Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo Ciclo C / 23-XI-2025
«Hueso tuyo y carne tuya somos» (2 Sam 5,1)
La primera lectura nos trae a la memoria el momento en el que el pueblo de Israel reconoce en David a su rey. Esto ocurrió mucho tiempo después de aquel episodio en el que David, aún muy joven e inexperto, con su honda de pastor, había hecho frente al campeón del ejército enemigo y lo había abatido, ante la mirada de los dos ejércitos, el hebreo y el filisteo. Antes de ese momento, Dios había hecho que el profeta Eliseo ungiese a David como rey, en un acto casi clandestino, cuando aún Saúl ocupaba el trono. Pero David debía esperar muchos años y pasar por muchas penosas pruebas, hasta el momento de reinar de forma efectiva sobre Israel. Es el momento que rememora la primera lectura, cuando el pueblo lo reconoce su rey. La expresión de ese reconocimiento es casi la fórmula de un desposorio. ¿Recordáis las palabras de Adán al reconocer a Eva? «Esta sí es carne de mi carne y hueso de mis huesos», una fórmula de desposorio por la que Adán reconoce a Eva como algo propio. Aquí Israel se reconoce como algo propio de David: «Hueso tuyo y carne tuya somos»; somos algo tuyo, tú eres nuestro rey, nosotros somos tu pueblo. ¿Qué significa ser rey del pueblo de Dios? Significa estar al frente del pueblo para afrontar los peligros y los desafíos de la historia, como un pastor al frente de su rebaño. El rey de Israel es el Pastor de Israel, quien se pone a la cabeza para hacer frente al peligro: «Ya cuando Saúl reinaba sobre nosotros, eras tú el que dirigía las salidas y entradas de Israel», le dicen. Y no por iniciativa propia, sino por designación divina: «Dios te había dicho: “Tú pastorearás a mi pueblo. Tú serás el jefe de Israel”». Tras este reconocimiento, los ancianos, es decir, los principales del pueblo, lo ungen rey. David, pastor y rey de Israel, es figura que anticipa y anuncia al verdadero pastor y rey del Pueblo de Dios, a Jesús. Dios lo ungió con el Espíritu Santo en las aguas del Jordán, cuando fue bautizado por Juan, y él se ha puesto al frente de su pueblo, ha afrontado la lucha contra el mal, ha vencido, y nosotros le decimos hoy: «hueso tuyo y carne tuya somos», tú eres nuestro pastor, nuestro rey.
El salmo también nos da una clave importante para celebrar esta fiesta. Expresa la alegría de los peregrinos que vienen de lejos y, por fin, entran en Jerusalén, en el Templo, en la presencia de Dios. Reconociendo a Jesucristo como nuestro rey, el salmo suscita la alegría de ir con él a la cabeza hasta el mismo Dios. El rey se pone al frente, para hacer frente al enemigo, y para conducir al pueblo y llevarlo hasta un lugar más elevado. Cristo se hace nuestro Rey para llevarnos hasta Dios: «Vamos alegres a la casa del Señor». Dios es nuestro verdadero destino. No tenemos aquí «una patria permanente» (Hb 13,14), una casa permanente: Solo Dios es nuestro destino y solo Cristo nos lleva hasta él.
Pero esa victoria es el resultado de una lucha. La que manifiesta el evangelio de hoy: el momento en el que Cristo concluye su lucha contra el mal. No nos percatamos del peligro que supone para nosotros este mal. Jesús nos ha enseñado a pedir vernos liberados de él: «líbranos del mal», «líbranos del malo». En el padrenuestro con la palabra mal se designa algo muy real. El mal es el peso insoportable de las consecuencias del pecado y es también el diablo, que nos sumerge en la lejanía de Dios, en la perdición eterna. Vivimos demasiado despreocupados con respecto a este mal, como si fuera algo irreal. Luego nos asombramos cuando vemos a inocentes muertos en una guerra; o la crueldad del aborto, los niños troceados en seno de sus madres, triturados y absorbidos por una aspiradora hasta ser desechados en el cubo de basura; o el dolor de los niños, cuando un padre o una madre adulteran y rompen la convivencia familiar. Es la punta de iceberg del horror del infierno, del mal absoluto en el que nos precipita el pecado. No nos percatamos ni de su horror, ni de su fuerza para cumplir su propósito. Cristo sí, por eso le hace frente desde el principio de su vida, por eso nos enseña a suplicar a Dios vernos libres de él y por eso llega a la cruz. No es una broma el mal, ni es una broma la lucha de Cristo contra él, no es una broma la cruz, donde Cristo se enfrenta y vence al mal.
El mismo Jesús explica en qué consiste la cruz, su lucha, cuando instituye la Eucaristía: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros». «Esta es mi sangre […] derramada por muchos para el perdón de los pecados». La muerte en cruz es un acto de autoentrega, un acto de amor en favor de los hombres, un acto de amor tan descomunal y tan grandioso que rescata al hombre atrapado en el pecado. Es un amor que destruye la muerte, es una luz que rompe las tinieblas. Imaginad por un momento el mundo antes de dar inicio la creación. No se puede imaginar, lo sé, pero intentad imaginad la nada. Y, de repente, el acto creador de Dios que hace que en la nada surja la luz, una explosión de belleza, de orden, de ser. Pues bien, la cruz es una nueva creación. En medio de siglos de pecado y de pena, Cristo realiza un acto de amor único e inimaginable, con el que saca al mundo de la oscuridad y lo recrea. La lucha de Cristo consiste en llevar ese amor hasta el final, hasta sus últimas consecuencias y hasta la perfección. Lo adelanta en la Eucaristía, se dirige a él con firmeza, «con ansia he deseado comer esta pascua con vosotros antes de padecer», y, ya crucificado, permanece en su decisión hasta el fin. Es un momento decisivo. Clavado en la cruz, escucha tres veces, entre insultos y mofas, la invitación a bajar de la cruz, a no llegar hasta el final en su amor. Lo escucha de los magistrados, los principales del pueblo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». Lo escucha de los soldados: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Lo escucha de uno de los criminales que han crucificado junto a él: «Si eres el Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero Cristo no se baja de la cruz, él permanece, ama hasta el fin. Algo absolutamente nuevo ha sucedido y el hombre ha sido redimido.
Hoy la Iglesia entera —la Iglesia que peregrina en la tierra, nosotros, pero también los santos del cielo—, se dirige a Cristo como al nuevo David y reconoce en él al Rey eterno y universal: «Hueso tuyo y carne tuya somos», somos algo tuyo, tú eres nuestro rey, nosotros somos tu pueblo. «Has sido tú, quien se ha puesto al frente en la batalla, quien ha luchado y ha recibido los golpes, quien ha sido ensangrentado, quien ha amado, quien ha vencido. Somos tuyos. Y como el «buen ladrón» reconocemos en el crucificado a nuestro Rey y suplicamos: «Jesús» —es este nombre el que repetimos—, «Jesús, acuérdate de mí, cuando estés en tu reino». La respuesta de Jesús no se hace esperar: «hoy estarás conmigo en el paraíso». San Ambrosio, con su amor por Jesús ve enseguida el valor de estas palabras y comenta que el ladrón le pide a Jesús que se acuerde de él, pero Jesús le promete mucho más: hoy estarás conmigo. Y concluye san Ambrosio: «La vida es estar con Cristo». Y nosotros ya no queremos otra cosa: estar con Cristo, porque el amor nos ha hecho suyos.
Solo me queda una cosa. Si el mal es algo real, y el amor de Cristo es también real, nuestra adhesión a él, el proclamarlo rey, también debe ser algo real, no meras palabras, no meros sentimientos. Nuestra adhesión a él debe ser real y abarcar toda nuestra vida, porque nada suyo se ha ahorrado en su amor.
Cuando el Papa Pio XI instituyó esta fiesta quería enseñar que no hay nada de la vida del hombre que deba sustraerse al reinado de Cristo. Él ha de reinar, primero, en el alma, y luego en el mundo. Ha de llenar el mundo con su luz: el matrimonio, la amistad, el trabajo, la economía, las leyes, la política. Uno de los males de nuestra época es que los cristianos se han creído que pueden separar su vida sexual de la ley de Cristo, su vida social de la ley de Cristo, su vida económica de la ley de Cristo…. El Reino de los cielos es una realidad celeste, no de la tierra, viene del cielo. Y la disfrutaremos plena y definitivamente en el cielo, no aquí. Pero Cristo lo ha traído y lo ha plantado en la tierra, al plantar su cruz. Ha puesto su Reino como una pizca de levadura en la masa de este mundo y cada generación de cristianos tiene el deber de hacer que esta levadura transforme la vida entera de los hombres. La única fórmula para hacer esto es la unirnos a Cristo y plantar una y otra vez, una generación tras otra, la cruz de Cristo con nuestra propia entrega; plantarla como la semilla de mostaza, que, aunque pequeña, puede crecer, convertirse en un gran árbol y dar cobijo a los hombres. Hemos de poner cada día la luz en el candelero, para que alumbre todos los rincones de la vida del hombre, porque Cristo ha traído su luz al mundo para iluminar el mundo entero.
Jesucristo, Rey nuestro, que la creación entera sirva a tu majestad y te glorifique sin fin.
Queridos hermanos, vayamos al Evangelio, paso a paso. Para entenderlo mejor quiero referir lo que precede a las palabras que hemos escuchado hoy. Jesús está en el Templo de Jerusalén, rodeado de gente, de los suyos y de otros. Alza los ojos, mira alrededor y, más allá de las apariencias, ve algo que nadie ve. Dice san Lucas: «Alzando los ojos, vio a unos ricos que echaban donativos en el tesoro del templo; vio también una viuda pobre que echaba dos monedillas, y dijo: «En verdad os digo que esa pobre viuda ha echado más que todos, porque todos esos han contribuido a los donativos con lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».
Aquí enlazamos ya con lo que hemos escuchado hoy. Jesús sigue atento, escucha a unos hablar sobre la grandeza y la belleza del Templo, toma pie de lo que dicen y nos enseña a mirar más allá de la apariencia, a mirar algo que, en realidad, solo él sabe: «Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida». El Templo era un edificio suntuoso y bellísimo. Era una construcción realmente imponente. Pero Jesús, que había alabado la grandeza de la insignificante viuda a la que nadie prestaba atención, mira la grandeza del templo y ve la realidad que se oculta a todos: no quedará piedra sobre piedra. Realmente fue así, los judíos se levantaron en armas contra Roma, y Roma aplastó Jerusalén a sangre y fuego. Unos años después de la muerte de Cristo, en el año setenta, Jerusalén fue arrasada por las tropas de Vespasiano y Tito. Los que escuchaban, judíos que amaban su país y el Templo, profundamente contrariados le preguntan: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?». Pero Jesús no satisface esta pregunta. No quiere pararse en el fin de Jerusalén, quiere ir aún más allá, cuando al final de la vida de cada uno de nosotros, y también al final de la historia del mundo, todo se tambalee: el orden de nuestra vida, lo que creemos seguro, aquello en lo que ponemos el corazón y los afectos. Todo caerá cruelmente. Ese momento de crisis en el que el diablo se acerca para prometernos una falsa salvación. Y advierte sobre ese momento: «Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: “Yo soy”, o bien: “Está llegando el tiempo”; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque es necesario que eso ocurra primero, pero el fin no será enseguida». Es necesario para que se cumpla el plan salvífico de Dios que todo llegue a su fin y dé paso a la nueva creación. Ha de terminar nuestra vida en la tierra, para dar inicio a nuestra vida en Dios. La existencia de este mundo creado ha de llegar a su fin para que podamos ver el cielo nuevo y la tierra nueva que Cristo ha inaugurado. Él dice en el Apocalipsis: «Todo lo hago nuevo»; y para alcanzar esa nueva creación, la vieja ha de concluir.
Ahora bien, en este mundo afectado por el pecado, en el que el diablo lucha por arrancarnos de las manos bondadosas del Creador, el fin está marcado por la violencia, la injusticia. Después de hacerse hombre, ¿ha llegado Cristo tranquilamente hasta la gloria de la Trinidad? No, sino que ha sufrido violencia. No alcanza la resurrección sin antes padecer injusticia y violencia. Así, también la creación y nosotros, para alcanzar la vida nueva, sufrimos enfermedades, injusticias, abandonos, decepciones de amigos, decepciones de hijos… y finalmente, la muerte. Y Jesús, que va por delante de nosotros, da dos indicaciones: no hagáis caso de los que usen el nombre de Cristo para prometeros una salvación fácil, y no os dejéis llevar por el pánico, porque, aunque el diablo piense destruir la obra del Creador, al final, se cumple el plan salvífico de Dios, el único que tiene en sus manos la creación y la historia del hombre.
Añade Jesús ahora otra noticia: No solo el final de la vida personal de cada uno y el final del mundo están marcados por la guerra. El diablo, rabioso, envidioso del destino para el que Dios nos ha creado, envidioso del destino que Cristo nos ha ganado con su sangre, nos hace la guerra siempre. Y nosotros no solo no tenemos que dejarnos llevar por el pánico, sino que debemos aprovechar para dar testimonio de aquel en quien confiamos, porque nos ha amado. Así enseña Jesús: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países, hambres y pestes. Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Esto os servirá de ocasión para dar testimonio».
Añade Jesús advirtiendo de algo que nos cuesta asumir. Esta lucha en la que estamos metidos contra un enemigo más poderoso que nosotros, ¿la venceremos con nuestra propia inteligencia? No, nuestro enemigo es más listo que nosotros. ¿Con nuestra propia voluntad? No, nuestro enemigo sabe esperar el momento de debilidad, de cansancio, de tristeza, para tentarnos. Esto es lo que nos cuesta asumir: que nuestra fuerza y nuestra victoria vienen de Cristo: «Meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro». La advertencia tiene una segunda parte, que también nos cuesta asumir: que en muchas ocasiones aquellos a los que amamos se ponen de parte del mal, consciente o inconscientemente, y se convierten en instrumentos con los que el diablo intenta arrancarnos de las manos de Dios: «Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre».
La verdad es que todo esto parece terrible. ¡Lo es! ¡Como es terrible la cruz de Jesús! Pero lo que el diablo no sabe es que, en el dolor que provoca su crueldad, el corazón del Justo se perfecciona amando: «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». En medio de ese dolor llega a su realización más perfecta el amor del Dios hecho hombre y el amor de los que se unen a él, de los santos. Por eso advertía ya el Espíritu Santo en el Antiguo Testamento: «Hijo, si te acercas al Señor, prepara tu alma para la prueba. Endereza tu corazón, mantente firme y no te angusties […]. Pégate a él y no te separes, para que al final seas enaltecido. […] Sé paciente en la adversidad […], porque el oro se perfecciona en el fuego y los elegidos, en la fragua de la humillación» (Si 2,1-5). Dios da forma al corazón de los santos en medio de las pruebas, corporales y espirituales, interiores y exteriores. Así se prepara en nuestro pecho el fuego de los santos, así se da forma en nosotros a aquel amor cuya belleza brillará por toda la eternidad. De ahí las palabras finales que hemos escuchado: «Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas».
Ante la amenaza de fuerzas que nos superan, ante la injusticia y el dolor… parece que lo perdemos todo, como parecía que se perdía la vida, las palabras, la belleza del hombre de Nazaret cuando los golpes deformaban su cuerpo, cuando las acusaciones caían sobre él y su alma se llenaba de la oscuridad del pecado de todos los hombres. Lo expresa el salmo: «mis días se desvanecen como humo, mis huesos queman como brasas; mi corazón está agostado como hierba, […] se me pega la piel a los huesos. […] Mis enemigos me insultan sin descanso; furiosos contra mí, me maldicen. […] me voy secando como la hierba». Parecía que todo se perdía. Pero no, el Padre guardaba todo, y él oraba desde el fondo del alma: «mis enemigos […] acechan mi vida. Dicen: “Dios lo ha abandonado; perseguidlo, agarradlo, que nadie lo defiende”. Dios mío, no te quedes lejos, ven aprisa a socorrerme. […] Dios mío, ¿quién como tú? Me hiciste pasar por peligros, muchos y graves: de nuevo me darás la vida, me harás subir de lo hondo de la tierra; acrecerás mi dignidad, de nuevo me consolarás. Y yo te daré gracias, Dios mío, con el arpa, por tu lealtad; tocaré para ti la cítara, Santo de Israel; te aclamarán mis labios, Señor; mi alma, que tú rescataste».
Con esta certeza se enfrentó Jesús a la cruz y esta certeza quiere meter y plantar en nuestro corazón: que Dios nos rescatará, sin que nada se pierda. Nos rescatará con todo lo bueno, todo lo noble, con todo el bien que hayamos obrado, con todo el bien escondido en nuestra alma, oculto a los ojos del mundo, pero manifiesto a sus ojos: «Ni un cabello de vuestra cabeza se perderá; con vuestra perseverancia, salvaréis vuestras almas»
Muerte de nuestra hija y vida nueva en Dios Los esposos Jorge Megías y Purificación Roca nos dan su testimonio sobre la muerte de su hija y cómo vivieron su duelo en Dios.
«Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (Lc 18,14)
Jesús, con una parábola, nos habla del modo de hacer oración, y, en último término, del modo de situarnos vitalmente ante Dios. El inicio del relato evangélico nos muestra por qué Jesús nos habla de este asunto: «Dijo esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás». El Señor observa, seguramente en el Templo de Jerusalén, cómo se comportan algunos despreciando a otros; se percata también de su actitud ante Dios: seguros de sí mismos; y ve el corazón y allí la causa de todo: se creen justos.
Tenemos que explicar qué es la justicia según la Biblia, y qué es eso de «considerarse justos». La justicia es dar a Dios lo que se le debe a Dios y al hombre lo que se le debe al hombre. ¿Qué se le debe a Dios? El Antiguo Testamento lo resume así: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas» (Dt 6,4). ¿Qué se le debe al prójimo?: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lv 19,18). Pero, qué difícil resulta entender bien esto ¡en la práctica! Con respecto a Dios. Cuando pensamos en el amor de Dios hacia nosotros, imaginamos que él tiene la obligación de servirnos en las mil circunstancias de la vida; pero cuando pensamos en el amor que le debemos nosotros a Dios, nos imaginamos que casi por el mero hecho de respirar ya hemos cumplido. Pero solo son ¡imaginaciones! ¡Imaginamos que amamos a Dios! Solo eso. Casi nadie —y esto es un hecho— se confiesa de no amar a Dios como él merece ser amado, no solo con un pensamiento fugaz a lo largo del día, sino con las obras diarias, con una vida ordenada a él. ¿Amas tú a Dios con todo el corazón, con toda el alma…? ¿Qué dirías? Dime en qué se traduce ese amor. Si miras al Crucificado, verás en qué se traduce su amor por ti; dime en qué se traduce tu amor por él. Con respecto al amor al prójimo. Cristo llevó a su perfección este mandamiento en dos sentidos: primero, haciendo a cada hombre, lejano a él por sus pecados, “su prójimo”, su cercano, el que le importa; segundo, amándolo con una medida extrema, la de la entrega hasta la muerte. Ahora, dime cuántos entran dentro de tu lista de “prójimos” y verás lo pequeña que es esa lista. Y dime también en qué se traduce ese amor, y verás que tu amor no llega muy lejos. Pero no solemos hacer este examen, nos dejamos llevar por la imaginación y terminamos creyendo que amamos a Dios y al prójimo, nos creemos justos. Y así, nos acercamos a Dios con la cabeza alta, interiormente, y miramos a muchos por encima del hombro. Os digo que, si nos reconocemos entre estos a los que Jesús corrige, habremos dado un paso muy importante.
Vayamos a la parábola que Jesús propone para corregir este engaño tan habitual y tan pernicioso de creernos justos. Estamos en el Templo de Jerusalén, en el atrio de los judíos, la parte donde solo podían entrar los varones israelitas, y allí aparece un fariseo, para la época, prototipo de judío cumplidor de la ley. Seguramente camina hacia adelante, «como si el Templo le perteneciera», hasta un lugar preminente, y empieza a rezar, de pie, lo común entre los judíos, pero el evangelio dice “erguido”, esto es, insinuando una actitud arrogante[1]. Y hemos escuchado: «oraba en su interior»[2]. La verdad es que esta traducción nos despista. El original griego dice: «oraba junto a sí». ¿Qué significa esto? No que orase interiormente, sino que hablaba consigo mismo, «oraba para sí»: sin darse cuenta, dirigía su oración a sí mismo, no a Dios. Y por eso, el contenido de su oración es una alabanza de sí mismo, y un desprecio hacia los otros. El que se cree justo, al final sustituye a Dios por su enorme yo. Pero cuando hace esto, entonces, está solo. Aunque no lo sepa, el fariseo es un ateo, un hombre sin Dios y sin nadie, uno que ha matado a Dios en su corazón, a Dios y al prójimo. Está él solo. Jesús dirá que este hombre no salió del templo «justificado». ¡Atención! ¡Atención a lo que nos puede llevar el creernos justos! El maldito orgullo nos cierra las puertas de la gracia y puede cerrarnos las puertas del cielo. Puede dejarnos sin Dios.
Sin embargo, ahora aparece ante nosotros algo consolador. Ha entrado también en el Templo un publicano, el prototipo de pecador, alejado de Dios y de la comunidad judía, por ladrón y por traidor. Al entrar en el atrio de los judíos, se ha quedado atrás, como quien atraviesa sin invitación y sin permiso el umbral de una casa que no es la suya. No se atreve siquiera a levantar sus ojos. Es un gran pecador, pero nos aventaja a todos, quizás, en una cosa: sabe que no es digno de Dios, que no es digno de estar en su presencia, que no es justo, que ni ama a Dios, ni ama a su prójimo. Lo sabe, y se avergüenza. Algunos lo saben y se enorgullecen. Pero no es este el caso, este lo sabe y se avergüenza. Y hace algo más: mientras se golpea el pecho confesándose culpable, suplica, que es un acto de audacia, un momento en el que, saliendo de sí mismo, se fija en Dios y pide perdón, pide auxilio: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador».
Mirad que en unas pocas frases Jesús ha descrito un movimiento del alma que tiene varios pasos: primero, el reconocimiento del pecado; después la vergüenza y el dolor; después la audacia de mirar más allá de la propia miseria, de mirar a Dios, de confiar en su misericordia y de suplicar. Todos esos pasos son necesarios. Algunos reconocen sus pecados para enorgullecerse de ellos, algo realmente diabólico. Otros llegan a avergonzarse y a dolerse, pero se resignan, se dejan llevar por su miseria y parece que su vida se va por el desagüe, en una especie de triste apatía. Hace falta el paso decisivo: mirar más allá de uno mismo, mirar a Dios y suplicarle a él. «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador». Este, dice Jesús, salió de allí justificado.
Así, el que se creía justo, por su soberbia, se convierte en un hombre sin Dios, en un ateo. Y el que estaba alejado de Dios por sus muchos pecados, por su humildad, es socorrido, justificado, reconciliado, se convierten en amigo de Dios. La humildad nos abre las puertas de la gracia, las puertas del cielo, nos da a Dios como tú del alma. «La oración del humilde atraviesa las nubes, y no se detiene hasta que no alcanza su destino», decía la primera lectura, y es así, la oración del humilde rompe el cerco del pecado y alcanza a Dios, llega a su corazón, y Dios derrama su gracia sobre él: «El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido». En la cruz Cristo le ha prestado su voz al humilde y ha hecho suya su súplica. Con Cristo el humilde es escuchado y exaltado. Con Cristo el humilde tendrá a Dios como su gloria y con Cristo dirá: «Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti me levanto» (Sal 63,2). El soberbio se tiene a sí mismo, el humilde tendrá a Dios.
Santa Teresita de Lisieux pensando en este pasaje decía algo que podemos hacer nuestro. Decía: «Yo sé hacia dónde quiero correr… No me lanzo hacia el primer puesto, sino hacia el último. En lugar de ir adelante con el fariseo, repito llena de confianza la súplica humilde del publicano»: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador».
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
[1] La verdad es que el matiz moral, de arrogancia que señala la traducción litúrgica («erguido») no está en el texto griego, al menos de forma clara. Lo mantengo, porque así lo hacen muchos intérpretes tradicionales y es coherente con el sentido del texto. [2] Aquí hay un matiz en el que no puedo entrar: lo extraño que era para un judío una oración que no fuese vocal, que no fuese recitada con los labios. Quizá ahí se expresa ya lo que señalo a continuación, siguiendo a otros, sobre el “junto a sí”, (πρὸςἑαυτὸν)