Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
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¿Encontraré fe en la tierra?

Homilía del 20 de octubre de 2019 (XXIX Domingo TO-C)

«Vino Amalec y atacó a Israel». Mientras Israel camina hacia la Tierra de la promesa es atacado. El estado habitual del cristiano que ha dejado de caminar hacia el cielo es la paz. Cuando ha olvidado la llamada de Dios a buscar su rostro, cuando ha olvidado la llamada de Dios a la santidad, no necesita luchar, ha hecho de este mundo su casa y está tranquilo. Sin embargo, el estado habitual del cristiano que camina hacia el cielo es la guerra. Cuando busca a Dios y quiere responder a su llamada, a su amor… el cristiano ha de luchar y vive en guerra: con el demonio, con el mundo, consigo mismo.

San Pablo advierte que nuestra lucha no es contra la carne y contra la sangre, sino contra los espíritus del mal. Es una lucha espiritual, pero tan real y tan sangrienta como la lucha de una guerra de este mundo. Es la lucha contra el diablo, contra las tentaciones, contra el mal. Atención aquí: no es solo la lucha por no hacer esto o aquello, sino una lucha por hacer el bien, por amar. La tarea del bien es inmensa. Al cristiano, padre de familia, sacerdote, esposa…, la tarea del amor le abre la puerta a un trabajo inmenso. El que se determina a hacer el bien entiende enseguida que siempre tendrá algo más que hacer. Así, la lucha cristiana nos impulsa a una acción constante: hacer lo bueno. Pero, al tiempo que la lucha por lo bueno exige un trabajo constante, el cristiano sabe que su auxilio le viene de arriba: «El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra», dice el salmo. Es tan grande la lucha contra el pecado y la tarea del amor que solo el auxilio de quien es Creador de todo y tiene todo en sus manos, puede darnos la victoria. En esta lucha estamos «como ovejas en medio de lobos»: solo el auxilio de quien es más poderoso que nosotros y que nuestros enemigos puede darnos la victoria. De forma que esta lucha nuestra exige por un lado un trabajo constante y, al tiempo, una oración constante. En la lectura del Éxodo hemos visto que mientras que las tropas de Israel comandadas por Josué luchaban, Moisés oraba en el monte con los brazos extendidos hacia el cielo. Cuando mantenía elevada su oración, vencía; cuando su oración decaía, vencía Amalec.

Tanto Josué, peleando, como Moisés rezando, nos hacen mirar hacia la batalla que Cristo mantiene en la cruz: allí se aclara el significado de la lucha y de la oración. El antiguo Josué comparte nombre con el hijo de María, Josué y Jesús son el mismo nombre hebreo: «Dios salva». Nuestro Jesús lucha por hacer lo bueno y por amar hasta el final. Su lucha, espiritual y sangrienta, es la lucha por amar hasta la perfección, por obedecer con perfección, por entregarse del todo. Y al tiempo que lucha como Josué, reza en el monte como Moisés, elevado sobre la cruz, con las manos extendidas, clavadas, fijas en su oración, elevadas al cielo. Eleva su súplica y grita: «Dios mío, Dios mío» y consuma su lucha diciendo: «A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu». Estas últimas palabras de Cristo en la cruz son, por un lado, una oración y, por otro, el cumplimiento de su lucha por hacer lo bueno, un acto de fe por el cual se entrega del todo en manos de su Padre.
 
Vamos al Evangelio. «Hazme justicia frente a mi adversario». Es la petición que Jesús pone en boca de la viuda que se dirige al juez inicuo. Es la petición que resume la oración del cristiano mientras dura su lucha, mientras dura esta vida. Empezaba san Lucas diciendo que Jesús, para enseñar a sus discípulos que debían orar siempre y sin desfallecer, les enseñó una parábola: «Había un juez…; había una viuda…», etc. Es necesario orar siempre, sin desfallecer, para llevar nuestra lucha hasta el final y alcanzar el cielo. El cielo ha sido ganado por Cristo, pero requiere nuestra lucha. Y para eso es necesario rezar, rezar siempre. Y, cuanto más se acerca la hora de la muerte, la hora del combate supremo, más debemos orar: «Hazme justicia de mi adversario», «Líbranos del Malo».

En la parábola el juez, aunque es injusto, hace justicia a la viuda (por temor, por cansancio… da lo mismo). La insistencia y la perseverancia de la viuda fuerzan al juez a hacer justicia y Jesús saca una primera conclusión: Si un juez injusto termina haciendo justicia por la insistencia de la viuda, «¿no hará Dios justicia a sus elegidos que claman a él día y noche?» ¡A los que claman día y noche! Sigue: «Os digo que les hará justicia sin tardar». Llegados al final de la batalla, los rescatará. Volvamos a la cruz para entender. El Hijo reza hasta el final y termina: «A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu» y Dios lo resucitó de entre los muertos. Cuando ha consumado el bien, lo rescata. El «sin tardar» se refiere a que, consumada la lucha, Dios no dejará que «su fiel conozca la corrupción». No rezamos para que nos prive de la lucha, sino para llegar hasta el final en el bien y en el amor.

Ahora expresa Jesús un pensamiento inquietante: «Pero cuando venga el hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?». Con estas palabras Jesús pone en claro que el fundamento de la oración es la fe: solo quien cree reza. Pero también al revés: el que reza mantiene y hace crecer su fe. Ahora aparece claro cuál es el núcleo fundamental de la lucha y de la oración del cristiano: la fe. El que cree en Dios ama, espera, suplica. Así, el Hijo hecho hombre clama: «Dios mío, Dios mío». Así ama y se entrega: «A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu».

La fe es el principio que mantiene viva la lucha y la oración. Pero solo quien ora mantiene la fe. El que ha dejado de rezar, ha dejado de creer, ha dejado de esperar, su fe no es verdadera, es una afirmación de meras nociones. Pronto dejará también de luchar. Está tranquilo con lo que tiene, no está en guerra; pero su paz no es signo de tener a Dios, sino signo de haber dejado de amar y de rezar, de haber dejado de tender a Dios y de buscar su rostro, es signo de haber dejado de creer.

Cuando Dios nos llame, cuando venga Cristo al final de nuestra carrera, ¿cómo nos encontrará? He aquí la inquietud que expresa el mismo Jesús, seguramente en relación con el final de los tiempos, pero que debe ser nuestra inquietud también sobre nosotros mismos, sobre los nuestros y nuestros contemporáneos: «¿cuando venga el hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».

Traigo ahora el ejemplo de lo que dice un hombre que hasta el final de sus días mantiene la fe, alguien que escribe con setenta y nueve años: «Mirando más allá de esta vida, mi oración primera, mi anhelo, mi esperanza ardiente es ver a Dios… Para la gente que quiero mi única oración es que ellos vean también a Dios. El pensamiento de Dios, su Presencia, su Fuerza, eso es lo que recompensa todos los sinsabores y aflicciones». Son palabras de san J. H. Newman cuando aún le quedaban diez años para morir.

Mantengamos la fe, amemos, hagamos el bien, recemos sin desfallecer.
 
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
 
Enrique Santayana C.O.
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Homilía del 20 de octubre de 2019
Domingo XXIX del tiempo ordinario, ciclo C
Oratorio de san Felipe Neri, Alcalá de Henares, Madrid
Autor P. Enrique Santayana
Fecha 2019-10-29
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