dios. Soy yo el que he sido creado para servir a Dios y mi única gloria consiste en perseverar y permanecer en su servicio: «No tentarás al Señor, tu Dios».
Estas son las tentaciones que dan forma a la guerra espiritual en la que estamos metidos de hoz y coz, en la que cada uno de nosotros es protagonista y que se desarrolla, en primer lugar, en el alma. Unidos a Cristo y con su gracia, los cristianos de esta generación podemos vencer de nuevo, como lo hicieron otros antes que nosotros. Solo eso asegura un cambio real en el mundo, una cultura que vuelva a ser cristiana, donde el hombre pueda vivir y caminar hacia Dios.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía del domingo I de Cuaresma, ciclo C
9 de marzo de 2025
Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares
9 de marzo de 2025
Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares
[1] Es es la traducción que mejor respeta el original griego: Οὐκ ἐπ̓ ἄρτῳ μόνῳ ζήσεται ὁ ἄνθρωπος, donde «solo» no es adverbio, sino adjetivo de «pan»; y me parece que expresa mejor el sentido de las palabras en el Evangelio.