La amistad de Cristo - San John H. Newman
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- Escrito por Rubén Núñez
- Categoría: Ejercicios de los Sábados
La amistad de Cristo - San John Henry Newman
Padre Enrique Santayana C.O.
| Ejercicio de los Sábados | |
El padre Enrique Santayana dirigió estos ejercicios del oratorio basado en un sermón de San John H. Newman.
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PODER Y HUMILDAD DE LA FE
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- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Domingo XXVII
XXVII Dom. C
5-X-2025
«El justo vivirá de fe» (Hab 2,4)
Habacuc, uno de los profetas, se dirige a Dios pidiéndole cuentas. La situación es que Israel, empezando por los jefes, ha olvidado a su Dios, ha olvidado la ley: injusticias, crímenes, abusos, destrucción… ¡Qué fácil sería aplicar estas palabras al presente de nuestra nación, de las viejas naciones cristianas y de la Iglesia misma! Habacuc ha predicado llamando a su pueblo a la conversión, pero nadie le hace caso. Ha pedido a Dios que corrija a su pueblo, pero tampoco él parece escucharle. Y se queja desde lo hondo del alma: «¿Hasta cuándo, pediré auxilio sin que me oigas? ¿Hasta cuándo te gritaré: ¡Violencia! [hasta cuándo te mostraré la violencia que me rodea], sin que me salves?». El profeta está atormentado por la ruina moral y religiosa de su pueblo, por el fracaso de su misión, por el silencio de Dios. El pecado parece impune, los malvados prosperan, los inocentes son pisoteados, los soberbios se ríen de la ley divina. «¿Por qué lo permites? ¡No me escuchas!».
Pero, aunque parezca lo contrario, Dios no es indiferente a la ruina moral del pueblo, ni al tormento de Habacuc. Tiene un plan de salvación y se lo comunica al profeta en una visión. Más aún, Dios quiere que todos conozcan el contenido de esta visión y le manda escribirla en una tablilla, que se puede exponer ante los ojos de todos, para que todo quede claro y manifiesto. La visión habla de un castigo purificador. Será una criba que hará caer a los soberbios: «el altanero no triunfará». No pasará la prueba el que se ensoberbece ante la ley de Dios. ¿Quién pasará la prueba? El justo, el justo que vive de fe. Es decir, el que espera en la omnipotencia del amor de Dios, aun cuando parece que todo se desmorona.
Quiero que penséis un momento en la cruz y en Jesús. También allí Jesús se dirige con las palabras del salmo a Dios: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Todo parece fracasar en la cruz. Sin embargo, Cristo, hasta un límite inimaginable, mantiene su confianza radical en Dios, dejando que el plan salvífico de Dios se cumpla en su propia pasión, «todo está cumplido», y entregándose del todo en manos de su Padre: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». En ningún sitio encajan mejor las palabras dichas a Habacuc que aquí: «el justo vivirá de fe». Por esta fe, el Hijo eterno hecho hombre obedece hasta el final, se sumerge en la muerte del hombre, y va más allá de todos los límites de la creación hasta vencer la muerte, resucitar, ascender a los cielos y adentrarse en la vida divina. Sí, «el justo vivirá de fe».
Solo la fe nos guía en este mundo de sombras y apariencias, solo ella nos da luz y conocimiento cierto de Dios y de su amor. Solo la fe nos sostiene en la enfermedad, en el dolor, en la injusticia, en el sacrificio que exige el amor, solo la fe fortalece en la hora de la prueba, solo ella nos permite afrontar la muerte y vencerla hasta alcanzar con Cristo la vida de Dios. Así que la petición que inicia el evangelio de hoy es una petición muy necesaria: «Auméntanos la fe».
La fe nos da el conocimiento cierto de Dios y, además, es un vínculo invisible pero real con él, nos une a él. El impío, el hombre sin Dios, está solo, no le queda más que confiar en sus propias fuerzas o rendirse ante el dolor y la muerte; no puede sino tener el alma hinchada y ser altanero, o rendirse ante la vida, lo que los clásicos llamaban el fatum, la fatalidad de la vida. El justo tiene a Dios, la fe le da a Dios, con eso enfrenta la vida. La enfrenta como un niño que se agarra a la mano de su padre.
«Señor, auméntanos la fe»: danos luz para conocer el plan de Dios y abrazar lo bueno que él realiza ocultamente, en medio del mal que se levanta a nuestro alrededor y también dentro de nosotros. Danos luz para que podamos ver a Dios con los ojos del alma, y adherirnos a él.
Jesús entiende que es la petición más que justa, y hace un elogio de la fe. Por pequeña y vacilante que parezca, la fe tiene el poder de hacer cosas que ni siquiera hubiéramos podido imaginar: que el hombre, mortal y miserable, pueda alcanzar a Dios; que pueda ir más allá de todo lo creado, superar la muerte y plantarse en Dios. Esto es lo que hace la fe: toma un árbol y lo planta en el mar; nos arranca de este mundo y nos planta en el corazón de Dios. Lo hace no evitando el dolor, la injusticia de los hombres, la guerra… sino tomando la mano a Dios, para que él nos lleve, como un padre a su hijo pequeño y querido. La fe nos enseña a ser hijos y a vivir como hijos, pendientes de Dios, con su nombre constantemente en nuestros labios: «Padre nuestro».
Eso enlaza con la segunda parte del evangelio. El hombre de fe, vive de Dios, agarrado a su mano, y sabe que sin él no es nada. Por eso se hace humilde. Después de la muerte y la resurrección de Cristo, los apóstoles van a protagonizar un milagro inimaginable: van a arrancar a los hombres del mundo y los van a plantar en Dios. Por la predicación del Evangelio y por los sacramentos van a llenar el seno de Dios de hombres, mujeres, niños… Pero tienen que saber que no hacen más que lo que deben. Han de mantenerse humildes y, después de cumplir el trabajo encomendado, con éxito o con fracaso, decir: «somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer».
También nosotros debemos pedir a Cristo que nos aumente la fe que nos permite vivir unidos a él y alcanzar la vida eterna. Esa fe nos da a nosotros, como antes a los apóstoles, hoy, igual que hace dos mil años, el poder de plantar a Cristo en el corazón de los hombres, darles la vida divina. Podemos y debemos dar esta vida a nuestros hijos, a nuestros amigos, a los que nos rodean y viven sin Dios, sin verdad, sin esperanza. Y, sin embargo, debemos entender que esta obra inmensa, ¡dar a los hombres la vida de Dios!, es solo nuestra obligación, que nunca la hacemos del todo bien, que, en último término, es una obra divina. Debemos mantenernos humildes. Si vemos que nuestras palabras y el ejemplo que damos a nuestros hijos son eficaces y también ellos se mantienen en el camino de la fe, no creamos que es un gran mérito: hemos hecho lo que teníamos que hacer. Y si vemos que, por el contrario, fracasamos, entendamos que eso es lo normal, porque nosotros no somos nada para una obra tan grande; pidamos entonces a Dios, que sea él quien lleve a buen puerto la educación en la fe de nuestros hijos. En el éxito o en el fracaso, como padres, como amigos, como predicadores de la verdad, que podamos decir: «Somos siervos inútiles. Hemos hecho lo que teníamos que hacer».
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
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Homilía del domingo 5 de octubre, de 2025, XXVII del TO, ciclo C
En el Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares
En el Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares
JUICIO ANTICIPADO: INFIERNO O GLORIA
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Domingo XXVI
XXVI Dom. C – 28-IX-2025
«Bienaventurados los pobres …
¡Ay de vosotros, los ricos!» (Lc 6,20.24)
Queridos hermanos:
Hoy tenemos que enfrentarnos con el Evangelio como el que se enfrenta con un juicio anticipado de su vida. Es la forma de que este texto sea saludable para nuestra alma. Es como si Jesús pintase ante nosotros un gran cuadro con dos figuras en fuerte contraste, una junto a la otra. La primera: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día». Aquí se expresa lo que el mundo nos ofrece como vida idílica, vestir con lo mejor y comer cosas exquisitas: darse gusto. Este podría ser el lema de la mayoría: gozarse la vida. «¡Hombre, exageras! ¡La mayor parte no pasa una vida tan placentera!». Cierto, pero porque no puede, y por eso vive frustrado, a veces reconcomido por la envidia y la ira. Reconozcámoslo: gozar es nuestro objetivo inmediato cotidiano. Es decir, que el rico del evangelio somos un poco cada uno de nosotros, en mayor o menor medida.
Vamos a la segunda figura de este cuadro: Había también «un mendigo llamado Lázaro que estaba echado en su portal, cubierto de llagas, con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico». Es la imagen de un desgraciado. Está muy cerca del rico, «en su portal» y esto hace que el contraste entre ellos se vea mucho más: la vida disoluta de uno, el sufrimiento del otro. Se diría que hay una distancia insalvable entre ellos, pero la única distancia entre ellos es la indiferencia y la indolencia del rico. Los perros se acercan a lamerle las llagas, más compasivos que el rico. La compasión de los perros ayuda a entender la separación entre el rico y Lázaro: el rico, en su afán por darse gusto, ha endurecido tanto su alma que se ha vuelto más animal que los perros.
Si este hombre viniese por el confesionario, diría: «Con respeto al amor al prójimo, nada, padre. No hago daño a nadie. Yo vivo mi vida sin meterme con nadie. Dejo que la gente viva su vida como quiera y yo no hago mal a ninguno, ni hablo mal de nadie». No se daría cuenta de que la omisión puede ser un pecado contra la caridad tan grave como el homicidio. Su afán por darse gusto le ha hecho insensible para el bien, ha perdido su conciencia moral.
La parábola es una advertencia contra ese afán tan nuestro, tan de nuestros días, de darse gusto en todo: si somos ricos, ese afán puede llevarnos a una indiferencia homicida, como la que se ve en la parábola; si somos pobres, puede llevarnos a la amargura, al resentimiento, incluso al odio, también homicida. En la parábola, en ese cuadro que dibuja Jesús para que nos miremos en él, la falta de caridad del rico es un muro invisible pero muy real que lo aísla, y ¿sabéis en qué consiste el infierno? Precisamente en esto, en un aislamiento absoluto. A eso le conduce el deseo no moderado de darse gusto y la falta de caridad. Se da cuenta tarde, cuando llega la muerte, porque ella tira por tierra todo lo que es apariencia y muestra la verdad.
Eso es lo que vemos en la segunda parte de la parábola: con la muerte todo lo que es apariencia cae como el telón de un teatro, y detrás se ve lo que es para siempre: una vida de comunión o una soledad absoluta y total, el cielo o el infierno. La muerte pone todo patas arriba, todo lo pone del revés: Lázaro muere y son los ángeles los que le toman y le llevan al seno de Abraham, donde descansa y goza de la compañía de los justos, mientras que el rico es enterrado. Así se expresa lo distinta que es la muerte para el justo y para el injusto: los ángeles, que te toman; o la fría tierra que te sepulta. Lázaro está con Abraham y los justos del Antiguo Testamento, y el rico está en medio de los tormentos del infierno. Todo ha quedado al revés. Por otro lado, la separación que ya aparecía en la primera escena, la falta de caridad, ahora se ha convertido en una separación imposible de salvar: «Entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros». Por último, la nueva situación es para siempre. La primera escena representaba la vida de este mundo, y esa vida pasa. La segunda nos presenta lo que será para siempre: infierno o gloria. Ahora se entienden aquellas otras palabras de Jesús: «Bienaventurados los pobres […] ¡Ay de vosotros, los ricos!».
¿Es esto así, realmente? No parece que Jesús hable de broma, lo dice con una parábola sencilla, para que se nos grabe en la imaginación, pero no habla de broma: nuestro destino eterno está marcado por nuestro comportamiento en esta vida que pasa. Somos libres para amar y alcanzar al que es amor, y somos libres para construir un muro de falta de caridad, que nos aísla de quien nos ama y nos introduce en el infierno.
Pero la parábola tiene también otro mensaje: que Dios, justo, hace justicia al que sufre la injusticia de este mundo. Dios hace justicia a Lázaro. La justicia de Dios no es una losa que nos atenaza, es una esperanza: Dios nos hará justicia. Y sobre esto hay un detalle hermoso: el rico no recibe nombre, se habla simplemente de «el rico». Ya he dicho antes que, en mayor o menor medida, nos representa a todos. Sin embargo, el justo pobre sí tiene nombre, Lázaro, Eleazar, que significa «ayudado por Dios». Para el justo que sufre el pecado del mundo, la justica de Dios es la promesa de una ayuda definitiva y radical: la resurrección y la vida eterna, inaugurada por el primer Lázaro, Cristo, el primero que ha muerto por una falta de caridad homicida, la nuestra, y que ha sido rescatado de la fosa y ha sido glorificado por Dios, su Padre.
La parábola tiene una tercera parte, decisiva para nosotros. El rico le pide a Abraham que vaya Lázaro a avisar a sus hermanos para que no terminen también ellos en aquel lugar de tormento. Atendamos bien la respuesta que Jesús pone en boca de Abraham: «Tienen a Moisés y a los profetas. ¡Que los escuchen!». Moisés representa la ley: «Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas las fuerzas […] y al prójimo como a ti mismo», una regla para vivir y alcanzar la vida de Dios. Y los profetas no hacen sino sacudir al pueblo, una y otra vez, para que no olvide esta regla de vida, como hemos escuchado hoy al profeta Amós: «¡Ay de aquellos que se sienten seguros en Sion […] y no se conmueven para nada por la ruina de la casa de José! [Es decir, el Pueblo de Dios]. Por eso irán al destierro, a la cabeza de los deportados, y se acabará la orgía de los disolutos».
Los pecados de omisión contra la caridad no son solo indiferencia ante las necesidades del cuerpo, también a las del alma. Al leer al profeta no podía sino acordarme de los que tenemos responsabilidad sobre otros: los reyes y los gobernantes sobre los pueblos; los padres sobre los hijos; los maestros sobre sus alumnos; los sacerdotes sobre los fieles; los obispos sobres los sacerdotes y sobre los fieles. Cuando estos se olvidan del bien que cada uno de ellos tiene el deber de custodiar para los otros y se encierran en sus propios intereses, en sus propios gustos, groseros o refinados, son como estos de los que habla Amós, que no se conmueven por la ruina de los hijos de Dios. Las palabras del profeta son tan terribles como infalibles: «Irán al destierro, a la cabeza de los deportados, y se acabará la orgía de los disolutos».
El juicio anticipado de la parábola pone ante nosotros infierno o gloria.
«Tienen a Moisés y a los profetas. ¡Que los escuchen!». Que sea nuestra norma de vida no el darnos gusto, sino la ley de Dios. Aprendamos del que ha encarnado la ley de Dios, su Hijo hecho hombre. Aprendamos de Cristo, que por caridad enseñó la verdad a todos, intentando corregir incluso a aquellos fariseos que lo detestaban. Aprendamos de él, que por caridad curó a los enfermos, perdonó a los que lloraban sus pecados y auxilió a los que sufrían. Aprendamos de él, que olvidándose de sí y de sus derechos, dio su vida para la salvación de todos los que le obedecen. No hay vida más bella que esta, y solo esta lleva hasta Dios. Salgamos de nosotros mismos para fijarnos en él, para unirnos a él, para caminar con él, para entregarnos con él. Al final, y para siempre, viviremos con él, en la comunión con los santos y con Dios.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía del Domingo 28 de septiembre de 2025
XXVI TO ciclo C
en el Oratorio de San Felipe Neri de Alcalá de Henares
XXVI TO ciclo C
en el Oratorio de San Felipe Neri de Alcalá de Henares
LA MADRE DE JESÚS Y EL VINO BUENO
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- Escrito por P. Enrique Santayana c.O.
- Categoría: Festivos y solemnidades
NUESTRA SEÑORA DEL VAL
21-IX-2025
«No tienen vino» (Jn 2,3)
La Iglesia universal celebra hoy el domingo XXV del tiempo ordinario, pero en la ciudad de Alcalá celebramos la solemnidad de Nuestra Señora del Val, patrona de la ciudad. El evangelio nos enseña el verdadero sentido de la fiesta, de esta y de toda fiesta que sea realmente humana.
Jesús viene probablemente de Betania, no la ciudad de Lázaro y sus hermanas, cercana a Jerusalén, sino otra Betania, al Oriente del Jordán (Cf.: Jn 1,28, en la región de Perea), cuya localización ha sido descubierta no hace mucho tiempo. Tres días (Cf.: Jn 2,1) ha tardado en llegar desde allí, recorriendo unos 90 Km a pie, unas seis horas de marcha diarias. Él con los cinco primeros discípulos: Juan, Andrés, Simón (Pedro), Felipe y Natanael. Llegarían cansados a Caná.
La madre de Jesús —así es llamada siempre María por san Juan— ya estaba allí. Debían de ser las bodas de algún pariente o amigo cercano, para que fuera desde Nazaret, a unos diez kilómetros, e invitasen también a Jesús. No es difícil imaginar que María llegó allí y se puso a trabajar en lo necesario para la fiesta nupcial, que duraría varios días, como era habitual. Había ido corriendo bastante más lejos después del anuncio del ángel para ayudar a Isabel en el parto, ahora se comportaría de manera semejante, movida por una caridad solícita y servicial. Eso encaja con el hecho de que María se diese cuenta enseguida de que se acababa el vino: se percató de que faltaba el vino, porque estaba afanada en el servicio. La madre de Jesús se mueve por una caridad solícita.
A Jesús también le habían invitado y fue, porque no es una especie de hombre extraño que huya de sus familiares, de los hombres en general, y de sus cosas, de algo tan bueno como el matrimonio, por ejemplo. Pero seguramente fue también con el deseo de ver a su Madre. Es posible que fuese la primera vez que tenía oportunidad de verla desde que salió de Nazaret para empezar a predicar. Desde entonces había viajado al sur para encontrarse con Juan Bautista y ser bautizado, había pasado 40 días de oración y ayuno en el desierto, siendo tentado por Satanás. Había llamado a los primeros cinco discípulos… Querría también presentárselos a su madre, «para que ella recibiese en su corazón inmaculado a sus discípulos, para confiarle sus almas y su fe, aún inmadura»[1].
San Juan, el evangelista, no se para en narrar el encuentro y las presentaciones. Va enseguida a lo importante: María se da cuenta de que se acaba el vino y se dirige a su hijo: «No tienen vino». La caridad solícita de María se convierte enseguida en oración dirigida a su hijo. No necesita muchas palabras para hacerse entender por Jesús, tienen desde el principio una íntima unión: el vínculo natural entre madre e hijo en ellos es un vínculo mucho más perfecto. Y la respuesta que da Jesús a su madre nos centra en ese vínculo. La traducción que hemos escuchado decía: «Mujer, ¿qué tengo que ver yo contigo? Todavía no ha llegado mi hora». Pero me temo que es una mala traducción, porque ya interpreta el texto griego en una dirección que nos despista, como si Jesús quisiera marcar distancia con su madre. El texto griego dice más literalmente: «Mujer, ¿qué [hay] entre tú y yo? Todavía no ha llegado mi hora».
Antes he dicho que el evangelio de san Juan se refiere siempre a María como «la madre de Jesús». Pero Jesús la llama «mujer». Esto tiene un significado, porque un hijo no llama a su madre de forma natural «mujer». Al hacerlo así, Jesús situaba a María en el plan de Dios, por el cual él, Redentor del mundo, va a ser el principio de una nueva creación, el Nuevo Adán, y su Madre, junto a él, la Nueva Eva, madre de todos los creyentes, nuestra madre, Madre de la Iglesia. De forma que la maternidad de María con respecto a Jesús es también la maternidad espiritual de toda la progenie de su Hijo. Y ese es el vínculo al que Jesús apela, cuando le dice a su madre: ¿qué hay entre tú y yo? Como decirla: tú y yo estamos unidos por una misión y el momento de cumplirla no ha llegado.
Esto se entiende si nos referimos al momento clave de la vida de Jesús. ¿Sabéis cómo llama Jesús a ese momento en el evangelio de san Juan? «Mi hora». Y esa hora es su entrega en la cruz. Allí, en la cruz, Jesús llama a María para hacerla partícipe de su obra redentora: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Esa obra redentora en la cual, desde la cruz vierte su amor para transformar el corazón del hombre y desposarlo con él. Esa obra redentora por la cual el vino «que alegra el corazón del hombre», es decir, el amor divino, se vierte en el corazón de los que creen en él.
Así pues: «¿qué hay entre tú y yo, Mujer?» no es una forma de marcar distancia con su madre, sino la forma de apelar al vínculo que le une a él, el Redentor del mundo, con la que ha de ser la Madre de la Iglesia y, si lo queremos reconocer, la Corredentora. Y aún no ha llegado el momento en el que él haga brotar de su costado el vino nuevo de la gracia divina, del amor que lava, purifica y eleva la condición del que cree: «Todavía no ha llegado mi hora».
Pero como Jesús no puede no atender el ruego de su Madre, lo va a hacer signo de lo que ocurrirá en la cruz: cuando vierta el vino de su amor sobre el corazón de los que creen en él. Y así se entiende perfectamente todo lo que pasa a continuación: la madre no es ni se siente desplazada, sino que asume su lugar, junto a su Hijo, como la Señora de la casa, que ordena para dispensar el vino bueno a los invitados de su Hijo: «Haced lo que él os diga». Las tinajas de piedra, un número cuantioso, que habían servido el agua para los ritos judíos de purificación, estaban ya vacías. Jesús manda llenarlas de agua y llevarlas al mayordomo. El mayordomo, que no sabía nada de todo lo que había pasado, prueba lo que le llevan. Es vino. Y se extraña porque no era normal guardar el vino mejor para el final. Efectivamente, él no sabía lo que ahora nosotros sabemos: que el vino bueno es el que nos da Cristo, y que María nos proporciona, solícita, al ver que a nosotros nos falta la gracia de Dios.
El Evangelio nos hace entender que la alegría del corazón del hombre no viene de nada que no sea Cristo y su hora, su entrega en la cruz, a la que nos hacemos presente por la Eucaristía. Nuestros conciudadanos desconocen esto. Saben que van al concierto por la fiesta de la Virgen, pero para la mayoría el vínculo que nos une con el Redentor y su Madre, con su hora, con la cruz, se ha roto. Nuestro mundo, y en gran medida también nosotros, ya no entiende que aquellos motivos por los cuales el hombre ha hecho siempre fiesta, una boda, el nacimiento de un hijo, o cosas similares, pierde sentido si se aleja de aquel que nos da el vino bueno, el mejor vino. Y cuando eso ocurre, la fiesta, buena por las cosas buenas de la vida, degenera en ruido, en sinsentido, en suciedad, y, las más de las veces, en mal gusto, pecado y perversión.
María no dijo a aquellos novios que no celebrasen su amor humano. No dijo a los demás que no celebrasen el amor de los novios. Pero con su súplica, «no tienen vino», nos enseñó que el verdadero vino que alegra cualquier momento de la vida del hombre, que da sentido al gozo y al sufrimiento, al trabajo y a la fiesta, es el vino que se vierte del corazón de su Hijo, el que ella custodia, el vino de la Eucaristía.
Acudamos así a María. Escuchemos a Cristo: «Ahí tienes a tu Madre».
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía en la Fiesta de NUESTRA SEÑORA DEL VAL, patrona de Alcalá.
En el Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares
Domingo 20 de septiembre de 2025
En el Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares
Domingo 20 de septiembre de 2025
[1] DOLINDO RUOTOLO, I Quattro Vangeli, (Casa Mariana Editrice, Frigento 2019) 1679.
EXALTACIÓN DE LA CRUZ
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- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Festivos y solemnidades
Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz
14-IX-2025
«Dios lo exaltó y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre» (Flp 2,9)
Queridos todos:
Quiero llamar vuestra atención sobre unas palabras de san Pablo que hemos escuchado en la segunda lectura:«Dios lo exaltó y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre». Está hablando del Hijo eterno de Dios: de cómo se despojó de su gloria eterna para hacerse hombre; de cómo siendo hombre verdadero se hizo siervo y esclavo de todos cargando con aquel peso que a todos nos destruía, el pecado; y que eso lo hizo en obediencia a su Padre eterno, al plan que su Padre eterno había trazado para salvarnos. Está hablando san Pablo de cómo por este camino de vaciamiento llegó hasta la muerte, a la muerte terrible y humillante de la cruz: «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz».
Y es aquí, donde dice: «Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre». Dios vio a su Hijo amado, que había llevado la humanidad tomada de María a la perfección de la obediencia a él, a la perfección de su condición de hijo, a la perfección del amor, del amor a Dios y del amor a sus hermanos. Y al ver eso, vio al primer hombre que se hacía digno del amor divino, al hombre que justificaba toda la creación, al hombre en el cual Él se podía complacer. Bajo el peso del pecado de todos los hombres, asumido libremente por amor, y bajo la mancha del pecado de todos los hombres, que Jesús hizo suya por amor, el Padre eterno vio al hombre perfecto, vio la humanidad llevada a su perfección en la humildad, en la obediencia, en la caridad, en el amor… Vio al hombre perfecto y lo exaltó: «Lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre».
Cuando Jesús salió de las aguas bautismales del Jordán, que anunciaban su muerte, Dios había mostrado su complacencia, su orgullo, no solo en su Hijo Eterno, sino en la obra que ese Hijo comenzaba y que concluiría en la cruz: «Este es mi Hijo, el amado» (Mt 3,17). Cuando en el Tabor, mostró la luz de su ser divino que se ocultaba bajo el peso del pecado de todos los hombres, y enseñaba a los tres Apóstoles que debía ir a Jerusalén para padecer allí, su Padre eterno vuelve a mostrar su complacencia: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco, escuchadlo» (Mt 17,5). Y cuando Jesús ya ha llevado, en la cruz, el amor hasta el final y ha muerto, el Padre infunde su Espíritu en la humanidad destruida por el pecado, lo vivifica, y a este Hijo suyo eterno, Dios de Dios desde toda la eternidad, pero ahora con esa humanidad que ha tomado como suya para siempre, a cuyo destino se ha unido para siempre, le exalta resucitado, y lo hace Señor de todo: «Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre».
La cruz, instrumento de la muerte de los siervos que han cometido delitos infames, símbolo de la humillación y del castigo por el delito, ha sido convertida por Jesús en un instrumento de amor filial y de amor al hombre. Y con la resurrección la ha convertido en símbolo de su victoria, de la victoria de su amor por su Padre y de su amor por nosotros, símbolo de su exaltación. Hablamos de la exaltación no de cualquier cruz, sino de la cruz de Cristo, donde se muestra su amor por los hombres y su amor a Dios, un amor que ha vencido la muerte. En esa Cruz brilla el amor de Cristo por nosotros, del Hijo hecho hombre, y también el amor del Padre Eterno: «Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna».
«Todo el que cree en Él». Nosotros creemos en Él. Con todas nuestras debilidades, con toda la pobreza de nuestra alma y de nuestro cuerpo, creemos en Él. Creemos que el crucificado es el Hijo de Dios que muere por amor nuestro. Creemos que en la cruz ocupa voluntariamente nuestro lugar. Creemos que en la cruz él muere por cada uno, que por cada uno lleva el pecado, que por cada uno ofrece a su Padre la ofrenda de su amor perfecto. Sí, creemos que él nos ama a cada uno con un amor exclusivo y único. Creemos que en la cruz él se nos entrega y que esa entrega permanece en la Eucaristía, hasta que podamos abrazarnos a él en el cielo.
Creemos que este amor suyo por nosotros es inmerecido, que no hay nada con qué pagar tanto amor. Creemos, con san Pablo, que este amor suyo es nuestra verdadera gloria: «yo no he de gloriarme, sino en la cruz de mi Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Gal 6,14), porque nada hay comparable a este amor del Hijo de Dios hecho hombre, de Jesús, «que me amó y se entregó por mí» (Gal 2,16). Este amor es nuestra verdadera gloria, el amor que nos perdona, el amor que nos salva de nosotros mismos, el amor que no acaba, que rompe los límites del pecado y de la muerte, el amor inmortal.
Ante todos los miedos, nosotros nos abrazamos a esta cruz que nos habla del amor de Cristo y que nos da la vida eterna. Ante todas las dudas, nos abrazamos a esta cruz que nos da la certeza del amor de Dios. Ante todos los fracasos, nos abrazamos a esta cruz, a Cristo crucificado, que nos da la victoria. Ante la oscuridad que trae al alma nuestros propios pecados, nos abrazamos a esta cruz que destila el perdón del corazón de Cristo. Ante todas las mentiras de este mundo, nos abrazamos a esta cruz que nos enseña el amor verdadero, que nos enseña a ser hombres y el camino de la vida dichosa.
Jesús, tú te has entregado a nosotros en esta cruz. Y nosotros queremos entregarnos a ti. Tú has dicho: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). ¡Atráenos siempre hacia ti, Señor!
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía del domingo 14 de septiembre de 2025, fiesta de la Santa Cruz
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares, Madrid
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